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El economista Josep Oliver hace una valoración positiva de la contribución de los inmigrantes al crecimiento del país en las últimas décadas y también de cara al futuro.
La crisis económica está dejando un importante peaje en forma de aumento del paro y de destrucción de la ocupación. Entre el cuarto trimestre del 2007 y el tercer trimestre del 2009, que son los últimos datos disponibles, se ha perdido un total de 350.000 puestos de trabajo, con comportamientos relativos similares de nativos e inmigrantes. Ahora bien, la tasa de paro de la inmigración se ha situado muy por encima de la tasa de los nativos, en torno al 28% en el tercer trimestre del 2009 frente al 15% de los nacidos en Catalunya, y refleja aumentos de los activos de la inmigración (al menos hasta finales del 2008) y estabilización, y caídas posteriores, de la mano de obra nativa. En este contexto, resulta imprescindible incorporar una valoración objetiva de por qué los inmigrantes están aquí, cuál ha sido su contribución al crecimiento y cuáles serán las necesidades de Cataluña durante las próximas décadas. Responder a estas cuestiones debe permitirnos que no perdamos la perspectiva en unos momentos especialmente complejos.
¿Por qué la inmigración? La respuesta es sencilla: el país empezó a reducir su tasa de natalidad a mediados de los años setenta y, veinte años después, generaciones mucho menos nutridas empezaron a llegar al mercado de trabajo: desde una entrada cercana a las 100.000 personas antes de 1995 hasta las escasamente 50.000 del 2000 en adelante. Esta es la base material sobre la que se ha construido la entrada de inmigrantes: una oferta de trabajo insuficiente para atender la demanda del país.
El segundo aspecto que hay que destacar es el de la contribución de la inmigración al crecimiento económico durante la década del dos mil y hasta la crisis. Una estimación conservadora la situaría cerca del 40% del crecimiento del PIB, lo que significa que casi la mitad del aumento de la renta de Catalunya entre el 2000 y el 2007 la generó la inmigración. Además, el aumento del PIB no ha beneficiado de la misma manera a nativos e inmigrantes, de forma que, mientras los primeros han presentado incrementos importantes en la renta por habitante, en los segundos el proceso ha sido el contrario. Adicionalmente, el saldo fiscal de la inmigración (lo que reciben del sector público en relación con lo que pagan) es claramente favorable a los nativos, dada su distribución demográfica.
Por último, la bajada demográfica de los nativos continúa progresando en la pirámide de población. La caída de su natalidad ha continuado hasta la actualidad y, por lo tanto, el futuro de la oferta del mercado de trabajo de los próximos veinte años ya está escrito. Pero es que, además, a partir del 2015, y con más intensidad a partir del 2020, empiezan a jubilarse las nutridas generaciones correspondientes a los baby boomers, los nacidos entre 1955 y 1975, aproximadamente. De manera que, a los potenciales problemas de la oferta de trabajo se suman, a partir del 2015, las necesidades derivadas de la atención a las pensiones y, en general, al sistema de bienestar social.
La inmigración ha llegado porque el país la ha necesitado. Un país que decidió, y continúa decidiendo, no tener hijos, decidió hacer un llamamiento a la inmigración. Y en las próximas décadas seguiremos necesitándola. Habría que incorporar estos aspectos al debate actual.