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Quizá ahora es el momento

Jordi Pujol
Editorial / 08 de Enero de 2008

¿El momento de qué? De hablar sin tapujos y sin complejos de la enseñanza en Catalunya. Y de tomar decisiones. ¿Y por qué, ahora? Porque hay gente que durante muchos años ha dicho unas cosas desde la oposición que hacen de mal decir desde el Gobierno. Y que ahora quizás ve las cosas de otra manera. Con esto no es suficiente. Hace falta, además, que la oposición actual no caiga en la tentación de hacer el tipo de obstruccionismo del cual fue víctima. Que siga defendiendo lo que defendía cuando estaba en el gobierno, y que no siempre podía aplicar.



A parte de esta circunstancia, vemos que el último informe PISA ha hecho efecto, y también lo ha hecho –e igualmente malo– el informe de la Fundación Bofill. Hace falta añadir una denuncia cada vez más insistente de sectores de la sociedad civil –económicos y no económicos– sobre la calidad insuficiente de nuestra enseñanza.

Quizás al fin y al cabo es un buen momento para una discusión más objetiva y menos condicionada.
Como que esta discusión y, eventualmente, revisión tendrá una parte importante de crítica, sería bueno que objetivamente también se explicara lo que ha tenido de bueno la enseñanza en Catalunya durante los últimos treinta años. Que se hablara del incremento de escolaridad, de su contribución a la cohesión social, de su grado de equidad considerable, de la inmersión lingüística e, incluso, de un nivel que pese a quedar por debajo de la media de los países con la mejor enseñanza logra el aprobado –quizás justito, pero aprobado. Sería bueno hacerlo para ser justos con tanta gente –maestros, sobre todo– que se han esforzado tanto. Pero junto con esto, dicho y hecho, hace falta admitir que la calidad de nuestra enseñanza es insuficiente. Que nuestra sociedad, nuestra economía y las ambiciones de Catalunya como país reclaman un nivel más alto. Y, en todo caso, una cosa es cierta: hay descontentamiento e insatisfacción en torno a la enseñanza.

Así pues, ¿qué se debe hacer?

Este editorial no es el lugar adecuado para exponer ampliamente toda una política en materia de enseñanza. De todas maneras, este tema ha sido comentado varias veces en este boletín –editoriales: Sobre la LOE y el Pacto Nacional de Enseñanza, 25 de abril de 2006; Carreras científico-técnicas, 5 de septiembre de 2006; La frialdad se paga, 17 de octubre de 2006; Disecar o impulsar, 28 de noviembre de 2006; Formación, formación, formación, 3 de julio de 2007; La asignatura de educación para la ciudadanía y la educación en la responsabilidad, 4 de septiembre de 2007; Aufrecht durch Pisa (de pie con PISA), 18 de diciembre de 2007.

El conjunto de estos artículos ha puesto mucho el acento en el papel primordial de los maestros en la escuela y, por lo tanto, en la formación del profesorado, en la potenciación de la figura y del rol de los directores, en la recuperación de la autoridad y del respeto en las aulas. También se insiste en qué las escuelas tengan más autonomía. Por otra parte, más que en la abundancia de créditos se insiste en los que deben ser los objetivos principales de la enseñanza, que son la lectura, la escritura y las matemáticas. Y también se insiste en que los conocimientos deben ser evaluados.

Con respecto a la escuela concertada ya empieza a ser hora de que el tema se trate sin la hipocresía con qué se ha tratado durante muchos años. También en esto es un buen momento, porque el Gobierno de la Generalitat está lleno de cargos, y no poco importantes, que pese a haber hecho grandes discursos en contra de la concertada traen a los hijos allí. Y porque pueden conocer mejor las consecuencias económicas que tendría la supresión o el ahogo de la concertada. Y también ahora, desde el Gobierno, pueden conocer mejor la contrapartida económica que comporta la justa reclamación de que en la escuela concertada haya más alumnos procedentes de la inmigración.

Por todos estos motivos podría ser –y ojalá fuera así– que este tema capital de la enseñanza se enfoque sin demagogia y con conocimiento de causa.

De todas maneras no será fácil. Porque, suponiendo que el Departamento o el principal partido de la oposición colaboren, todo cambio de orientación chocará con otras muchas dificultades corporativas, sindicales, ideológicas –ideológicas políticas y pedagógicas–, mediáticas, etc. Y hará falta mucho diálogo. Pero a favor puede haber la presión social. Ahora la sociedad ya sabe que no vamos lo suficientemente bien. Lo saben las instituciones económicas por la necesidad que tienen de mejorar la competitividad, lo sabe todo el corriente de opinión que reclama que funcione el ascensor social, lo sabe la universidad, que se queja de una formación de base no lo suficiente buena, etc.

Si toda esta sociedad hace presión, los partidos, los sindicatos y, en general, el mundo de la enseñanza encontrarán la manera de modificar el modelo educativo en un sentido de más calidad. Y así se conseguirá que de aquí a tres años los resultados del PISA sean mejores.


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