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A menudo hablamos de la excelencia en el estudio, del conocimiento, de la cultura dl esfuerzo, del ímpetu de los jóvenes, de la valía y del activo que supone, sobre todo para los que queiren abrirse un camino sólido, haber obtenido un resultado brillante en sus estudios. Todo esto es necesario. Es, sin el menor asomo de duda, un gran activo, o mejor dicho, un meritorio punto de partida hacia los desafíos que a estos jóvenes les pondrá en frente tanto la profesión escogida como la propia vida. La formación adquirida, el compromiso, la competitividad, el esfuerzo y la voluntad son básicas. Pero quizás no lo son todo. Analicémoslo.
El filósofo José Antonio Marina, todo un referente en la proyección y análisis del sistema de valores que hace falta defender, y que defendemos desde el Centre d’Estudis Jordi Pujol, destaca que por encima de la inteligencia teórica, que es la que nos ayuda y nos ilumina en los interrogantes que se nos plantean desde todos los ámbitos, debe predominar la inteligencia práctica. Ésta está muy por encima de la inteligencia teórica, que es la que nos ayuda a resolver problemas matemáticos, químicos o científicos. Y es que estos problemas, por complejos que puedan presentarse, pueden llegar a ser relativamente sencillos. En cambio, cuando hablamos de poner en práctica estrategias muchas veces relacionadas con los planteamientos teóricos podemos tener un pensamiento corto, necesitado de la experiencia que, muchas y muchas veces, suele ser vital para el desarrollo de la inteligencia.
Volviendo A J. A. Marina, él lo explica muy gráficamente poniendo como ejemplo que una persona joven puede ganar un Nobel de Física a los veinticinco años, pero que difícilmente este científico será un buen clínico, lo cual es un ejemplo para definir la falta de inteligencia práctica. Los conocimientos son independientes de la edad, pero la experiencia en la práctica aporta a estos conocimientos la verdadera medida de la efectividad. La experiencia se adquiere con los años, y en esta etapa vamos configurando un estadio, en el que lo principal es la adquisición de las herramientas que situarán los conocimientos en su verdadera dimensión.
Durante mucho tiempo el pensamiento dominante en nuestras latitudes ha ido desperdigando lo que el filósofo y exministro francés Luc Ferry decía –en una reciente comparecencia en el CEJP– “las cuatro grandes ilusiones”. Estas ilusiones, o espejismos, –todo se puede inventar, nada es transmitido; se puede sustituir el trabajo por el juego; la motivación es un valor más grande que el trabajo, y ser joven es una genialidad y, al contrario, ser viejo es una catástrofe– han sido inspiración de cabecera de políticas erróneas. Y perseverar en su estímulo no nos puede traer a ninguna parte más que hacia el empobrecimiento personal y colectivo de las generaciones que tomarán el relieve. Ninguna de las dos cosas las podemos consentir formando parte, como lo hacemos hoy, de un mundo en evolución constante y con niveles de exigencia cada vez más evidentes.