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Este es el útimo artículo de la serie que comenzamos hace unos meses sobre las conferencias cruzadas entre el filósofo alemán Jürgen Habermas y el entonces cardenal Joseph Ratzinger que publicó en Catalunya La Vanguardia.
En el último explicamos cuál era la fisonomía de nuestros estados liberales desde el racionalismo político. Se mostró insuficiente por el mismo Habermas. ¿Hacia dónde, pues debemos encaminarnos para hallar los fondos de comportamiento público de los ciudadanos de un estado contemporáneo que no hace de Dios el origen del bien?
La ley, la constitución es el origen de ordenamiento social y su
espíritu atraviesa toda relación humana. El fundamento que hasta ahora
ha tenido Habermas es el encuentro dialógico racional, el diálogo, la
capacidad que los hombres tienen de hablar y entenderse en el sentido
primario de la palabra. Yo te entiendo cuando me hablas, sé qué quieres
decir. Sujeto, verbo, predicado. Si la comunicación es posible, ya
tenemos fundamento político. Pero Habermas se da cuenta que
extrañamente por no decir nunca, la historia ha fundado estados
liberales por la simple adhesión de los ciudadanos a una forma de
organización política. Los estados tienen historia, costumbres y
prejuicios, incluso agravios, y esto funda no sólo sus leyes sino los
comportamientos más primarios de sus ciudadanos. O sobre todo estos.
Dice Habermas: “Compartir religión y lengua y recuperar la conciencia
nacional sirvieron para el surgimiento de la solidaridad ciudadana”. La
certeza que algunos tienen de pertenecer a un colectivo nacional,
étnico o religioso es la razón por la que ejercen esta solidaridad que
necesita el estado liberal para fundarse. Pero estas adscripciones no
son racionales, y esto es nuevo en Habermas.
Pensemos
en la UE. Los ejercicios de solidaridad colectiva que hacen falta para
fundar un superestado liberal de centenares de millones de ciudadanos
identitáriamente divergentes en muchas cosas, si bien convergentes en
otras, es inmenso y la ausencia de una identidad colectiva que sostenga
esta idea de solidaridad fraternal enfría el entusiasmo de los
políticos a golpes de referéndum. Alguien dirá que Alemania hace años
que paga a la UE y que esto ya es solidaridad: pensamos sólo que en
contra de lo que los materialistas de derecha e izquierda podrían
pensar, el dinero es lo que cuesta menos de ceder, mientras que
admitir que Turquía entre en el club, costará más. Además, Alemania aún
se está haciendo perdonar o mejor, está agradeciendo el perdón europeo,
como gran ejercicio de cinismo colectivo.
Por lo tanto, Habermas en su conferencia hace una cosa insólita, tan insólita como la que hace Ratzinger pidiendo a la Razón que ponga límites a la Fe y que comentamos en el boletín anterior, y es afirmar los fundamentos irracionales del estado liberal. Reconocerlos al menos. Pensemos: ¿Por qué razones los hombres de una sociedad postmoderna y postmetafísica tendrán que hacer un ejercicio de racionalidad que derrame en las leyes la voluntad solidaria del bien común?
Habermas era el hombre que buscaba la fundamentación del bien sin tener en cuenta ningún concepto metafísico, ni Dios ni Satanás, el bien racional y el mal irracional. Pues Habermas habla ahora de las reservas morales irracionales: pertenecer a un colectivo cultural, tener una religión común y una historia compartida. Es el contrapeso, la asepsia de las leyes. Habermas es el padre de Patriotismo Constitucional que propugnaba que los ciudadanos serían patriotas de un país con leyes justas, con constituciones respetuosas y que esto sólo haría que la gente obedeciera las leyes y respetara la comunidad, pero ahora le ha sido necesario introducir las razones de la sensualidad, de a afinidad emocional. Por esto introduce la fe como fuente de verdad y sobre todo de solidaridad política. Fundamento de actitudes. Los exámenes de estas actitudes y su conveniencia racional es lo que las introduce en una ley, o no. Pensemos ahora en los derechos históricos de un país como su reserva moral que fundamenta prejurídicamente el estado liberal. Derechos históricos a los que hace referencia nuestra Constitución y que son obvios: es la continuación de una relato colectivo. La Constitución del 78, es un núcleo significativo, es una recapitulación de la narración histórica que se llama España, origen de interpretaciones y de insatisfacciones, como todo texto que se analiza.
En conclusión, tras siglos de primacía de la fe que fueron fructíferos hasta que lo dejaron de ser y tras siglos en los que las élites han querido imponer la racionalidad pulcra; en los tiempos del relativismo, los dos máximos representantes de las dos tendencias se ponen de acuerdo (algo) para defender la necesidad de la existencia de algo seguro. Ante la debilidad del hombre para esta batalla, han decidido unirse y complementarse. Volvemos pues a lo de siempre: fe y razón. Una emite mensajes originarios, atávicos, irracionales, vivenciales, sensuales, trascendentes, metafísicos (lo que prefieran), la otra los pondera, elige, pule, examina y aplica (lo que prefieran). Razón y Fe. Las dos, las dos.