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Estética

Jordi Cabré
Artículo / 19 de Julio de 2005

Cuando un posicionamiento (político, filosófico, ideológico) obedece a razones de estética, deja de ser un posicionamiento: se convierte automáticamente un posado. Lo pensaba hace unos días mientras una persona me decía que yo tenía que optar entre ser escritor y llevar corbata. En primer lugar, no creo que sean términos incompatibles ni tampoco sé si yo quiero ser un escritor y nada más. Pero es que, en segundo lugar, no creo en esta sobredimensión que se da hoy a la estética, a la fachada.



Una estética que a menudo juega a favor de las tesis más genuinamente “progres”, porque los cánones actuales van más dirigidos hacia la bicicleta y la pulsera contra el racismo que no hacia  el coche y la agenda electrónica. Del mismo modo, hay planteamientos más estéticos que otros. Que obedecen mejor los cánones sociales, que merecen una etiqueta más amable y que suenen mejor. Tanto da lo que haya o no haya al detrás.

Contra esta corriente esteticista, superficial y casi siempre "izquierdona", a menudo aparecen actitudes contestatarias. Es decir, posiblemente hoy en día es más transgresor aplaudir al policía que no  aplaudir al dibujante de grafitis. Es más valiente, más antiestético, ponerse junto a la autoridad y de lo que llamamos el orden  (incluso cuando esta autoridad viene ejercida por los partidos d’izquierdas). Y sí, es necesario que existan estas voces que denuncian la doble moral de los discursos políticamente correctos, pero también existe el riesgo de caer en la pura y simple contestación. Lo que quiero decir es que desenmascarar los ademanes estéticos es saludable y necesario, de acuerdo, pero no puede ser un simple ejercicio de transgresión. Quienes caen en esta trampa no se dan cuenta que están tomando justamente un ademán, una actitud puramente estética, pero que resulta ser la contraria. De tal manera que acaba transformándose en un reaccionarismo ciego, inflexible y agrio. Las políticas de escaparate se tienen que desmontar con fundamentos sólidos y con una ardua tarea de rigor argumental, y no  poniendo otro escaparate en frente. Que, seguro, será un escaparate más feo.

Como decía en el artículo anterior, hace falta que las ideas y las convicciones recuperen la fuerza perdida (y que a menudo se encuentra en las simples definiciones del diccionario), con el fin de ir abandonando esta actual tendencia al escaparate y al ademán. No podemos pedir que el ciudadano escoja entre los políticos con corbata y los políticos sin corbata, entre los líderes sonrientes y los líderes más serios, entre caricatura y caricatura. Nuestra sociedad pide mucho más, merece mucho más que esto. Por esto es importante que la política reencuentre sus propios debates y sus propios fundamentos, que haya una inyección de profundidad en medio de la demagogia. Si no es así, se impondrá la caricatura más fácil: una concepción del mundo que se reduce a ricos y pobres y dejate de historias. En este contexto, quienes más tienen a perder no sólo son las opciones de centro: tiene a perder incluso la misma convivencia.


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