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Al descrédito que ya existía sobre la política se ha añadido ahora la amenaza de una gran desorientación general. Si la política ya vivía un momento bajo, el contexto actual ayuda decididamente a acentuar la distancia con el ciudadano. Esto sucede, entendámonos, cuando aún suponen una relativa novedad los gobiernos minoritarios, la propia debilidad de los programas y planteamientos, la dependencia absoluta de las encuestas, las alianzas que a veces parecen compinchadas, la posibilidad de perder las elecciones con un par de bombas, la adicción al qué dirán los titulares de los periódicos y el juego de ajedrez o de póquer que juegan eternamente nuestros líderes.
Algunas de estas anomalías podrían apaciguarse, seguro, si se pudiera reavivar el prestigio de la ideología. Lo que de verdad no está desprestigiado no es la política, sino la ideología. Las convicciones.
Hubo un tiempo, en este mismo país, donde era muy importante el gesto de tomar partido. Jugaban conceptos como la conciencia nacional, la lucha social, el patriotismo, la utopía, el pensamiento, la moral, incluso el honor, la victoria y la derrota. Entonces idealista no era una palabra despectiva como es hoy, sino que alguien que se ponía en política cargaba necesariamente un pedazo importante de alma y de sueño. No digo que hoy esto no suceda en absoluto, pero sí que digo que la gente no lo percibe así. La desorientación política, que más bien es una desorientación ideológica general, hace que la dedicación a esta profesión sea más vista como la penetración en un club de intereses privados. En el extremo inferior, ¿qué es lla izquierda hoy en día? ¿Hay diferencias sustanciales entre la política económica del PP y del PSOE? ¿Se puede defender el Cuarto Cinturón o la línea de Bescanó y ser de izquierdas? Y si no, ¿por qué no? ¿Se puede depender del PSOE y ser catalanista? ¿Y también se vale, presentarse a las elecciones diciendo “independencia” y salir diciendo “federalismo”? ¿Se puede estar a favor del matrimonio gay y no considerarse progresista? ¿Defender la familia tradicional es necesariamente retrógrado? ¿Es válido o es una trampa, distinguir entre nacionalismo y catalanismo?¿Soy un reaccionario de derechas porque quiero escoger la escuela de mis hijos? La gente necesita más respuestas a estos interrogantes, y una clarificación ideológica general sería muy útil.
El pragmatismo y la estrategia diaria de los partidos políticos han llegado, pienso, a desorientar demasiado a la ciudadanía y a difuminar el papel de las convicciones. No se trata tampoco de volver al blanco o negro, a la ausencia de matices o de pactos, pero sí que se hace necesario un mínimo rigor ideológico. Hace tiempo que reivindico, por ejemplo, un escrupuloso respeto por el diccionario. Reclamo que, cuando un presidente (o cualquier persona) se ponga a la boca la palabra “nacionalismo” o "socialismo", haga el favor de hablar con toda la propiedad de la palabra. Que hojee y busque definiciones. Pienso que la política tiene que poseer unos mínimos de integridad, si quiere volver a coger prestigio. Sin tener que caer necesariamente en el esencialismo, hace falta repasar con más rigor las propias esencias. Las raíces ideológicas. El alma inicial. Estoy seguro que si todos nosotros, políticos y no políticos, hiciéramos este ejercicio y esta búsqueda crítica, devolveríamos el interés perdido por los problemas colectivos. Ah, y quizás de paso aprenderíamos vocabulario.
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