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Cuando Gerhard Schroeder ganó las últimas elecciones ante Stoiber el argumento principal para entender la victoria pareció ser la reacción del Canciller delante de las trombas de agua. Cuando Le Pen superó a Jospin, era el descontento y la distancia entre políticos y sociedad. Cunado Zapatero sustituyó a Aznar, la gestión del atentado del 11-M era la clave. Cuando Tony Blair ganó las últimas, era en realidad Gordon Brown quien vio reconocidos sus resultados económicos.
El principal debate que se produjo en el Estado español durante la campaña para el referéndum para la ratificación del tratado por el cual se establece una Constitución en Europa fue si el PP no ponía suficiente énfasis para erosionar al Presidente Zapatero. Durante la campaña para la presidencia de los EE.UU., las plataformas colaboradoras de los dos grandes partidos americanos inundaron las televisiones con anuncios sensacionalistas y biografías contrapuestas de los dos candidatos. Berlusconi capitaliza la ambición de quienes, como él, quieren tener una carrera fulgurante, como un ideal a seguir, un modelo, un príncipe. Las fotografías de Maragall, Carod y Castells en Tierra Santa, son tema de debate parlamentario. Cuánta reflexión sobre Europa ha habido en “el no” francés, es una pregunta que no tiene sentido hacer.
El ejercicio de la política se sostiene sobre tres debates: la gestión, la imagen y el discurso sobre cómo tienen que ser los políticos. De la gestión se valoran los resultados económicos, la buena mano, el gesto. No importa la idea que sustenta la acción del político. De la imagen, se valora la telegenia, la empatía fingida, la teatralidad emotiva. Y del discurso sobre los políticos se valora la distancia, el descontento, la desconfianza. La política ya sólo parece hablar de ella misma y los periódicos parecen folletos románticos atentos a las glaciaciones y desglaciaciones del amor entre políticos. Atentos a la volubilidad de la estadística (la sociología, la ciencia primera), los políticos, los periodistas, los votantes, los abstencionistes renuncian a pronunciar el nombre del valor, la idea o la actitud que los sustenta. Pensaremos despacio, antes no sea verdad que esto nuestro se llama postdemocracia.