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El prestigio de las instituciones

Centre d'Estudis Jordi Pujol (CEJP)
Editorial / 29 de Abril de 2008

No es la primera vez que hacemos referencia a este tema. Y, desgraciadamente, no será la última. En tiempo de crisis y desorientación muchas cosas pueden perder su sentido primigenio, su razón de ser. Hace pocos días un político como el expresidente del Congreso de los Diputados, Manuel Marín, alertaba públicamente en una conferencia en ESADE sobre la pérdida de prestigio y de respecto del que son víctimas las principales instituciones del Estado español.



Marín señalaba el origen de esta erosión en presiones sobre las instituciones fruto de las luchas partidistas –básicamente de los dos grandes partidos españoles, el PP y el PSOE– y de la manera de ejercer la política que parece haberse instalado en el país de una manera tan corrosiva como permanente. Estamos de acuerdo con él.

Por encima del juego lícito y democrático de la política y la oposición hay la necesidad de preservar las instituciones, la necesaria transparencia y neutralidad de las cuales son los elementos que las deberían justificar, preservar y avalar. Los intentos de politización creciente de las instituciones pueden hacer tanto daño como cuando hace unos años hubo el intento de judicializar la política.

Decíamos en este mismo espacio, en un editorial de enero del 2007, que la política es una función imprescindible para el progreso y el funcionamiento de un país. Y que, a veces, la crítica a la manera de hacer política llega hasta el punto de decir que “ojala no hubieran ni política ni políticos”. Y decíamos que en el país donde esto pasara estaría condenado al inmovilismo o al desbarajuste. Y a la decadencia. Estas afirmaciones continúan siendo válidas. Pero hace falta añadir que aquellas sociedades que no preservan del juego partidista sus instituciones caen en el descrédito.

Volviendo a las palabras de Manuel Marín, decía que en un estado democrático no se debe traspasar nunca el sentido del límite, las formas y la autonomía de las instituciones. Coincidimos con él en el hecho que en los últimos tiempos se han transgredido todas tres y que dónde más se ha visualizado este juego interesado ha sido en el Tribunal Constitucional, presionado hasta conseguir la paralización en temas tan importantes para la configuración del modelo territorial, como lo es el Estatut de Catalunya. En este caso podríamos decir que se han perdido todas las formas. El papel del árbitro no aparece en ninguna parte y la confianza que el juego será limpio ha desaparecido.

Y esto es grave, muy grave. Cuando las instituciones del país pierden fuerza es la misma democracia quien recula. Un paso que no nos podemos permitir.

 

 


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