Centre d'Estudis Jordi Pujol (CEJP)
Editorial / 03 de Octubre de 2006
Una señora de media edad, con aspecto de buena familia, sube al tren junto a unos cuantos pasajeros negros. Los mira y remira, con curiosidad. Parece como si se sintiera llamada a mostrarles hospitalidad, interés y ostentación de nivel cultural. Todo a la vez. Les sonríe y los pregunta en inglés: ¿"What is your language?". Un de ellos le devuelve la sonrisa, ensanchado, y le responde: "Wolof". Ella no entiende la palabra, pero piensa que son ellos, que no entienden el inglés. Repite la pregunta en francés:¿ "Quelle langue parlez-vous?¿ Votre langue originelle?", remarcando "originelle" porque no haya confusión. Recibe la misma respuesta: "wolof". Queda asombrada y repliega sus encantos. Los ojos la traicionan: medio dolida, se apena de aquellos desgraciados con unas dificultades lingüísticas tan patentes.
Pese a su "amplitud" de miras, no ha captado que esta gente sabe francés, se defiende en inglés y farfulla el castellano, pero que su lengua no es ninguna de estas, por muy internacionales que sean. Ellos hablan wolof con los padres, los hijos, los amigos... La pobre mujer es víctima de una versión muy extendida de un cierto cosmopolitismo de élite, que desprecia las identidades nacionales por provincianes y obtusas y encuentra irrelevante todo aquello que no tenga etiqueta de universalidad. Probablemente, ante la misma pregunta, ella habría respondido "español", mnospreciando que es catalanohablante. No se niega a usar el catalán, pero lo considera prescindible.
Si el cosmopolitismo de verdad se basa en el principio que todas las personas son iguales con independencia de su cultura y su nacionalidad, se ha de inferir que todas las culturas y todas las nacionalidades tienen la misma categoría, porque de lo contrario estaríamos creando desigualdades entre las personas en función de su origen o su lengua. Si no se entiende esto, no se puede ser realmente un ciudadano del mundo. Aún así, en Catalunya abunda un cosmopolitismo que, en realidad, no es otra cosa que una forma elegante de ocultar una exagerada falta de autoestima.