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Centre d'Estudis Jordi Pujol (CEJP)
Editorial / 03 de Noviembre de 2009

Esta semana Barcelona acoge la última tanda de negociaciones previas a la Cumbre de Copenhaguen, la que ha de establecer las reglas del juego para combatir el cambio climático a partir del 2012. Es una buena noticia que la capital de Catalunya pueda ser la anfitriona de acontecimientos de tanta importancia mundial. Y, aunque algunos crean que es el momento de esconder la cabeza bajo el ala, no deberíamos desaprovechar la ocasión para mostrar al mundo lo que somos y lo que queremos ser, todo lo que de bueno hay en la realidad de Catalunya y en sus expectativas de futuro.



Por otro lado, esta reunión internacional suscita una reflexión que va más allá de lo que en ella se debate y que valdría la pena subrayar: Catalunya no está representada, no tiene voz directa en esta reunión.

A pesar de que los temas que se discuten en esta Cumbre afectan muy directamente a nuestra economía e inciden claramente en las competencias de la Generalitat, «nuestra» voz será la del representante español. No es nuevo de ahora. Ya tuvimos que batallar con esto en tiempos pasados. Sin entrar en otras consideraciones, lo que es relevante es que la progresiva internacionalización de muchos asuntos hace que la administración central quiera imponer su criterio sobre materias que corresponden a la Generalitat o a otros gobiernos autonómicos. Podría ser de otra forma, el gobierno central podría ser la voz de posicionamiento colegiado de todos aquellos que son titulares efectivos de las competencias, pero prefiere suplantarlos y recuperar, indirectamente, capacidad de decisión en aquello que ya no le corresponde. Y parece que a algunos ya les va bien que sea así, porque son temas complejos, delicados y comprometidos, si estamos dispuestos a asumir el riesgo de tomar decisiones sobre los elementos clave de nuestra competitividad, de nuestra calidad de vida...

Repitámoslo: esto no es nuevo de ahora y puede ser difícil de cambiar, porque está muy intrincado en la forma de pensar de los políticos españoles. ¿Debemos resignarnos? No, evidentemente. Por eso, sin renunciar a la justa reivindicación, debemos ser conscientes de que hay formas de compensar este déficit: la principal es la excelencia de la propia actuación. Catalunya ha conseguido tener reconocimiento internacional en determinados campos cuando se ha afanado para sobresalir, para ser pionera. Y el autogobierno también es esto: poner las capacidades del país al servicio de la excelencia, para ser pioneros en tantas y tantas cosas. Sabemos que ser pioneros es costoso y arriesgado, que exige mucho temple y mucha perseverancia. También sabemos que, si no eres pionero, en el mundo de hoy no eres nada.

Asumir responsabilidades en aquello que realmente incide en la vida de la gente y de las empresas, trabajar intensamente para ser excelentes... he aquí lo que da sentido al autogobierno tal y como lo concebimos. Ahora bien, el autogobierno no es sólo una norma jurídica, la cual sólo depende en parte de nosotros. Es principalmente una actitud de los gobernantes: en este caso, tenerla o no tenerla, sólo depende de los catalanes. Y tal vez deberíamos hacer un cierto examen de conciencia sobre si mantenemos el tono que sería necesario en este aspecto o si nos hemos vuelto demasiado proclives a adoptar un papel secundario, subordinado.

Estamos, como se insinuaba al principio, en una etapa de desconcierto y, en cierta medida, de enojo. Y reaccionamos exageradamente por hechos que, sin negar la importancia que tienen, no deberían descentrarnos ni hacernos perder el sentido de nuestra acción. Nada de lo que haya podido ocurrir debería distraernos de un punto esencial: Catalunya tiene unas potencialidades extraordinarias que sólo darán los frutos esperados si somos capaces de ejercer el autogobierno, exigiendo el respeto de nuestras competencias, pero principalmente con la exigencia de aplicar nuestras mejores capacidades para sobresalir. Ante el mundo y, sobre todo, ante nosotros mismos.


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