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La semana pasada hicimos una reflexión sobre España. Sobre la crisis que hay en España, que calificábamos como grave económicamente hablando, preocupante políticamente e inquietante socialmente. Y nos comprometimos a hacer hoy una segunda reflexión, esta sobre Catalunya. Y su crisis. Que también la hay.
No es exactamente como la española, porque los antecedentes son diferentes. Y la psicología. Y también, el margen de maniobra, tanto política como económica. Mucho más condicionado. Pero el caso es que Catalunya vive un tiempo difícil. Que se tiene la impresión de declive económico. Una impresión no del todo confirmada, al menos en sus versiones más negativas. Pero que, de todos modos, es preocupante. Y una sensación de pérdida de prestigio. De cara hacia adentro, es decir, de autoestima. Y de cara hacia afuera. De cara a Europa, por ejemplo, donde durante muchos años se ha hablado con elogio de Catalunya, y del modelo catalán. Y ahora ya no. Y esto comporta una pérdida de seguridad.
Y en el marco de todo el Estado no solamente hemos perdido prestigio, sino que se ha instaurado una actitud de poco respeto y se ha suscitado un fuerte sentimiento de hostilidad.
El balance no es bueno. Y la situación de ahora, tampoco.
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Para los que creemos en la capacidad de recuperación de Catalunya todo esto no tiene que significar pérdida de confianza ni actitud conformista. Todo lo contrario. Porque todo el siglo XX –en conjunto y concretamente también las últimas décadas– han sido años de recuperación, años positivos y de progreso en todos los órdenes, y hemos sido testigos de ello. Y por lo tanto creemos en la fuerza de nuestro país. En su capacidad de remontar. Pero toda acción de recuperación tiene que arrancar de una percepción clara de la situación, de un rechazo radical del autoengaño y de un análisis de los factores que nos han perjudicado.
En términos políticos y administrativos, y en el fondo de relación de fuerzas y de reconocimiento, Catalunya trabaja siempre en condiciones no del todo normales, y a veces incluso desfavorables. Pero que a menudo ha podido compensar jugando bien las cartas positivas que tiene –y propias, es decir, que exclusivamente o muy principalmente dependen de ella misma–. Como son una conciencia colectiva sólida, una actitud convivencial integradora, una mentalidad emprendedora, una sensibilidad cultural, una vocación de abertura sobre todo hacia Europa, pero también más allá.
A menudo, incluso hemos jugado, y bien, la carta que también nos es propia de una capacidad de intervención en los asuntos de España, de signo positivo, como sucede en estos momentos. Aunque hay que decir que esto no se nos suele reconocer, muchas veces ni lo que sería más de justicia. Pero no deja de ser una prueba de fortaleza y de creatividad.
Todo esto son activos nuestros. Gracias a ellos hemos sobrevivido y prosperado durante siglos a pesar de la animadversión del Estado. Pero activos que forman parte de un sistema frágil, porque está incorporado a un marco con unas reglas de juego poco favorables y con unos árbitros que no nos miran con buenos ojos.
Esto nos obliga a hilar delgado.
La experiencia dice que en este contexto no solamente hemos sobrevivido, sino que hemos hecho de Catalunya un país dinámico económicamente, de progreso social, con vitalidad cultural, con un gran capital, abierto al Mundo, con un mensaje propio. Pero esto ha sido con la condición de tener una idea clara de nuestros activos y de nuestros pasivos y de utilizar bien nuestros recursos, principalmente de no malbaratarlos.
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Es cierto que durante los últimos años Catalunya ha tenido que afrontar retos muy considerables. Retos como la globalización y como la irrupción de las nuevas tecnologías, con todas las consecuencias económicas, culturales, demográficas y de valores en general que estos dos fenómenos suponen. Que incluso sacuden toda Europa y le hacen perder peso en el Mundo. Pueden afectar mucho más un país como el nuestro, pequeño, con un poder político limitado y mal encajado en el Estado español. Es decir, un país al que no le sobra nada. Que tiene una demostrada voluntad de ser, una valiosa sociedad civil y una remarcable capacidad de iniciativa económica y social, una mentalidad convivencial, abierta e integradora. Es decir, tiene triunfos importantes. Pero el marco en el que se mueve no le ayuda. Por lo tanto, sólo podrá sacar provecho del capital que tiene –humano y social, cultural y de valores, político y económico– si lo aprovecha bien. Si actúa con seriedad, con un sentido del bien común potente, con mentalidad constructiva.
I el caso es que de algún tiempo a esta parte no ha sido así.
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Ahora es necesario un retorno a un tipo de actuación política y social y también a un estilo de gobierno marcado por la SERIEDAD. O por el rigor, como habría dicho el President Tarradellas. Es tan fácil como esto, se trata de ser serios. En las ideas, en la acción de gobierno y en el gasto.
En lo que concierne a las ideas hay que saber muy bien qué reclama el interés general y como lo podemos conseguir. Qué reclama la defensa de la identidad catalana, qué reclama nuestra economía, qué reclama el trato justo de nuestra sociedad, qué reclaman los grandes retos que tenemos de las nuevas tecnologías y de la inmigración reciente, qué reclama en general el momento actual, que no es nada fácil. No es el momento de hacer juegos de manos ni de insinceridad intelectual, política y social. Tampoco de políticas marcadas por el tacticismo, por el ansia del poder por el poder y el éxito personal o por el sectarismo.
Seriedad quiere decir también no hacer chapuzas, no jugar a hacer política, no actuar sin proyecto de país.
La acción de gobierno es uno de los campos donde esta exigencia de seriedad es especialmente necesaria. Lo decíamos la semana pasada refiriéndonos al Gobierno español. Lo decimos hoy refiriéndonos a nuestro gobierno, el de Catalunya. Un gobierno, el que sea, deber ser coherente. No puede ser la casa de tócame Roque, es decir, no puede caer en la confusión y en la frecuente o constante contradicción. Si lo hace es que o bien de entrada, de concepto inicial, arrastra un fallo que no se puede enmendar, o bien es que está poco o mal dirigido. Que o bien ya de entrada no respondía a un concepto claro de país o bien lo ha perdido por las trifulcas internas del propio gobierno. En el primer caso se habría querido ver la cuadratura del círculo, es decir, se habría querido conjugar visiones demasiado distantes, poco o nada compatibles. En el segundo se habría perdido la capacidad de mantener un rumbo. Y se habría caído en unos zigzags que habrían acabado mareando el país.
Finalmente es necesario el rigor en el gasto. Difícil cuando domina el tacticismo y las ganas de quedar bien más que de hacer el trabajo bien hecho. Si hay tendencia a crear cargos y más cargos, organismos y funciones.
Hay que recuperar la austeridad, que quiere decir actuar sin ostentación ni faramalla, y que quiere decir atender lo que hay que atender y no caer en el malbarato. No quiere decir no gastar, quiere decir gastar bien.
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De cierto tiempo a esta parte no ha sido así. Hace algún tiempo que cada vez se ponen más trabas a las iniciativas de la gente. Tanto sociales como económicas. Cada vez hay más facilidades para abrir una fábrica en Daimiel que en Tortosa, en Fraga que en Lleida o en Girona. Cada vez hay más exhuberancia administrativa, y más intervencionismo, a veces por inercia, otras veces por sectarismo ideológico.
Cada vez se opta más por el espectáculo y no por la eficacia, por el exhibicionismo, por fotos sin contenido real o por los titulares de diarios que duran dos días. Y por el exhibicionismo por aquello que en apariencia queda bien pero que no funciona. Y por lo tanto, por el gasto inútil. En un momento de extrema dificultad presupuestaria.
Todo ello conduce a un gran desbarajuste y finalmente a no tener proyecto de país, como gente del propio gobierno dice, pero también como es opinión general.
Y hay que añadirle una cierta fanfarronería por parte de algunos sectores políticos del gobierno, con consecuencias negativas en Catalunya mismo y en la relación con el resto del Estado.
Todo ello, un modo de pensar y de hacer marcado por el desbarajuste, por la presunción y la ineficiencia.
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Como tantas veces hemos dicho, todo esto no son sólo errores políticos. Tienen también una raíz ética, ponen de manifiesto un cierto error de valores. Por lo tanto, requieren un trabajo en profundidad en el campo de las actitudes y los valores. Pero también hemos dicho que hay momentos en los que además es necesario un golpe de timón político. Que la pedagogía de valores a largo plazo reclama una decidida acción política. Y ahora es un momento de estos.