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Alma, gente, país

Centre d'Estudis Jordi Pujol
Artículo / 13 de Junio de 2006

En el editorial del 14 de marzo ya hablábamos de como tras la guerra en Alemania, sobre todo a través de Habermas, se creó la idea del patriotismo constitucional, según el cual el patriotismo y la idea y la vivencia de país sólo se debían basar en la Constitución.



Tras el horror del nazismo y la barbarie de los campos de concentración, Alemania podía sentir la necesidad de empezar de cero. Cosa que sólo ha hecho en parte, porque ¿cómo se puede prescindir de Goethe, de Bach, de Kant, o de los románticos, y de las catedrales góticas, de la Ilustración alemana o de los grandes científicos alemanes? Pero ellos quisieron luchar durante un tiempo contra sus fantasmas y desconfiaron de la Historia, del paisaje, de la emoción, del sentimiento. Hoy ya lo están recuperando. Y excepto ellos, nadie renunció. Ningún país, bien al contrario. Porque sólo yendo al notario y sin emoción, sin espíritu colectivo, sin ilusión colectiva, sin sentirse en casa, no hay país. No hay país ni en Catalunya ni en ninguna parte.

 

Ahora hay gente que dice que lo único que une a la gente son los contratos jurídicos. Que la historia y la memoria, o que el paisaje y las emociones, o que las vivencias y el sentido de comunidad que da una misma lengua y unas mismas costumbres, y unos afectos compartidos y unos valores compartidos, que todo esto no cuenta. Y esto es falso. Son gente que diseca la vida y que al final la vida viene a ser sólo una clase de reacción química.

 

Son gente para quienes el sentimiento de pueblo, y el sentimiento de Patria no tienen razón de ser. Es lo que dicen. Pero no dicen la verdad. Quizás unos cuántos supuestos espíritus selectos, muy elitistes, que se creen quien sabe quien, se lo llegan a creer. Pero las cosas no son así. Los hombres somos de carne y hueso. Los hombres y las mujeres tenemos sentimientos. Sentimos la necesidad de amar. Y de ser amados. Y de comunicarnos con los demás. Y de sentirnos bien, de sentirnos en casa junto con otros.

 

El pasado domingo el Presidente Pujol subió al Tagamanent. Un lugar especialmente simbólico para él. Pero todo el mundo tiene su Tagamanent. Un amigo suyo de Benlloch, a diez kilómetros de Lleida, de jovencito fue a pie a Lleida porque le dijeron que en la Seu Vella habían colgado clandestinamente, una bandera catalana. Aquella bandera le impactó profundamente. Para toda la vida. Pintadas en las paredes. O canciones (la Santa Espina). O poesías. O las historias explicadas por los padres o los tíos o los abuelos de un mítico Presidente Macià, o del Estatuto de Núria. O de la persecución de los años 40. O del sentimiento de derrota. Del dolor de la derrota.

 

Todo esto forma parte del sentimiento. Que es bueno y que es necesario, y además es eficaz para construir un país.

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