Actividades de Jordi Pujol
Actividades propias
Actividades recomendadas
Próximas actividades
17 de febrero de 2012
Jordi Pujol participa en una cena tertúlia con miembros de la Jove Cambra Internacional de Tarragona
17 de febrero de 2012
21 de febrero de 2012
Jordi Pujol pronuncia la conferencia «Cuando se rompen los puentes», en Arenys de Mar
23 de febrero de 2012
Se pone a la venta en librerías el tercer y último volumen de las Memorias de Jordi Pujol
|
La cuestión europea
|
El ex presidente del Parlamento Europeo Pat Cox hace un análisis de los retos institucionales de la Unión Europea después de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa.
El 9 de noviembre de 2009, veintinueve jefes de Estado y de gobierno de Europa y Rusia se reunieron en Berlín para conmemorar el vigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín y de 1989 como el año de las revoluciones pacíficas que transformaron el rostro de la Europa contemporánea. Ese mismo año se estaban ultimando los preparativos para celebrar una conferencia intergubernamental que estableciera una unión económica y monetaria que complementara el incipiente mercado único. De repente, una oleada de esperanza e historia inundó ese terreno político cuidadosamente preparado cuando Europa se enfrentó por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial al reto de «respirar a través de sus dos pulmones: Oriente y Occidente», en palabras del papa Juan Pablo II.
En algunos círculos existía la preocupación de que, con la inminencia de la reunificación alemana en el horizonte político, el ideal europeo se vería eclipsado por un nuevo centro de poder en la Mitteleuropa, una especie de Europa germanizada. Helmut Kohl, en calidad de canciller alemán, respaldó la alternativa de una Alemania reunificada y europeizada promoviendo la idea de una unión política paralela a la unión económica y monetaria y asumiendo el compromiso de Alemania de liderar el impulso hacia una moneda común europea que sustituyera al simbólico marco alemán. Un Deutschmark fuerte y estable, dirigido por un Bundesbank sumamente independiente, había sido el ancla de la economía y la democracia de la República Federal de Alemania durante el período de posguerra. Esta fortaleza del marco había sido la respuesta al recuerdo colectivo de los alemanes de una hiperinflación, una caída en picado de la moneda y una implosiva República de Weimar que habían allanado el terreno a los nazis. Para Kohl, el euro y una perspectiva europea común serían la nueva ancla para la nueva Alemania. El Tratado de la Unión Europea (el Tratado de Maastricht) sería su expresión legal, institucional y política europea.
Posteriormente llegaron los tratados de Ámsterdam y Niza, el intento fracasado del Tratado Constitucional y, finalmente, el Tratado de Lisboa, que entró en vigor el 1 de diciembre. Tanto por separado como conjuntamente, estos tratados representan un período de veinte años de ajuste a las consecuencias de la caída del muro de Berlín. Asimismo, reflejan la naturaleza incremental de la integración europea y la dificultad de consensuar equilibrios políticos delicados, especialmente cuando cada una de las sucesivas ampliaciones se sumaba a la diversidad de la Unión Europea y a los problemas para lograr unanimidad. Desde su concepción hasta su nacimiento, lo que finalmente ha emergido como el Tratado de Lisboa ha sido el más difícil, pero no el más ambicioso, de todos los tratados de las dos últimas décadas, y su adopción marca un hito en la política de la UE. La consecución de este tratado ha consumido una gran cantidad de capital político y ha sido un ejercicio que tardará en repetirse. Los cambios que puedan realizarse en el futuro en cuestión de tratados serán probablemente más específicos y menos genéricos, algo que en parte ya prevén las disposiciones del propio Tratado de Lisboa.
Con el nombramiento de Herman van Rompuy a la presidencia del Consejo Europeo y de la baronesa Cathy Ashton como alta representante de Política Exterior, el nuevo personal y la nueva arquitectura de la UE ya están constituidos y listos para ponerse en marcha, sujetos a las próximas sesiones del Parlamento Europeo. Tras años de demora, finalmente la UE se ha liberado de la necesidad de ocuparse de cuestiones de diseño y ya puede centrarse en cuestiones de implementación. Ahora viene un período de aprendizaje basado en la práctica, aunque la magnitud de los retos internos y globales que afronta la UE requiere un sentido de urgencia en todos los frentes.
La rendición de cuentas democrática del sistema mejorará enormemente a través del nuevo papel de los parlamentos nacionales y el incremento de competencias del Parlamento Europeo, que es de esperar que utilice al máximo sus nuevos poderes. Uno de los aspectos positivos e innovadores que ha sido útil a los europeos en el pasado ha sido un método comunitario de toma de decisiones que valoraba una Comisión fuerte que persiguiera el interés común europeo. El borrador del Tratado de Lisboa proponía una Comisión más reducida con menos de un miembro por estado para reforzar precisamente ese sentido de un objetivo común europeo. Sin embargo, el precio que se ha tenido que pagar para que Irlanda convocara un segundo referéndum ha motivado la restauración de un comisario por estado y ha alterado el equilibrio institucional minuciosamente reconstruido, con lo cual se corre el riesgo de fortalecer el lento intergubernamentalismo de la UE.
Como antídoto, es necesario que la nueva Comisión muestre un fuerte convencimiento de que su misión es política y no puramente administrativa. Este órgano tendrá que desarrollar una sólida relación de trabajo con el Parlamento Europeo como aliado estratégico natural, aunque no por eso menos crítico, y nuevos métodos y estructuras para conectar con los parlamentos nacionales. Tener convicciones europeas y el coraje de promoverlas será crucial para asegurarse el apoyo del Parlamento Europeo. A la vez, encontrar el equilibrio justo entre las aspiraciones políticas y la capacidad de actuación será vital para tener credibilidad ante el Consejo Europeo.
Cómo consolidar la frágil recuperación económica, cómo restaurar la credibilidad del sistema bancario y financiero, cómo aprovechar el nuevo énfasis en una economía baja en carbono para garantizar un crecimiento sostenible, cómo configurar una estrategia presupuestaria adecuada a los objetivos futuros y cómo innovar la política social y económica para crear los puestos de trabajo del mañana serán las cuestiones que dominarán el debate sobre las políticas internas. Por otro lado, hacer valer el peso de la UE en el mundo desde el punto de vista de las políticas comerciales, de desarrollo y de seguridad será el reto principal de la política exterior tras la entrada en vigor del Tratado de Lisboa. La clave del éxito residirá en un nivel de ambición que intente hacer suficientes cosas bien y en profundidad en lugar de hacer muchas mal y de forma superficial.