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La cuestión europea
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El catedrático de la Organización Económica Internacional Joaquim Muns repasa los retos económicos de Europa ante la actual recesión mundial y las posibilidades de recuperación.
La crisis ha azotado con fuerza a la economía europea. Relativamente, incluso más que a los Estados Unidos. Algunos países –Irlanda, el Reino Unido y España– han sufrido, además de la crisis financiera, un duro golpe debido al boom desaforado de los precios de las viviendas.
Alemania se ha visto muy afectada por el derrumbe del comercio internacional. De una manera u otra, toda Europa ha visto disminuir el ritmo de crecimiento hasta llegar a unos registros bastante negativos, a la vez que se ha producido un aumento muy importante del paro como una de las peores consecuencias de la crisis.
Las perspectivas han empezado a mejorar a partir del verano de este año. En el tercer trimestre, tanto la zona euro como el conjunto de la Unión Europea han registrado un crecimiento positivo intertrimestral del 0,4% y el 0,2%, respectivamente. Se espera que esta tendencia al alza se confirme en el 2010, aunque sea a un nivel relativamente modesto de entre el 1% y el 1,5%.
Por lo tanto, se puede decir que lo peor de la crisis en Europa parece haber pasado. Pero nos engañaríamos si creyéramos que el cambio de decorado será rápido y que podremos olvidar fácilmente lo que ha significado esta crisis. Como en los Estados Unidos y en el resto del mundo, en Europa tendremos que superar muchos traumas y muchas heridas. De hecho, la situación del mercado de trabajo tardará bastante tiempo en volver a ser satisfactoria; el endeudamiento de los gobiernos a causa de los programas de apoyo financiero y de la actividad económica en general afectará durante muchos años a familias y empresas.
Si la crisis ha puesto de relieve las carencias de la integración europea, la recuperación tiene que ser un aliciente para destapar su potencial. Como ha ocurrido siempre que ha habido un choque externo, los países de la Unión Europea han tendido a seguir, por encima de todo, su propio interés. Es normal que en las emergencias se mire hacia dentro y se busque la fuerza a partir de la propia realidad nacional.
Esta constatación no debería desdeñar los aspectos positivos de colaboración europea que se han mantenido vivos durante la crisis y que han culminado con los últimos trámites del Tratado de Lisboa, que entró en vigor el primer día de diciembre del 2009.
Creo que la recuperación de Europa, que ya ha empezado, adquirirá fuerza en la medida en que los países europeos sumen esfuerzos. Es decir, la recuperación de los niveles de prosperidad del pasado será posible si, como entonces, se crea un verdadero espíritu de cooperación, que la tormenta ha dañado, pero no destruido. Por ejemplo, uno de los retos más importantes es el de emprender un sistema financiero y bancario renovados y capaces de alimentar, de forma sana, el crecimiento futuro de la economía europea. Es evidente que este reto solamente puede enfocarse desde una plataforma de fuerte colaboración. Y lo mismo puede decirse de la lucha contra el desempleo y los desajustes fiscales, por citar dos temas urgentes.
El futuro progreso de Europa también estará estrechamente ligado a la flexibilización de la economía y, más generalmente, de las relaciones sociales –por ejemplo, laborales– que forman su tejido básico. Los niveles de desempleo en la zona euro han sido demasiado elevados (alrededor del 7%) incluso durante el periodo de fuerte crecimiento anterior a la crisis. Necesitamos una gran flexibilización de los mercados si queremos llevar nuestro desempleo al nivel, más bajo, de los Estados Unidos y Japón en tiempos normales.
La lección más importante que deberíamos aprender, de cara a las perspectivas económicas de Europa, es que ni el más fuerte de los ciclones desde los años treinta ha conseguido destruir el tejido social, político y económico europeo ni la integración. Esto habla muy favorablemente de lo que se ha conseguido hasta el momento, pero también exige que, para mantenerlo, se lleven a cabo las reformas que saquen a Europa de una cierta autocomplacencia siempre latente.