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La cuestión europea
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El espíritu de Europa

Francesc Torralba
Artículo / 14 de Enero de 2010

El filósofo y teólogo Francesc Torralba plantea la cuestión de si Europa es una comunidad espiritual o una conjunción de intereses estatales.



La cuestión clave es determinar si Europa es una comunidad espiritual, tal y como la imaginaba Edmund Husserl, o si es una conjunción de intereses estatales. De hecho, la disyuntiva no es excluyente. Podría ser una cosa y también la otra, pero solamente hay futuro si Europa es un proyecto que trasciende los intereses de mercado, las estrategias militares y los pactos políticos.

Los grandes pensadores del presente nos lo han recordado, cada uno a su manera. Edgar Morin y George Steiner reivindican la vieja Europa y la imaginan como una entidad que trasciende los límites territoriales, como un ámbito del mundo que tiene propuestas para hacer al conjunto de la humanidad. Jürgen Habermas la imagina como una comunidad ideal de diálogo, como un lugar en el que es posible resolver las tensiones a través de la palabra y en el que los valores de la Ilustración –como la libertad, la igualdad, la fraternidad y la separación entre el poder político y el religioso– pueden garantizar un futuro en paz.

Si realmente queremos que Europa adquiera un papel relevante en el siglo XXI, que tenga una voz clara y nítida en los grandes debates mundiales, debe recuperar sus raíces, hacer pedagogía y, además, saberlas proyectar a todo el mundo. Europa vive colapsada, atemorizada y, en cierta manera, acomplejada, entre potencias espirituales que crecen con fuerza y se proyectan más allá de sus límites territoriales. Quizás es excesivo referirse a un choque de civilizaciones, pero también es ingenuo pensar que Europa es ajena a los flujos migratorios y a la llegada de valores y de estilos de vida que son externos a su naturaleza.

El espíritu de Europa es un híbrido diacrónico que se ha ido forjando narrativamente a lo largo de una historia de encuentros y de enfrentamientos, de sufrimientos y de momentos brillantes. El espíritu de Europa no es fijo, ni estático. Se mueve, se transforma y adopta nuevas expresiones en virtud de los flujos de masas, pero mientras está vivo, late, genera nuevas creaciones y realizaciones. Nadie puede convertirlo en un patrimonio propio, pero hay que ser consciente de cuál es su sustancia con el fin de transmitirla a las futuras generaciones. Ser europeo no es, solamente, vivir en un rincón del mundo; es participar en una idea de ciudadanía, es compartir unos valores, es apostar por la racionalidad y por la crítica.

Por una parte, el americanismo va ganando terreno. No es solamente una cuestión gastronómica o cinematográfica. Los arquetipos, los modelos y los estilos de vida norteamericanos cada vez están más presentes en nuestra cotidianidad. No sirve de nada esconder o infravalorar esta influencia. También es ridículo e irrisorio practicar un antiamericanismo a la defensiva y no reconocer los valores inherentes a esta cultura. Por otra parte, crece de manera preocupante el islamismo. El islam no es el islamismo, aunque a menudo la islamofobia que sufrimos desde el 11-S lo pone todo dentro del mismo saco. Es preocupante el crecimiento de un islamismo que infravalora los derechos civiles de la mujer y que, en caso de que se extienda, podría suponer un grave retroceso de las libertades conquistadas con sangre, sudor y lágrimas durante los dos últimos siglos.

Además del americanismo y del islamismo, hay una nueva influencia que está tomando forma en Europa: la que proviene de la civilización oriental. Crece el interés por la sabiduría del Extremo Oriente, en particular por el budismo y sus técnicas de pacificación del alma. Europa queda deslumbrada por esta sabiduría, porque es incapaz de ahondar en su propia historia espiritual y de hurgar en la riqueza que descansa en las bibliotecas y en los monasterios. Los jóvenes se sienten fascinados por las bellas verdades del Extremo Oriente, pero desconocen las Confesiones de san Agustín, la regla de san Benito o los ejercicios espirituales de san Ignacio. También ignoran el Zaratustra de Nietzsche y el Manifiesto del Partido Comunista. No se trata de desmerecer ninguna tradición, pero sí de recuperar la fuerza espiritual de Europa, aquel temple que nos ha hecho ser como somos, que ha levantado pequeñas iglesias románicas, pero también grandes catedrales góticas, y que ha hecho posible enormes revoluciones y transformaciones sociales.

No se puede desmerecer la riqueza inherente a las tradiciones foráneas y, menos todavía, en un espacio como el nuestro, en el que la libertad de pensamiento, de creencias y de expresión es una conquista histórica que se ha ganado a pulso y que debemos ser capaces de proyectar en el conjunto del mundo. Europa es un lugar de acogida, un espacio de recepción y de convivencia.

Europa sufre un complejo de culpa, una especie de remordimiento histórico, como consecuencia de la colonización y de los estragos que, por todo el mundo, ha causado el eurocentrismo. Sin embargo, reivindicar los valores de Europa, la bella conjunción de Grecia, de Roma y de la Ilustración no significa resucitar de entre los muertos el eurocentrismo, ni la pretendida superioridad moral y política de Europa. Muchos ilustrados erraron estrepitosamente a la hora de pensar Europa, cayeron en la prepotencia y en el olvido de las culturas minoritarias, y legitimaron intelectualmente la exportación del modelo más allá de las fronteras, laminando los sustratos culturales y religiosos. Hay que depurar y eliminar estos tics y prejuicios que también nos legaron los Aufklärer. Debemos reconocer los errores del pasado y pedir perdón por aquellas atrocidades que se cometieron en nombre de la igualdad, de la libertad y de la fraternidad. Diciéndolo como los pensadores de la primera generación de la Escuela de Fráncfort, debemos hacer una crítica de la Ilustración.

El patrimonio espiritual de Europa no es unívoco, sino plural; no es solamente cristiano, pero también es cristiano. La cultura bíblica ha dejado su huella en las creaciones europeas y, en particular, las tres grandes tradiciones religiosas herederas de Abraham: el judaísmo, el cristianismo y el islam. En este espíritu de Europa se encuentran el Renacimiento, el giro copernicano y el Aufklärung, pero también el mal, la barbarie, las atrocidades, los genocidios y las limpiezas étnicas. No podemos olvidar ni ocultar esta herencia dolorosa que forma parte del espíritu de Europa. La memoria de las víctimas, del mal radical, por decirlo con la bella expresión de Kant, no puede ni debe borrarse. También forma parte del espíritu de Europa.

El alma de Europa, a la que los románticos llamarían el Geist de la cultura europea, se juega en el terreno de la memoria, de los valores que somos capaces de comunicar y de proyectar y, sobre todo, del sentido de pertenencia que debemos crear con el fin de unir y cohesionar a la diversidad de ciudadanos de la que formamos parte. Somos distintos y procedemos de historias divergentes, pero Europa debe definir públicamente sus valores colectivos y hacer pedagogía hacia dentro y hacia fuera. Tenemos que sentirnos orgullosos de formar parte de esta unidad espiritual, política y ética, y no debemos cansarnos nunca de defender los valores esenciales que la configuran. Como indica Edmund Husserl, el peor peligro de Europa es el cansancio, la fatiga, el escepticismo, la desilusión, o peor aún, el cinismo. El cinismo no crea nada y revienta todo lo que empieza a nacer.

Las civilizaciones solamente tienen futuro si se regeneran una y otra vez sin perder la memoria del pasado, con el recuerdo vivo del legado que las ha hecho ser como son.





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