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El reto de la inmigración
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Diversidad y ciudadanía en Europa

Sami Naïr
Artículo / 15 de Febrero de 2010

Sami Naïr, una de las voces más destacadas en Europa en el ámbito de los movimientos migratorios, reflexiona sobre los conceptos de homogeneidad y diversidad en el contexto actual de globalización.



La cuestión de la diversidad, tanto como la de la homogeneización, está estrechamente relacionada con la cuestión del vínculo social. Ninguna sociedad puede estar basada en una concepción totalmente abierta de la diversidad. Asimismo, tampoco puede o debe estar basada en una concepción cerrada de la homogeneidad en la constitución del vínculo social. En cada sociedad hay homogeneidad y diversidad; la cuestión es cómo articular estas dos dimensiones.

Vivimos una época de globalización económica, comercial y financiera que genera un proceso de globalización de las culturas y un encuentro de las identidades a escala mundial. Estos encuentros identitarios pueden ser enfocados hacia el diálogo o bien hacia el choque de las culturas o de las civilizaciones. Los «encuentros-choque» implican un rechazo de la diversidad, el conflicto entre identidades y, al final, la guerra por la dominación, mientras que los «encuentros-diálogo» son mucho más complejos. Implican, primero, un acuerdo sobre las condiciones mismas del diálogo, es decir, sobre lo que en él hay en juego: derechos humanos, respeto por la igualdad real de los géneros, derechos de las minorías, derecho a la vida privada y a la igualdad profesional, y fórmulas para transformar los derechos formales en derechos reales (paridad, etc.). Y, en segundo lugar, implican un acuerdo sobre la finalidad del diálogo. No debe limitarse a una aceptación de las diferencias asumidas e inalterables, sino que debe tratarse de una voluntad de construir un espacio común de valores, o sea, de adhesión a estos principios y normas comunes.

Todo eso significa, para mí, que la diversidad solo tiene interés si desemboca en la universalidad. Hoy en día, tanto las sociedades como los individuos están traspasados por identidades múltiples; la cuestión estriba en saber cómo conviven estas identidades. A este respecto, tomaré el ejemplo de las identidades confesionales. Hay dos maneras de gestionarlas positivamente.

Por un lado, el vínculo social está basado oficialmente en la pertenencia a una religión o confesión dominante. Es el caso de la mayor parte de las sociedades católicas y de todas las sociedades musulmanas. En estas condiciones, las nuevas religiones que aparecen, en particular las que están ligadas a los flujos migratorios, están consideradas como minorías confesionales cuyos derechos nunca son equivalentes a los de la mayoría confesional. Por ejemplo, se considerará normal la utilización de las campanas para llamar a los fieles cristianos a la oración, pero se prohibirán las llamadas del muecín por micrófono dirigidas a los practicantes musulmanes. Esta situación pone en evidencia una gestión de la diversidad desde el enfoque mayoría/minoría, y más fundamentalmente dentro de una sociedad religiosa que se asume como tal.

Por otro lado, los valores que estructuran las sociedades superan los valores religiosos; son los valores humanos y de los ciudadanos los que reconocen la igualdad en derechos y deberes a todas las confesiones puestas en el mismo plano. Ello significa la privatización de la confesión, la cual está limitada a la esfera privada, en el marco de la sociedad civil. En estas condiciones, en la sociedad se reconocerán los mismos derechos a todas las religiones, pero se exigirá de todas ellas que respeten los valores sociales comunes de carácter público y que superen las creencias religiosas y respeten también a los que no son creyentes. Por lo tanto, las iglesias y las mezquitas tendrán los mismos derechos, y la llamada a la oración se convertirá en un asunto no de derechos sino de tolerancia. Cada sociedad busca un acuerdo para gestionar esta tolerancia de manera secular. Por decirlo de otro modo, la diversidad está gestionada en el marco de una sociedad secularizada, basada en la separación del espacio público y privado.
 
Esta situación no es abstracta. Ha sido puesta en evidencia con el referendo, en Suiza, sobre los minaretes. Y la verdad es que Europa no tiene –y no podrá tener– una posición común sobre el asunto. Cada sociedad europea deberá gestionar el desafío de la integración del islam en el marco de una sociedad cuya cultura confesional de fondo es el cristianismo. Pero Europa, heredera de los valores de libertad y de tolerancia, encontrará la solución. Porque, precisamente, no hay otra solución que el respeto a la tolerancia si queremos seguir viviendo en el marco del estado de derecho.






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