Salvador Cardús
Artículo / 15 de Febrero de 2010
Salvador Cardús hace un análisis sociológico sobre la integración social de la inmigración a través de la metáfora de las raíces y los arraigos.
En general, la decisión que toma la persona que se ve empujada a emigrar de su hogar es una apuesta de futuro. Lo que fuerza la decisión es una expectativa de mejorar su futuro personal y laboral, así como el de su familia. Combina la pérdida de esperanza en aquello que cree que le puede dar su propio país con la confianza en las expectativas de tener más oportunidades en el lugar de destino. Hay otras causas para las migraciones, como las políticas, que buscan refugio mientras no se puede volver. Los exilios son un tiempo de espera y se construyen sobre la provisionalidad, que es lo que los hace soportables. Pero en las migraciones de tipo económico, aunque de entrada puede haber una vaga idea de regresar después de haber hecho fortuna, la realidad es que si la aventura no fracasa, ese regreso es bastante improbable y se tarda muy poco en darse cuenta de ello.
Es por estas circunstancias que cualquier proyecto personal de integración en la sociedad de destino va unido al éxito, a la satisfacción de las expectativas y, en consecuencia, a la participación en la ambición de futuro de esta nueva sociedad. El punto de partida, los orígenes y la nostalgia de lo que se ha abandonado solamente pueden superarse si se pueden sustituir por la participación en la construcción de un destino y en la ilusión de llegar a él. Si del enorme coste emocional de una migración, a menudo con riesgo para la integridad física, solamente se obtienen beneficios materiales, es difícil que se superen la nostalgia y el sentimiento de pérdida. Por eso, es fundamental sentirse vinculado a un beneficio superior que no puede ser estrictamente económico, sino vital: el propio futuro de realización profesional, el futuro de los hijos, la apertura a una cultura plural, la incorporación a un proyecto de transformación colectiva...
Si eso es así, entonces debemos concluir que todo proceso de arraigo tiene que ver con lo que promete el futuro. El objetivo de cohesión social, por lo tanto, no puede pasar por la conservación artificiosa del pasado, de unas «raíces» trasplantadas, de un supuesto «respeto por los orígenes», sino por la capacidad de incorporación a un proyecto colectivo, y a este proceso de incorporación le llamaremos arraigo. Porque las raíces no nos vinculan al pasado, sino al futuro. Las raíces son el futuro. En el pasado hay unas semillas que se propagan a través de diversos tipos de diásporas que facilitan su arraigo. Si arraigan, tienen futuro; si no, mueren.
El punto más interesante de la metáfora de la raíz entendida correctamente –es decir, orientada al futuro, no al pasado– es que es válida no solamente para quien ha hecho el esfuerzo migratorio, sino también para el autóctono que necesita acomodarse a los cambios sociales que llegan y que también tiene el desafío de incorporarse a un proyecto colectivo de futuro. Es decir, que si pensamos que son un depósito del pasado, las raíces separan, pero si las consideramos en su papel vivo, como garantía de futuro, es decir, si pensamos en el proceso de arraigo, entonces las raíces vinculan a autóctonos y recién llegados.
En Catalunya, en definitiva, el buen encarrilamiento del último desafío migratorio pasa, como ha ocurrido históricamente, por ser capaces de construir un proyecto nacional lo bastante ambicioso como para conseguir que todos los esfuerzos de acomodación que se soliciten al conjunto de los catalanes, antiguos, nuevos y novísimos, se vean compensados por las oportunidades que el país nos ofrece en igualdad de condiciones.