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EL MUNDO DEL DEPORTE
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A través de su experiencia vital, Isidre Esteve explica el potencial del deporte para el desarrollo de los valores sociales y personales.
Soy Isidre Esteve, como algunos de vosotros ya sabéis un piloto de motos de aquellos que la gente ve por la televisión cruzando el desierto y las sabanas de África, es decir, viviendo la gran aventura del Dakar. Ahora bien, detrás de las imágenes que vemos como espectadores durante la competición se encuentra el sacrificio, el espíritu de superación y el sufrimiento de los entrenamientos, y detrás de los grandes deportistas hay todo un equipo de personas, que a menudo pasa desapercibido.
Yo soy de un pequeño pueblo leridano llamado Oliana, más conocido por su pantano que por su tradición deportiva. En mi familia nadie se había dedicado a practicar ningún deporte, pero ya de pequeños nuestros padres nos inculcaron la cultura del trabajo y del esfuerzo; todos colaborábamos con la economía familiar y todos teníamos que ganarnos nuestro pan. Mi primer contacto con el mundo del motor se debió a que mis padres, como vivíamos bastante apartados del pueblo, me consiguieron una pequeña moto para poder ir al colegio. Aunque en aquellos momentos solamente la veía como una herramienta, poco a poco fui descubriendo su magia.
Cerca de nuestra casa se celebra una prueba, ya clásica, de motos: el Enduro del Segre. Recuerdo que me gustaba observar a aquellos pilotos. En ellos veía la libertad, el disfrutar de lo que uno hace; veía aquella ropa de piloto, los cascos, las botas, unas motos que parecían no tener límites... Les admiraba. Después de la carrera, muchos de ellos iban a recuperar fuerzas al restaurante que teníamos en casa. Entonces les tenía que servir la comida y, mientras, escuchaba sus anécdotas sobre la carrera... Yo quería ser uno de ellos, aunque solamente fuese por un día.
A pesar de que me costó una fuerte discusión con la familia –en un negocio familiar todos somos necesarios y no hay tiempo para uno mismo, ¡y menos para ir de carreras!–, ese momento llegó. Con la ayuda de unos amigos y con el compromiso de volver a casa a la hora de servir las comidas, pude realizar aquel sueño y participar en la carrera. No sé si fue la casualidad o las prisas por volver a casa rápido para que no se enfadaran más mis padres, pero lo cierto es que gané y, a partir de aquí, todo fue muy rápido.
A los dieciocho años, momento en el que ya podía tomar mis decisiones, empecé a entrenarme seriamente para la competición. Aunque no me podía dedicar al cien por cien porque tenía que ayudar en casa, sí que llegué a un acuerdo con la familia para compaginarlo todo.
Yo siempre he sido un deportista especial: para poder llegar donde los demás, tenía que entrenar mucho más, ya que era pequeño y no tenía demasiado talento, además debía hacer largos desplazamientos a otros municipios porque en el mío no teníamos ni gimnasio ni piscina. Pero eso no me importaba ya que empezaba a ganar dinero haciendo lo que había soñado desde pequeño. No era un sacrificio tener que hacer horas y más horas de moto para poder mejorar la técnica de pilotaje, ni tener que hacer duras sesiones de gimnasio para conseguir una mejor forma física y poder dominar la moto y la competición. Estaba luchando por lo que más quería, ¡merecía la pena! Pienso que, cuando algo te cuesta tanto y te dejas tanto en ello, cuando por fin lo consigues, aprendes a disfrutarlo en cada momento, lo valoras y lo disfrutas mucho más.
Por fin, después de muchas negociaciones y ayudas, pude realizar otro sueño: ir al Dakar. Esta carrera ha sido para mí como una escuela, me ha enseñado tantas cosas que nunca podré desvincularme de ella. Descubrir el continente africano, sus paisajes, sus olores, sus colores y, sobre todo, su gente, me hizo verlo todo de otra manera, me marcó para siempre. Allí la gente no tiene nada, viven con lo que es indispensable para sobrevivir. La gran mayoría de personas no tiene ni agua corriente, ni luz, ni coche, ni una nevera llena de comida, pero si se lo pides, te dan lo poco que tienen. Son generosos. Aunque pasan hambre, sonríen. Aunque tienen que caminar muchos kilómetros para conseguir agua, no conocen las prisas, no necesitan reloj y se ríen de nosotros cuando nos ven estresados. Ellos no lo entienden. Cuando tienen la comida y la bebida garantizadas para ese día, lo disfrutan y lo comparten, saben que mañana el sol saldrá igual y que hoy no se acaba el mundo.
Cuando te encuentras en esta carrera, te alejas de todo y miras las cosas desde otra perspectiva: ¿cómo podemos quejarnos cuando nos cortan el agua? ¿Por qué nos angustiamos cuando se nos ha acabado la batería del móvil? ¿Cómo podemos pasarnos horas y horas encerrados en el coche en un atasco? ¿Cómo puede ser que estemos llegando al punto de que se nos rompe el ordenador y nos volvemos inútiles? ¿Somos realmente el primer mundo? Pienso que somos el primer mundo en dependencia de las cosas; ellos, los africanos, son el primer mundo en el disfrute de todo lo que tiene un significado real.
El mundo del deporte me ha dado otra lección muy importante: un deportista, un piloto en mi caso, no puede llegar muy lejos sin su equipo. En carreras como el Dakar, te das cuenta de que cada miembro de tu equipo –y en el mío éramos muchos– es una pieza fundamental para conseguir el éxito. Si el conductor del camión de los recambios no llega a la hora, el mecánico que tiene que dejar la moto impecable para la etapa siguiente no puede hacer su trabajo. Si este mecánico puede hacer su trabajo, al día siguiente tendré la moto prácticamente nueva para afrontar con garantía la competición. Si pincho en medio de la etapa, necesitaré que mi mochilero llegue rápido para ayudarme. Si acabo dolorido o me he caído, necesitaré que el fisio me ayude a recuperarme para poder salir al día siguiente. Para afrontar la etapa con seguridad, tengo que estudiarla con el mánager que coordinará el trabajo del equipo en la pista, etc.
Lo cierto es que si uno llega a la meta es gracias al trabajo de todo el mundo. Y que cuanta más unidad hay en el equipo, mejor se llega a la meta. Si es con el triunfo, se disfruta más porque es compartido, y si no has conseguido la victoria, la decepción es menor porque el buen ambiente la mitiga.
A veces es fácil caer en la vanidad y pensar que eres el mejor, que ya lo tienes todo, que no necesitas a nadie. Entonces es cuando te relajas, dejas de trabajar duro, dejas de lado a los que te han ayudado siempre, dejas de valorar lo que tienes y te olvidas de lo que cuesta lograrlo... Entonces es muy fácil que el sueño se acabe.