Más tarde fue diplomático francés. Hombre de vida intensa, que a los noventa y tres años ha publicado este discurso para recordar –«ahora que el final ya no queda demasiado lejos», dice– el fundamento de su compromiso político y moral, hace sesenta años.
El texto ha tenido una muy buena acogida. Mucha gente me pregunta: «¿Ya has leído
Indignaos? Se tiene que leer. Está muy bien». Pues sí, ya lo he leído y quiero hacer un breve comentario al respecto.
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Se comprende perfectamente que haya gente que se indigne. Existen muchos motivos. Evidentemente los que da Stéphane Hessel en su libro. Por ejemplo, la forma en que se ha manejado la política económica y financiera del Mundo con todas las repercusiones que está teniendo para el común de la gente y con el componente moral negativo que lo ha hecho posible. Y no tan solo a escala mundial o de los grandes poderes económicos, como subraya Hessel. También a niveles mucho más próximos. Y, de hecho, en todas partes ha habido una sobredosis de codicia.
Existen razones para la indignación, por muchos motivos. En Cataluña mismo tenemos motivos relacionados con el tema económico y social, pero también por el trato que España nos da política y económicamente, y también en lo que concierne al respeto de nuestra identidad y por un trato en muchos aspectos ofensivo. Por todo ello, por lo que dice Stéphane Hessel y por motivos muy nuestros, debemos indignarnos.
¿Pero qué más hay que hacer? ¿Basta con indignarse? ¿Y cómo debemos conducir la indignación?
Recuerdo que en los años sesenta, cuando un joven furioso con la situación política, social y nacional de la época iba a ver a Josep Benet y le soltaba la letanía de quejas y de críticas contra el Régimen o contra ciertos aspectos de la sociedad catalana de la época en términos de indignación exasperada, Benet solía decirle: «Estudia. Ahora estudia. Prepárate». O bien le decía: «Sigue adelante con aquella cooperativa». O bien: «Promueve la creación de revistas de sensibilización cultural y política por todo el país». Es decir, no dejes que se apague la llama de tu indignación, pero haz que no se agote por sí sola, que es nociva –y eso también lo dice Stéphan Hessel– porque destruye la esperanza.
Y todo eso no es valido tan solo en el ámbito político y social, o en el ámbito colectivo, sino también en el personal. Porque la indignación en mucha gente no nace de la vivencia de los errores éticos, políticos y técnicos del gran mundo financiero, o de los conflictos, de las injusticias o de las opresiones, que en mayor o menor grado existen en todas partes. También se produce por hechos mucho más próximos y personales. Pensamos que una parte muy importante de nuestra juventud tiene la sensación de no tener futuro. Que la sociedad no le abre las puertas. Y a veces es verdad. ¿Qué motivo más claro de tristeza y desánimo, pero también de indignación, puede existir que éste?
Ahora ya es una opinión bastante general que la generación joven actual deberá esforzarse más que la de sus padres. No es la primera vez que ocurre algo semejante. De hecho, ha ocurrido a menudo. Hay generaciones que llegan en un momento dulce y otras, en un momento difícil. Y en este segundo caso, lo peor que puede suceder es que la gente de aquella generación –hablo de los jóvenes– se desanime. Y se rinda. Lo que tiene que hacer es reaccionar y, si cabe, indignarse. Pero si tan solo se indigna, y se exaspera, fracasará.
Estoy hablando principalmente de los jóvenes de Cataluña. Que, repito, muchos están amenazados de fracaso. Pero también hay jóvenes que salen adelante. Que se indignan, pero que la indignación no les impide esforzarse, buscar una y otra vez una salida. Que son constantes. Que van mejorando su formación. Que no se conforman con el fracaso ni tampoco con la mediocridad. Llegarán más o menos lejos o más o menos alto –depende de cada cual, de las circunstancias, incluso de la poca o mucha suerte que tengan–, pero no fracasarán.
El libro de Stéphane Hessel se dirige sobre todo a los jóvenes. «Jóvenes, indignaos» es un mal consejo si no va acompañado de la invitación al esfuerzo y a la constancia. A realizar un esfuerzo para encontrar dentro de cada uno las razones que permiten tener confianza. Y a programarse bien, a entender que salir adelante, que el éxito no se logra de hoy a mañana. Todo de una sola vez. Que a menudo es gradual. Y fruto de un esfuerzo sostenido.
No debemos aceptar aquella idea que mantiene que tendremos una generación perdida. De jóvenes. En primer lugar porque si bien es cierto que una parte de nuestra juventud está en peligro desde un punto de vista laboral, de encaje social y de logros personales –que debemos recuperar– también lo es que hay muchos jóvenes –en ámbitos y niveles diferentes– con iniciativa, ganas de hacer cosas, con frecuencia bien preparados. Que pueden hacer mucho trabajo. Pero a menudo no lo bastante considerados. Nuestra sociedad se tiene que responsabilizar de unos y de otros.
Comprendemos que se indignen. Pero la indignación no se debe alimentar estéticamente. La indignación debe conducir al compromiso. Y debe despertar el sentido de responsabilidad.
Todo eso lo dice Stéphane Hessel, y está bien dicho. Y es lo que nos decía Benet y otros como él hace más de cincuenta años. Y nos lo decían mejor. Porque nos daban pistas de compromiso, nos hacían propuestas de compromiso. Personal y colectivo.
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Hemos dedicado una parte central del comentario a aspectos políticos y sociales, pensando especialmente en los jóvenes. Pero otro motivo de indignación –para jóvenes y mayores– es la situación política, financiera y de reconocimiento indentitario en la que se encuentra Cataluña después de toda la batalla del Estatuto y, sobre todo, de la sentencia del Tribunal Constitucional. Que de hecho significa el rechazo, por parte de España, al proyecto de hacer compatibles el reconocimiento político e identitario de Cataluña en el marco de una España que asumiera de veras su carácter plural y la contribución leal al progreso general de todo el Estado. Eso ha fracasado de mala manera. De mala manera políticamente, de mala manera jurídicamente, de mala manera por el ambiente que se ha creado. De mala manera también en el terreno de la sensibilidad. Y con sensación de indefensión en Cataluña. Que conduce a la indignación. Por lo tanto, indignémonos.
Pero como sucede a menudo, cuando llega el momento de la indignación y nos preguntamos: «¿Y qué más?», la respuesta no es fácil. Porque normalmente se llega a la indignación cuando la hostilidad y el sentimiento de vejación son muy grandes. Y cuando según qué respuestas, que serían lógicas, son muy difíciles de dar y de aplicar. Pero hay que encontrar la forma de dar respuesta. Una respuesta que no sea de sumisión.
En los años cincuenta y sesenta para Cataluña la situación era peor que ahora. Y por lo tanto la indignación, fácil. Y para muchos era una indignación estéril. Sólo se indignaban. Pero para muchos otros, para aquellos que seguían los consejos de Benet y otros de tendencias diversas pero todos catalanistas, la indignación conducía al compromiso y desde el compromiso se trabajaba. Sin someterse al poder de la dictadura y, por lo tanto, con limitaciones. Pero se trabajaba y se sentaron las bases para una nueva etapa, que durante casi treinta años fue fructífera para Cataluña, para la democracia y para el progreso social.
Stéphane Hessel tiene razón. Hay que indignarse. También en lo que atañe a Cataluña. Hay que indignarse porque nos han herido hasta en nuestra identidad. Y por lo tanto ni tenemos que pedir nada ni estamos obligados a hacer nada. Pero debemos seguir haciendo nuestro trabajo de cada día. En lo que podamos. En cosas pequeñas y en cosas grandes. Defendiendo la identidad del país. Poniendo las cosas fáciles a los que tengan iniciativas. Creando condiciones de cohesión y de convivencia. Teniendo ambición y abriendo horizontes, tanto cultural como económicamente. Pero no es necesario poner el acento en la indignación y menos aún en la exasperación. Tan solo la indignación justa para no olvidar que nuestro futuro sólo depende de nosotros y que somos capaces de salir adelante.