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Habíamos anunciado una serie de tres editoriales acerca del 20N. El primero (9 de noviembre) fue «Se habrá acabado la tergiversación». Es decir, después del 20N ya no se podrá mentir o disimular. Habrá que decir las cosas tal y como son. Dicho en términos todavía bastante generales.
Para hoy –23 de noviembre– habíamos anunciado un editorial más preciso. No preciso en términos de gobierno –este boletín no es un órgano de gobierno–, sino de la distribución de responsabilidades. Y entre ambos –16 de noviembre, un editorial de distensión y de apelación a la confianza: «Confianza en tiempos difíciles». Con el objetivo, puesto que se avecinan tiempos difíciles, de subrayar hechos positivos, activos importantes que tenemos y que nos permitirán superar las dificultades y los peligros del momento.
Pero hemos cambiado un poco el calendario. El editorial que teníamos anunciado para hoy –también sobre la tergiversación– lo dejamos para el próximo martes. Porque se ha producido un acontecimiento muy importante y positivo que merece comentarios. Y merece no pasar desapercibido.
Hace referencia a las elecciones del pasado domingo y en cierto modo al resultado. No para opinar en términos estrictamente políticos, sino de IVA. O lo que es lo mismo, de Ideas, Valores y Actitudes, que es la razón de ser de nuestra fundación. Es decir, en términos cívicos y éticos. Porque se produjo la victoria –y victoria clara– de una fuerza política que llevó a cabo una campaña sin engaño. Un mérito suyo, y de sus candidatos, pero también, y mucho, del gobierno de la Generalitat. Porque el gobierno y su presidente podían haber intentado enmascarar la situación financiera de la Generalitat. Pero no lo hicieron. Es más, no escondieron que se deberán tomar medidas difíciles, y a veces conflictivas. Impopulares. Pero necesarias. El presidente no escondió la realidad y CiU –desde el cabeza de lista hasta el último candidato suplente– lo aceptaron. Jugaron a este juego honestamente. Con convicción.
Con las elecciones encima, tanto el presidente como el consejero de Economía dejaron claro que en el futuro inmediato todas las partidas presupuestarias –o la gran mayoría– en mayor o menor grado bajarían, salvo una: la del servicio de la deuda, es decir, los intereses a pagar y los préstamos a devolver. Más claro no se podía decir. Jugaron al juego de la honestidad y de la seriedad.
En más de una ocasión, hemos dicho desde este boletín que una condición elemental de la política catalana –si queremos superar el bosque enzarzado en el que corremos el peligro de perdernos– es la seriedad. Tan sencillo y tan difícil como eso, ser serios. O sea, no caer en la ligereza ni en la frivolidad ni en la temeridad. No convertir la política en espectáculo ni tampoco en tan solo una lucha por el poder.
Es gratificante oír decir: «Tal vez la política de austeridad que ahora debemos hacer –ahora, no dentro de un año– hará que perdamos votos o que perdamos la reelección dentro de tres años, pero debemos llevar-la a cabo ahora, porque dentro de tres meses será mucho más difícil, o puede que imposible, salir del bache».
Y que esa mentalidad haya impregnado la política de una fuerza como CiU –en el gobierno y en las tribunas– durante la campaña electoral es buena señal. Muy buena señal. Y que el poder no se haya utilizado pensando en qué es lo que conviene hacer para ganar estas elecciones o las de aquí a tres años, sino para evitar el empeoramiento de una situación difícil por el bien común, es también muy buena señal.
Además, quien ha practicado esa política ha ganado. Lo que también indica que los ciudadanos saben calibrar cuál es la política necesaria, también cuando no es agradable. Y que sabe calibrar la madera ética de los políticos. También la formación técnica, pero además la madera ética.
Reflexiones como esta las hemos hecho más de una vez en estos editoriales. No hace mucho –el día 2 de noviembre– decíamos que a los políticos se les debe reclamar que expliquen la verdad, y que por lo tanto sean valientes. Que tengan carácter. Que no sacrifiquen el futuro para quedar bien hoy, o en lo que queda para las elecciones. O simplemente hasta la siguiente encuesta de popularidad.
El próximo miércoles hablaremos de esa verdad que no hay que esconder. Pero que lo hagamos nosotros, que no debemos someternos al juicio del voto popular, no tiene demasiado mérito. Por eso hay que celebrar que lo diga gente que sí debe someterse. Y que mucha gente lo entienda. Que reclame equidad y medidas para ir saliendo de la crisis, pero que se dé cuenta de que no es coser y cantar. Y que valore el trabajo de los políticos que se esfuerzan para remontar la situación. Que no ocultan la verdad, pero que además dan pistas y abren caminos de recuperación.