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Respeto mutuo

Jordi Pujol
Editorial / 02 de Enero de 2007

El tema de la inmigración es recurrente. Lo es en toda Europa. Y después de años en qué buena parte de la clase política y el mundo mediático españoles le han dado poca importancia ahora lo es también en todo España. Pero sobre todo lo es en Catalunya. Y es lógico.



De una parte, porque Catalunya es probablemente el país de Europa que con menos tiempo durante los últimos ocho años ha recibido más inmigración. Y más diversificada. Y, además, es uno de los países en los cuales la inmigración, además de los problemas habituales de sanidad, vivienda, condiciones de trabajo, etc., plantea mucho más que en ninguna parte una cuestión de identidad. Con el añadido que en Catalunya tenemos dos lenguas, y que una de ellas –la propia de Catalunya, es decir, la que es básica para su identidad colectiva– puede fácilmente ser marginada. Y todo esto en unas condiciones claramente insuficientes de poder político.


Por lo tanto, no es de extrañar que este tema –ahora recurrente en todas partes de Europa y España– lo sea todavía más en Catalunya.


Afortunadamente Catalunya tiene una larga y positiva tradición de inmigración e integración. Todo el siglo XX es en este sentido un ejemplo. Y, por si alguien dudaba, un hecho reciente lo acaba de demostrar, y es que el presidente de la Generalitat –el presidente de Catalunya como también me gusta decirlo– ahora es una persona que en su día fue inmigrante. Hay gente, y no poca, que no querría que el Sr. Montilla fuera el presidente, y que preferirían otra persona. Pero son contrarios por razones políticas, ideológicas, sociales, etc., no por el hecho de haber venido de fuera de Catalunya. Esto ha sido posible, por méritos personales –entre otros, por el mérito de haber hecho un esfuerzo de integración–, pero sobre todo porque la actitud, la mentalidad, los valores de Catalunya y de los catalanes han ayudado a hacerlo posible.
Que esto es así lo acaba de poner de manifiesto la encuesta reciente del Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat, que destaca la valoración muy positiva de Catalunya que hacen la gran mayoría de inmigrantes. Hasta el punto que el 75% incluso aconsejan sus familiares o amigos venir. Un porcentaje altísimo en Europa.
Es esta tradición y esta demostrada capacidad de integración lo que permite tener la esperanza que pese al déficit político y de recursos del país, y pese al volumen de la inmigración actual, Catalunya será capaz, de una parte, de ofrecer una acogida positiva, de proporcionar la atención debida y de facilitar la promoción de la gente (es decir, de asegurar el funcionamiento de el ascensor social), y por otra, de mantener la buena convivencia que ha habido en Catalunya, de conservar la cohesión social y de consolidar la identidad de Catalunya como país. Esto requiere ser consciente de la magnitud y de los riesgos del problema (es decir, no esconder la cabeza bajo el ala), hacer una buena política de acogida, hacer una buena promoción social y cumplir, el máximo de bien posible, con los derechos de los recién llegados, especialmente en todo el que hace referencia a sanidad, escuela, trabajo, servicios sociales, etc. Es el deber de Catalunya hacerlo así. Y así se debe hacer, como mínimo, mucho mejor que en otros lugares de Europa y de España, puesto que de lo contrario un 75% de inmigrantes no señalaría Catalunya como un buen destino mucho mejor que otros.


Todo esto requiere un esfuerzo por parte de los poderes públicos (Generalitat, ayuntamientos, etc.), pero también de toda la población. Pero requiere también un esfuerzo por parte de los inmigrantes. Esfuerzo de adaptación, de respecto de los valores básicos del país de acogida, de sus costumbres y sus normas, de aprendizaje lingüístico (del castellano y del catalán, hablarlos –especialmente los niños y los jóvenes–, y en general, como mínimo, entenderles). En general de aceptación y de incorporación a la vida propia del país de acogida, en este caso, Catalunya.
Una conversación reciente no del todo fácil, con un inmigrante uruguaiano, ayuda a entender un aspecto de todo esto que no podemos ignorar. Salió el tema del respeto –respeto a los derechos de los inmigrantes y a los valores y a la identidad de Catalunya–, y él dijo, subrayándolo mucho, que hacía falta “un mutuo respeto”. Respeto mutuo. De acuerdo, pero ¿qué quiere decir esto? El ejemplo de Uruguay permite explicarlo bien.


Uruguay ha tenido cuatro presidentes que se han dicho Batlle. El último –Jorge Batlle– lo fue hasta hace dos años. La familia Batlle ha sido toda una institución en Uruguay y, como su nombre implica, es de origen catalán. Se fue de Sitges hace muchos años, y ha conservado el recuerdo de Catalunya y de Sitges. Con afecto. Jorge Batlle, antes de ser presidente, pasó unos días en la Casa de los Canónigos de la Generalitat. Y estuvo muy contento de poderlo hacer. Y cuando lo invistieron presidente invitó a algunos parientes muy lejanos de Sitges. Todo esto a los catalanes nos llena de gozo. Pero ni Jorge Batlle ni el presidente Batlle más famoso –Batlle Ordóñez– se consideraron catalanes. Eran y se sentían uruguaianos. Se habían integrado bien en Uruguay. Y si no se hubieran integrado bien en Uruguay, y no se hubieran sentidos uruguaianos de verdad (y el resto del país no lo hubiera visto así) no habrían podido ser presidentes. Ni alcaldes de Montevideo, o de Paysandú. Ni representar Uruguay en nada. Ni ser considerados por Uruguay como uno de los suyos.


Cuando los Batlle llegaron a Uruguay tenían derecho a reclamar el respecto de todos sus derechos. Incluso, el de mantener durante generaciones el recuerdo de Sitges. Pero Uruguay tenía el derecho de reclamar que si se querían quedar debían iniciar un proceso de incorporación mental, cultural y lingüística a Uruguay. Uruguay tenía el derecho de reclamar el respeto a su identidad, a su lengua, a su cultura, a sus instituciones. Fue un caso bien exitoso de respeto mutuo. Pero ¿qué significó este respeto mutuo? De una parte, significó respeto a los Batlle y a sus derechos personales, por otra, respeto a Uruguay, a sus naturales, a sus instituciones y a su identidad.


Volvamos para acabar al caso Montilla. Cuando le dicen que ahora un andaluz presidirá la Generalitat responde y precisa: “Andaluz, no; nacido en Andalucía”. Y en su discurso de investidura dice “yo no puedo decir que Catalunya sea el país de mis padres, pero es el de mis hijos y lo debe ser de mis nietos”. Y lo dice bien. Respeto al recuerdo, sobre todo para las generaciones adultas y maduras, pero sobre todo respeto al presente y al futuro, respeto a la sociedad donde se vive y se vivirá, respeto a sus valores y a su existencia.


Esto vale para los catalanes que van a América y allí establecen su familia –o para los catalanes que han ido a Andalucía– y vale para los americanos, rumanos o senegaleses, que vienen aquí para quedarse.


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