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18 de Julio

Jordi Pujol
Editorial / 18 de Julio de 2006

La fecha del 18 de julio puede dar lugar a muchos y muy variados comentarios. Ya se han hecho muchos, centenares y miles de artículos, conferencias y libros.

Pero el tema sigue ofreciendo material de reflexión.

Por ejemplo, ¿qué hechos y qué actitudes hicieron tan difícil la vida de la República y condujeron finalmente a la guerra civil? Y en cambio, ¿qué hechos y actitudes y qué circunstancias hicieron posible el restablecimiento de la democracia y, sobre todo, su consolidación desde finales de los años 70 hasta hoy?



Muchos, pero vale la pena subrayar tres, que van entrelazados: estabilidad política, gobernabilidad –es decir, capacidad de los diversos gobiernos de trabajar eficazmente- y continuidad. No siempre ni en todo ha sido así. Por ejemplo, no lo ha sido en la política de enseñanza, y es uno de los aspectos menos brillantes del balance de la Transición. Y ahora mismo España vive un momento de riesgo en ciertos aspectos. Pero vistas las cosas con perspectiva, en general en España, con gobiernos diferentes, ha habido en las líneas básicas estabilidad, gobernabilidad y continuidad. Y esto es condición imprescindible para que un país progrese, para que salte de categoría, tanto en el orden económico como social como de peso y prestigio.

Esto requiere no dejarse llevar por los radicalismos. Que de una parte dividen el país no en temas de saludable y necesaria confrontación democrática, sino en términos destructivos y excluyentes. Y requieren no caer en la demagogia desenfrenada y en el engaño. Y requieren también que cada vez que democráticamente cambia un gobierno no haya un descalabro, un cambio radical de orientación política, económica, de enseñanza, de justicia, etc... También de según qué personal. Aquella frase “ahora hemos ganado nosotros” hace mucho daño  a la democracia, y todavía hace más daño al país.

También requiere una buena dosis de realismo. Sin idealismo, sin ambición, no se progresa, pero se han dado en la historia de España, y de Catalunya, momentos en que ha habido mucha falta de realismo. Y esto se ha pagado.

La España de la Transición ha tenido la suerte y el acierto de evitar estos peligros. No totalmente. Pero sí en gran parte. El seguimiento diario de la política puede hacer creer que no ha sido así, pero vistas las cosas con una perspectiva más histórica ha sido así. Y esto es una de las causas del éxito de la Transición.

Y hay otras. Por ejemplo, se diga lo que se diga hoy, otra causa del éxito ha sido saber tratar piadosamente y sabiamente los horrores de la guerra civil.

Todo esto es bueno recordarlo hoy, 18 de julio.

También es bueno tener presente que no hay nunca nada de definitivamente ganado. Y que a menudo hay factores externos que ayudan al éxito. Factores que pueden desaparecer. Por ejemplo, Europa no se dio cuenta muy bien que una parte de su gran progreso económico de 1945 a 1975 (lo que los franceses han dicho “las trente glorieuses”) explica buena parte de su éxito político y social de aquellos años. Más la ayuda primero y la protección después de los Estados Unidos. Ni se dio cuenta a tiempo que las cosas cambiaban, y que ya no todo sería tan fácil.

¿Y España, qué? España podría pasar que no se  hubiera dado cuenta que su éxito de 1977 a 2006 es mérito propio, que hay mucho mérito propio, pero que también la época le ha ayudado mucho. La integración europea ha ayudado mucho, políticamente y más todavía económicamente. Han sido años de crecimiento, años muy buenos. Que no durarán siempre. Es más, podría ser que de aquí a un tiempo las cosas se hicieran más difíciles. Es muy posible. No tan difíciles como para poner en peligro el progreso que ha habido. Pero más difíciles.

Hay un punto de euforia excesiva en la sociedad española. Y un punto también de petulancia en el Gobierno. Y de estilo de muy mal perdedor por parte de la oposición. Muy irresponsable. Y esto puede alimentar el sectarismo. Que es una enfermedad grave de la democracia y finalmente del progreso. Justo es decir que en algún momento, en tiempos anteriores, ya ha habido euforia excesiva y petulancia. Y se ha pagado.

Todo esto, ¿Cómo se aplica en Catalunya? ¿Cómo juega? En primer lugar hace falta decir que la revuelta militar del 36 fue en gran parte dirigida en Catalunya. Por otra parte, el radicalismo destructivo también se manifestó aquí. Pero lo que ahora toca subrayar es que durante la transición y hasta hoy mismo Catalunya ha contribuido como nadie, probablemente más que nadie, a la estabilidad, a la gobernabilidad y a la continuidad españolas. Ha jugado un papel de primer orden, y positivo. A veces incluso sacrificando la estabilidad o intereses propios. Duele mucho que esto sea poco o nada reconocido fuera de Catalunya. Es un fallo de la sociedad española que esto no sea reconocido.

Por otra parte Catalunya también necesita que el progreso político, económico y social sea sostenido, no a base de hipos. Esto sólo es posible si además de seriosidad en la gestión pública hay una conciencia de país y una ilusión colectiva lo suficientemente fuertes para impulsar el conjunto de la sociedad. En Catalunya no hay la misma euforia algo excesiva que hay en el resto de España. Empieza a haber la conciencia de que el país no puede perder el tiempo. No puede encantarse. Se enfrenta a unos retos de competitividad, cohesión social e identidad muy grandes. Y hasta hace poco el tiempo podía ser que jugara a favor nuestro. Ahora, no. Ahora ya todo es urgente.

Afortunadamente, el 18 de julio de este año nos permite constatar que desde entonces hasta ahora progreso ha sido muy grande. Y que a pesar de los riesgos actuales tenemos un potencial que justifica nuestra esperanza.

 


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