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El aeropuerto del Prat y la sociedad civil

Jordi Pujol
Editorial / 27 de Febrero de 2007

En Catalunya se vive una etapa de desconcierto y en ciertos aspectos de frustración. Además hay una incrementada hostilidad política y mediática en el conjunto de España, y también de la opinión pública, contra Cataluña. Y todo eso agravado porque no se ve que en el ámbito político e institucional catalán haya una voluntad decidida de defender nuestro autogobierno y nuestras iniciativas económicas y sociales. Pero en este contexto se da un hecho esperanzador: la movilización de sectores muy importantes de nuestra sociedad civil para defender aspectos decisivos de nuestra economía y de nuestro peso como país en España mismo y en todo el Mundo. Concretamente el papel que tiene que jugar el aeropuerto del Prat como motor económico de Barcelona y de Cataluña y también como a factor de desarrollo general español.



El tema del aeropuerto del Prat, más allá incluso de su trascendencia económica, plantea la cuestión de cuál es el papel de Barcelona y de Cataluña en el marco español y europeo. Y por lo tanto de su proyección internacional. Se discute si tiene que seguir siendo válido para Cataluña aquello de que "nuestro mundo es el Mundo", y de que tenemos que subir al caballo de la internacionalización y de la globalización con energía y ambición, o si nos tenemos que conformar en ser, a nivel europeo y mundial una modesta capital de provincia.

Ya en la época de los gobiernos socialistas de los 80 y de los 90 -sobre todo a partir del momento que la transición política estuvo consolidada- se emprendió una operación muy potente consistente en aplicar en España el modelo francés de distribución del poder, de la riqueza y en general del peso social y cultural. ¿En este sentido, qué es Francia?

Francia es primero París. En segundo lugar, también París. En tercer lugar, nuevamente París. Y más París. Finalmente, en el lugar cinco o seis aparecen Lyon, Marsella, Burdeos, etc. Y eso en todos los terrenos y en todos los sentidos.

Esta idea de España ya viene de lejos, de muy lejos. Pero la nueva situación española desde los años 80, con un país más emergente, políticamente consolidado, en fase económica creciente y con la seguridad que da la integración europea le dieron un nuevo impulso. Primero, cómo decía, ya durante la etapa socialista de finales de los 80 y primeros de los 90. Después, con más fuerza, durante los ocho años de gobierno del PP. Y ahora, nuevamente, con el PSOE.

 

El aeropuerto del Prat es ahora el hecho más destacado, más evidente de esta política. Pero lo ha sido, también y mucho, la política de infraestructuras y muy especialmente el TGV. Entre otras cosas. Y ahora todo eso con el agravante, cómo decía, que en Cataluña hay desconcierto y parece que hay poca voluntad política de defender un proyecto de país.

Pero en este marco preocupante hay un hecho positivo que puede llegar a ser muy importante. Y es que por primera vez en mucho tiempo hay una movilización seria y decidida de la sociedad civil. De diversos sectores de la sociedad civil, pero sobre todo del mundo económico y empresarial. Eso es una muy buena noticia.

Lo es en primer lugar porque durante muchos y muchos años este sector social y económico se ha movilizado poco. Es una buena señal que ahora lo haga, aunque por otra parte pone de manifiesto que en la política de discriminación contra Catalunya en el campo económico en general y especialmente en el de las infraestructuras se ha llegado a un punto extremo. Pero el caso es que hay reacción. Una reacción potente y parece que bien llevada. Y al margen de la política.

Es bueno para un país -y es necesario- que haya el máximo de compenetración entre política y sociedad. Que haya coliderazgo de clase política y sociedad civil. Pero hay momentos, o épocas largas, en las que no se dan las condiciones para las cuales eso sea así. Y que o el uno o el otro tiene que pasar en frente.

Ahora es un momento poco favorable políticamente hablando. Un momento políticamente poco claro desde el punto de vista del proyecto de país y de voluntad, como ya he dicho. Por eso es tan importante, y esperanzador, que la sociedad civil coja mucho de protagonismo en la defensa de una solución para el aeropuerto del Prat que no condene Barcelona y Cataluña a un papel del todo secundario.

Es de agradecer y se les tiene que felicitar.

A mi entender es positivo que -por lo que se está viendo- esta movilización se haga al margen del mundo político. Soy de los que creen que a la larga un país no puede ir bien sin buena política. Es más, toda esta movilización social no será bastante eficaz si finalmente no enlaza con la política: con el Gobierno, con la oposición, en general con la clase política. Pero pasa a veces que en un país la política pasa un momento difícil, confuso, poco eficaz. Un momento en que la política no puede defender bien los intereses de país, o en todo caso no los defiende bien. En que no es capaz de tomar la iniciativa. Y mal asunto si eso dura mucho. Pero mal también si en aquel momento la sociedad no sale a defender sin complejos el interés del país.

Hay momentos y objetivos concretos, en los que la sociedad puede conseguir más que nadie. Que los interlocutores -en este caso, el Gobierno y la Administración del Estado- les harán más caso que a la clase política. Que los respetarán más. Tenemos motivos para creer que ahora, y en el tema que se debate, muy probablemente eso es lo que pasa en Cataluña.

El mundo político catalán no puede dejar de reclamar lo que es el derecho y la necesidad de Cataluña, por más decepcionante que incluso ahora haya sido la conducta del Gobierno Central. Pero será bueno que hoy para hoy esta iniciativa concreta sobre el aeropuerto del Prat siga siendo civil. De la sociedad civil.

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Todo eso invita a recordar que en el inicio del catalanismo ahora hace poco más de cien años, cuando el movimiento político todavía no estaba lo bastante estructurado ni era bastante potente, algunas iniciativas de la sociedad civil tuvieron una gran eficacia, en defensa tanto de la economía catalana como de la identidad nacional, y también como factor de arranque  de lo que después, durante todo el siglo XX, fue el motor de Cataluña. Este recuerdo, en un momento por otra parte difícil para el país, nos da confianza.


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