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¿Qué es hacer escandallo? Es calcular el coste de un producto para poder ponerle un precio de venta que dé una ganancia que además de dar beneficio en la empresa asegure la continuidad de su actividad.
Pongamos un ejemplo. Un fabricante de muebles de madera tiene que calcular cuánta madera necesita para hacer una mesa, y cuánto cuesta; y cuánta laca, si es que hay que poner, o cuánta pintura, cuánto rato tendrá que dedicar (es decir, qué parte del sueldo del operario hay que aplicar a aquella mesa); etcétera. Y tendrá que calcular qué stock de mesas tiene que tener, ni demasiado ni pocas. Y también qué inmovilizado económico eso representa, y si trabaja a crédito, eso qué representa de intereses. Y tendrá que calcular el coste del transporte. Y quizás más cosas. Por ejemplo, si exporta mesas fuera del área del euro tendrá que tratar de prever cómo puede evolucionar el cambio del euro con respecto a otras monedas.
Una vez sumado todo eso el fabricante ya podrá fijar un precio que le dé beneficio.
Eso no le asegura que en el propio mercado no puedan aparecer mesas finlandesas o danesas que le hagan una competencia peligrosa.
Todo eso vale para los fabricantes de mesas y de automóviles, de embutidos y de zapatos, de instrumentos de precisión y de productos químicos. Y también vale para los campesinos y ganaderos que producen maíz o que crían terneros. Y también para un informático que ofrece un servicio de outsourcing. Toda esta gente tiene que hacer un esfuerzo no sólo de calidad, sino de precio. Tiene que hacer un esfuerzo de competitividad. El escandallo es el examen de la competitividad (También lo es la calidad).
Todo este proceso quiere decir esfuerzo. Quiere decir buscar al mejor proveedor de madera, con la mejor relación precio-calidad. Quiere decir mejorar la productividad, es decir, encontrar la manera de hacer más mesas con menos tiempo y menos mano de obra. Quiere decir perfeccionar el diseño. Quiere decir afinar, afinar muchísimo.
Pues bien, eso -hacer escandallo- es lo que buena parte de la economía catalana, y española, hace tiempo que no hace. Básicamente el sector inmobiliario. Y de rebote tampoco le hace falta hacer tanto a algún sector industrial, o de servicios, que está relacionado. Y justamente el sector de la construcción es el motor principal de nuestra economía. Es lo que le da más alegría, lo que de mucho crea más puestos de trabajo, lo que arrastra a muchos otros sectores, lo que potencia el consumo. Pero no hace escandallo. No le hace falta.
Los precios suben y suben, no hay competencia extranjera, los pisos y las casas se venden bien. Mucha gente del sector se ha enriquecido, y también de las industrias y los servicios que están relacionados. Y mucha gente que con penas y trabajos compró un piso hace cinco años ahora tiene un patrimonio.
Y el crecimiento general explica que España sea uno de los dos o tres primeros países del ranking de la Unión Europea con respecto al crecimiento del PIB.
Todo eso sólo tiene un punto de inquietud. Sólo uno, pero serio. Y es que es uno de los países que más crecen, pero está a la cola de Europa en mejora de la competitividad. Y es lógico, porque el inmobiliario estimula la economía, pero no tiene que hacer escandallo, es decir, no mejora ni la productividad ni la competitividad. Y a la larga, o no tan a la larga, eso se paga.
En Catalunya la situación es similar a la del conjunto de España con dos ligeras diferencias: crecemos un poco menos y estamos un poco mejor de competitividad. Los dos hechos son motivados precisamente porque si bien la construcción también de mucho es el sector más dinámico no lo es tanto como en otros lugares de España, y en el que, a pesar de las dificultades, hemos mantenido un nivel productivo importante sobre todo industrial, pero también de servicios y de nuevas tecnologías ligadas a la producción. Es decir, una parte de nuestra economía más importante que en el resto de España tiene que seguir haciendo escandallo.
Si ahora la construcción entrara en crisis -en una crisis rápida y acentuada- tendríamos muchos problemas. Graves. Pero por otra parte no podemos contar con qué siempre tenga el empuje desbordado. Ni conviene. Acabaría viciando a nuestro sistema económico. Haciendo que el sector que no tiene que hacer escandallo, y donde los ganancia es fácil, fuera cada vez el más dominante. Eso acabaría haciéndonos poco competitivos. Nos instalaríamos en una seguridad engañosa. Iría bien, por lo tanto, que el sector de la construcción se fuera frenando, progresivamente, no bruscamente. Y que mientras tanto todo el conjunto de nuestra economía volviera a hacer escandallo.
Vale a decir que a pesar de todo el sector productivo catalán, y todo el sector de servicios que está vinculado, resiste lo bastante bien. Seguimos siendo de mucho los máximos exportadores españoles, nuestras empresas se proyectan cada vez más que ninguna afuera. Quiere decir que son más competitivas. Por lo tanto, no es cuestión de ser pesimistas. Pero sí de ser bien conscientes que a medio y largo plazo el nivel de vida de los catalanes y la fuerza de nuestra economía dependerá de nuestra capacidad de hacer escandallo. Con todo lo que eso comporta de esfuerzo de mejora constante.