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Me siento orgulloso ser catalán y siento la necesidad de decirlo.
Creo no ser ni haber sido una fachenda. Celoso, eso sí, de mi dignidad como persona y como catalán. De la dignidad de Catalunya, y del respeto que le es debido. Al mismo tiempo respetuoso y admirador de otros países, empezando por el conjunto de España, de su historia, de su cultura, de su identidad. Y de las de tantos otros países, europeos o no. Y de los motivos que todos ellos tienen -y algunos en grado superlativo- de sentirse orgullosos de ser lo que son y de ser como son. Es desde este sentimiento que ahora siento la necesidad de decir porque siempre me he sentido y me siento orgulloso ser catalán.
Nada de eso, sino por convicción, por conocimiento de lo que Catalunya ha sido y es, por la manera cómo Catalunya está posicionada en el tiempo de hoy y en el espacio, porque hay valores que hemos sabido conservar. Porque hemos desmentido las previsiones de los analistas que nos pronosticaban una decadencia irreversible. Porque a pesar de ahora pasar un mal momento si ahondamos en nuestra historia, nuestra identidad, nuestra misma realidad de hoy constatamos que seguimos siendo y que seguimos sumando. Más allá de las apariencias y de las invitaciones a la renuncia (algunas hechas desde casa mismo).
Si repasamos la Historia veremos que hemos estado en situaciones muy difíciles. Que se ha hablado de "Finis Cataloniae" más de una vez. Pero que siempre lo hemos superado. Que siempre ha prevalecido el espíritu del Fénix, es decir, el espíritu del resurgimiento. Del Fénix Cataloniae.
Pero no hagamos historia. En todo caso no vayamos muy atrás. Recordemos sólo -y brevemente- lo que ha sido el gran renacimiento catalán los últimos 100-150 años. En todos los tiempos, desde el cultural hasta el económico, desde el social hasta el artístico. Desde la defensa de las raíces a la vanguardia y el estallido creativo. Sólo la guerra del 36-39 fue capaz de frenar a Catalunya, una guerra con más de un motivo, con más de una causa pero con una muy principal: frenar y someter a Catalunya. Tan importante era Catalunya.
Después otra vez volvió la canción del enfado: Finis Cataloniae. Por política, por persecución identitaria y por discriminación económica, por inmigración, por pérdida de esperanza.. Finis Cataloniae.
Pero no. Cataluña resistió.
¿Y después, qué ha pasado? Que ha habido una recuperación en todos los sentidos. Interna. Que ahora -que es cierto que pasamos un momento malo- alguien puede creer que hará marcha atrás. Y el peligro está. Pero nuestro capital es grande. Y es garantía, si quqremos, de recuperación.
Mirémonoslo desde dos puntos de vista. Dejaremos para después lo más importante, que es lo de la nuestra vertiente interna. En parte porque hace poco ya hablamos (ver el editorial "Nuestro capital" del 2 de mayo). Hagamos ahora en cambio la prueba del nueve. Es decir, calibremos lo que es y lo que ha sido la Catalunya de los últimos treinta años vista desde fuera, desde la perspectiva del resto de Espanya. Pues bien, sin petulancia, sin fanfarronada Catalunya puede decir que ha sido un factor decisivo -decisivo quiere decir que sin ella no habría pasado lo que ha pasado- en la consolidación de la democracia, en el proceso de modernización del Estado, en la europeización, en el progreso económico, en el equilibrio territorial, en la implantación de las Autonomías,… Que ha contribuido más que nadie a la estabilidad y la continuidad de la acción de gobierno de todo el Estado, sin las cuales Espanya no habría hecho el progreso que ha hecho.
Más todavía: Catalunya ha sido durante exactamente dos décadas un referente a Europa. Un modelo de equilibrio entre identidad de raíces e identidad de proyecto y de futuro. Entre afirmación identitaria y capacidad de colaborar en marcos políticos mayores.
Y ha sido un ejemplo de solidaridad -sí, de solidaridad en un alto grado- y de lealtad, de juego limpio de cara a terceros.
Alguien puede decir después de leer eso que los catalanes no necesitamos nodriza, nadie que nos haga elogio o que nos dé cuerda. Que digan lo que quieran. Eso ha sido así. Y hay que tener mucho prejuicio para no reconocer lo que en todos estos campos ha hecho Catalunya.
Cierto que poco reconocido. Es probable que nadie lo agradezca. Pero no puede ser ignorado y no despreciado. Como a menudo lo es. Y los catalanes tenemos que ser conscientes. Conscientes de nuestra importancia y de nuestro peso. Y por lo tanto confiados que como dice la canción “no seremos movidos”.
De todos modos alguna conciencia debe haber de eso. Cuando ahora vemos que desde más de un sector -de derechas y de izquierdas- se vuelve a hablar bien de Catalunya después de haberla difamado y engañado y despreciado -los unos y los otros, repito- a la fuerza tenemos que pensar que algunos valores, alguna fuerza y alguna sustancia debemos tener. ¿O, sólo, quizás unos cuantos escaños de diputados? Quizás ellos -unos y otros- creen eso, pero entonces se tienen que preguntar por qué a pesar de tantas presiones, tantos engaños y tantas maniobras todavía se tienen que preocupar, cuando las cosas se ponen al límite, de qué pasa en Catalunya, de cómo responderá Catalunya.
Todo eso dedo sabiendo cuáles son las nuestras limitaciones, es decir, no desde la fanfarronada, pero desde un orgullo legítimo y bien fundamentado.
Pero todo eso sólo justifica nuestro orgullo de rebote. No es la causa principal. La causa principal es el peso actual de Catalunya, su capacidad de iniciativa, el valor acumulado por el catalanismo durante más de 100 años y que sigue vigente. Lo decía en el editorial del 2 de mayo. "Nuestro capital". No hay que repetirlo, me remito a ello.
Tanto me remito que se puede pensar que al cabo de un mes no había que hacer otro editorial al respecto. Pero hay cosas positivas tan ciertas y que tanto pueden pesar en nuestro futuro que no se pierde nada insistiendo.
La primera es que sufrimos una crisis de autoestima. Comprensible por como se han hecho las cosas últimamente. Pero no justificada si analizamos nuestro potencial económico, cultural y social. Si somos conscientes de la fortaleza de nuestra identidad. De nuestro buen ejemplo de convivencia. Y también de la muy notable capacidad de integración que hemos demostrado tener. De nuestra capacidad de elaborar y de transmitir mensajes que son válidos más allá de nosotros.
Y en medio del desconcierto político que sufrimos y a pesar de las invitaciones a la renuncia que incluso el Gobierno de la Generalitat nos hace, el país sigue activo y con iniciativa. Por ejemplo, los últimos datos de evolución de nuestras exportaciones y de nuestras inversiones en todo el Mundo son buenos. O la evolución de las traducciones de nuestros escritores en lenguas extranjeras. O la recuperación de científicos catalanes que han estado trabajando en el extranjero. Todo eso son puntos que se ganan en temas de calidad.
No caerse en la inconsciencia de no darnos cuenta del momento difícil de que vivimos. Pero jugar -porque lo podemos hacer- con orgullo, ambición y confianza.