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Todavía o MAI

Jordi Pujol
Editorial / 12 de Junio de 2007

El año 1854 se publicó un mapa político de España. Se presentaba diciendo que: “En él se presenta la división territorial con la clasificación política de todas las provincias de la monarquía, según el régimen especial dominante en ellas”. Vale la pena fijarse. En aquella época todavía existía una denominada España colonial (Cuba, Puerto Rico y Filipinas), y también unas "posesiones de África", es decir, Ceuta y Melilla, todas ellas "bajo la autoridad omnímoda de los jefes militares".



Con respecto a la península, España comprendía tres territorios.

1 “. La España uniforme o puramente constitucional, que comprende las treinta y cuatro provincias de las coronas de Castilla y León, iguales en todos los ramos económicos, judiciales, militaras y civiles”.


2 “. La España foral, compuesta de estas cuatro provincias cono los fueros que conservan”. Se trata evidentemente de Vizcaya, Guipúzcoa, Álava y Navarra.


3 “. La España incorporada o asimilada. Comprende las once provincias de la Corona de Aragón, todavía diferentes en el modo de contribuir y en algunos puntos del derecho privado” (la negrita es nuestra). O sea, las cuatro provincias catalanas, las aragonesas, las tres valencianas y las Baleares.


Dos observaciones. La primera es que extrañamente desde el punto de vista que hoy en día el documento en cuestión no hace ninguna referencia a las diferencias lingüísticas y culturales. El año 1854 probablemente la mentalidad política y jurídica española no daba importancia a estas cuestiones que debía de considerar del todo residuales, de segura extinción.
Después, con el florecimiento cultural y lingüístico de Catalunya, el uniformismo español pasó del ahogo lento y "sin que se advierta el cuidado de Carlos III" a una embestida radical contra la lengua catalana, vista como pilar muy fundamental de la personalidad de Catalunya.


La segunda observación –la más importante– es el todavía. Todavía diferentes. Es decir, ya fundido por lógica y como algo del todo inevitable, o ya fuera porque se contaba que seguiría habiendo una acción de incorporación o asimilación y se salía de la base, por lo tanto, que España acabaría siendo del todo uniforme.


Efectivamente, esta acción hay existido. Con una eficacia total en Aragón y en una parte importante exitosa pero no del todo en el País Valenciano y las Baleares. Y todavía –todavía– no conseguida en Catalunya, pero también aquí con una política muy potente que busca la despersonalización de Catalunya. Mediante la política y la acción ideológica, mediante la inmigración, la persecución cultural y lingüística, en algunos momentos mediante la acción militar, a menudo con la presión económica. Y no se puede negar que esta presión ha tenido efecto, pero con todo, Catalunya sigue teniendo una personalidad propia y diferente (no uniforme y asimilada) dentro de España. Es decir, sigue existiendo el hecho diferencial. Y esto irrita a muy buena parte del resto de España, incluso a algunos sectores les exaspera. Y sigue habiendo la voluntad de borrarlo. De borrar nuestra identidad. Esto ya es viejo. Ya era el 1854. Y antes. Pero ahora podría haber un segundo hecho, especialmente peligroso: que desde Catalunya se diera por acabado el pleito. Que sin decirlo abiertamente se diera la consigna –sutil, pero insistente y operativa– incluso desde sectores políticos importantes, aun desde el mismo Gobierno de la Generalitat, que ya no hay problema, que todo va bien tal y como va, que no hace falta reclamar con fuerza y determinación la garantía que Catalunya no será sometida a una acción de laminado de la identidad, del autogobierno, de su potencial económico y de la capacidad de consolidar su cohesión interna.
Una autonomía más o, en un lenguaje oficial, una comunidad autónoma más. Como cualquier otra. En aras de la unidad, de la no discriminación (¿quien está discriminado?) y de la eficacia. Y en nombre de una atávica prevención en Catalunya. Y al nivel que marque la débil vocación autonómica de casi toda España. Y con la gradual eliminación de todo aquello que hace de Catalunya un país con personalidad propia y diferente.


Òmnium Cultural reprodujo el mapa de 1854 encabezado por un título que decía No pasa el tiempo. Pero sí que pasa. Cada día pasan cosas. Cada día podemos perder grueso de conciencia colectiva, o de parcelas de autogobierno (la Ley de dependencia, por ejemplo, o quien sabe qué del nuevo Estatuto), o riqueza lingüística, o autoestima de cara adentro. O, lo peor de todo, que desde sectores políticos catalanes, o desde las instituciones, claramente o sutilmente se nos invite a aceptar el proceso de erosión. A rendirnos. A dejarlo correr. Todo esto son cosas que pueden pasar. Que, de hecho, ya pasan. También pueden pasar otras. Que la voluntad de afirmación sea fuerte de tal manera que el todavía acontezca un definitivo y eficaz rechazo a la política de asimilación de los unos y de discriminación de otros.

Así ha sido en conjunto del 1854hasta hoy . Así puede ser y así debe ser también ahora. Que todavía sea sustituido por JAMÁS.


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