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Natalidad, familia, envejecimiento, inmigración, integración

Jordi Pujol
Editorial / 10 de Julio de 2007

El pasado miércoles hice una conferencia con un tema central, que era la inmigración actual, pero alrededor del cual me referí también a los otras temas mencionados en el título de este editorial. La conferencia “Ya se puede hablar de verdad de inmigración?”, se puede encontrar en esta web. Por otra parte, no es la primer avez que un editorial del boletín se dedica a este tema (“Sobre cuestiones de población”, “Sobre inmigración”, “Respeto mutuo”.)



El azar hizo que dos días más tarde el presidente Rodríguez Zapatero anunciara por sorpresa que desde aquel mismo día todas las familias que tuvieran un hijo recibirían 2.500 euros. Y al día siguiente el mismo presidente dijo de forma casi ingenua: “Se que España necesita niños”. Y añadió: “Y hemos perdido treinta años sin hacer nada”.

Es evidente que esta decisión tiene un fuerte olor electoralista. Y es posible que quienes la critican por razones técnicas –como el ministro Solbes– tengan razón. Y hará falta ver si, una vez más, las medidas buenas en ellas mismas se utilizan para recortar las competencias de Catalunya, como ya pasó con la Ley de dependencia.

Pero va en la buena dirección. Y ya es hora de que se empiece a rectificar una política y una ideología que se han desinteresado de la familia y la natalidad, y que a menudo incluso han hablado de ello con displicencia.

Ha sido una actitud frívola. Pero ya toda  Europa ha entendido –incluso con miedo de llegar tarde– los puntos siguientes:

1.Que una natalidad muy baja comporta decadencia demográfica y pérdida colectiva de ambición de futuro.
2. Que unido al gran alargamiento de la vida produce un envejecimiento muy acusado de la población.
3. Que estos dos hechos, unidos al desequilibrio de población y de riqueza que hay en el mundo, provoca mucha inmigración.
 4. Que la mejor respuesta a la inmigración es una política de integración justa y equilibrada, basada en los derechos y deberes de los inmigrantes y de la sociedad receptora.
A todo esto Europa hoy añade otro objetivo muy principal: el apoyo a la familia, la política de apoyo a la familia. A la familia con todas las variantes que se quieran –todas a respetar– pero con una preferencia muy marcada por la familia de padre, madre e hijos, a la cual hace falta dar apoyo económico, consideración social y confianza. Y a la vez hacer entender a los padres que tienen una obligación intransferible en la formación de los hijos.
(Sobre este tema de la familia se puede consultar el editorial “Otras infraestructuras”.)
En Catalunya durante muchos años se ha tenido miedo de hablar sobre estos temas. Y de pronunciarse a favor de la integración de los inmigrantes. Miedo de ser tildado de carca, de derechas, de reaccionario. Pero si por reaccionario se entiende ir contra el progreso y contra aquello que interesa a la sociedad y que compromete el futuro, lo que es reaccionario es no hablar, o seguir defendiendo posturas que han estado de moda durante algunas décadas. Ahora esto ya es ir atrás.
Así lo ha entendido Gordon Brown, por ejemplo. Ahora que ha debido remodelar el Gobierno ha creado tres nuevos ministerios. Uno, de Innovación, Universidades y Capacidad –fijémonos en el término capacidad. Otro, de Negocios, Empresas, Reforma de las Reglas –reforma de las reglas quiere decir desburocratizar. Y el tercero se denomina Children, Schools, and Families (niños, escuelas y familias). Hablandio de niños con un punto de ingenuidad que aquí haría sonreír de una manera condescendiente. Porque aquí justamente se ha hecho lo contrario: el Departamento de Bienestar y Familia lo han convertido en Acción Social y Ciudadanía. Y está muy bien hablar de ciudadanía. Pero ya es de aceptación muy general que la raíz de muchas dificultades de la escuela y de la misma convivencia hace falta buscarla en las familias. En  toda Europa ya han cambiado de dirección. En Catalunya algunos todavía van como los cangrejos.


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