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He recibido una carta de un exbecario en la Universidad de Irvine, en California, que me habla de sus impresiones al cabo de un tiempo de volver a Catalunya. Está contento de haber vuelto. El país, después de años de ausencia, no le ha decepcionado. Y dice cosas como estas. Dice: “Muchos becarios hemos vuelto porque creemos en Catalunya”.
Pero añade, a medias entre el optimismo y un severo toque de atención: “Vivimos momentos relativamente fáciles con futuros difíciles. Tanto más difíciles cuanto más se duerma el país y se distraigan los políticos”. Y otro exbecario, también de vuelta escribe: “Todos tenemos derechos y deberes, y yo he querido hacer mis deberes como ciudadano de Catalunya”. Y me explica todo lo que está haciendo, técnicamente y empresarialmente.
Vale la pena ver como Cuyàs explica su decisión de hacer esta serie de entrevistas. Dice: “Me trajo a hacer esta serie mi reto personal contra la gente mayor que dice que los jóvenes no saben ni valen nada, que están peor educados y formados que “los de antes”. No puede ser, me decía yo, que gente que ha seguido planes de estudios mejores que los nuestros, que han accedido a la Universidad, que son ciudadanos europeos, que salen al exterior para completar estudios, etc, sean peores que los “de antes”, que no tengan discurso. He encontrado quince personas que echan por tierra los tópicos. Y me consta que la serie ha calado porque me la han comentado. Me la han comentado otros jóvenes que, sintiéndose retratados, han visto que ellos mismos no son tan malos como a veces se les llama”.
Y así es. O al menos así puede que sea. No es que no sean tan malos, es que son buenos o al menos que están en condiciones, y las tienen, para ser buenos. Es decir, hay mucha gente joven, grooso modo, entre 20 y 35 años, que puede constituir, si sigue haciendo bien su trabajo y las circunstancias no les son muy desfavorables, un muy buen relevo generacional.
Y en los encuentros y comidas y cenas con empresarios jóvenes te das cuenta que hay una efervescencia creativa, sobre todo en el campo de las nuevas tecnologías. Que se crean empresas, que muchas probablemente no sobrevivirán, pero otras sí, y en conjunto se nota creatividad, modernidad e ilusión.
Esto vale para toda la escala social. Y para todo el territorio. Personalmente puedo decir que los he encontrado en todas partes. Son una minoría, pero siempre ha sido así. Pero están por todas partes y con la suficiente cantidad y la suficiente calidad para arrastrar una generación. Para alimentar el núcleo impulsor de una generación, primero, y del país después.
Repito. Recientemente los he encontrado en Bellvitge. Los he encontrado hablando con estudiantes de la Universitat de Lleida, y con payeses jóvenes de las Garrigues. Los he encontrado entre los estudiantes catalanes en las Universidades de California y de Alemana. Los he encontrado entre hijos de la reciente inmigración no europea. Los he encontrado en los ambientes empresariales. Los he encontrado entre gente joven del mundo literario. Los he encontrado en toda la escala social.
Como decía, creo que viene una nueva juventud. De calidad. El tiempo dirá si realmente es así. Dependerá sobre todo de ella misma. Pero también de que, como reclamaba aquel exbecario “el país no se duerma y los políticos no se distraigan”. De que el conjunto de la sociedad cultive el sentido de la responsabilidad, opte por el optimismo y el positivismo y se encare decididamente con el futuro.