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Mecanismos psicológicos perversos

Jordi Pujol
Editorial / 24 de Julio de 2007

Durante los últimos tres o cuatro años en la relación entre Catalunya y el resto de España se han producido una serie de hechos negativos. Según como finalmente acabe el tema del Estatuto quizás podremos decir que también ha habido cosas positivas. Pero será difícil que un nuevo Estatuto mejor pueda llegar a compensar los efectos negativos que ha producido todo el proceso.



Vale  decir que las causas de éstos hechos negativos no son sólo de ahora mismo. Algunos son de hace décadas y otros son seculares. Razón de más para recordar a todo el mundo, y sobre todo a los catalanes, que lo primero que hay que saber es historia. Historia reciente e historia más antigua. Es verdad que las grandes acciones políticas -revolucionarios- han consistido a veces en romper la dinámica o la inercia de la historia. Hacer que lo que siempre había sido de una manera determinada sea diferente. Pero incluso para romper el curso tradicional de la historia hay que conocerla bien. Y también hay que conocer bien la propia realidad: las propias fuerzas, el estado de ánimo de la gente, su disponibilidad. Y lo mismo hace falta conocer del adversario o simplemente del interlocutor.

Lanzarse a según qué aventura sin tener todo eso bien medido por palmos es una temeridad que los dirigentes de un país no se pueden permitir. Ni delante del propio país ni ante la historia.

Pues bien, eso es lo que ha pasado en Catalunya.

Repito: el balance definitivo todavía no se puede cerrar. Pero hay aspectos negativos que ya son inevitables. Que habrá que compensar, pero tenemos que saber desde ahora que será difícil. Porque -cómo he dicho- vienen de lejos, y porque la fuerza espiritual y la moral colectiva de Catalunya y la efectividad política del país están en crisis.

Se han activado unos cuantos mecanismos psicológicos perversos. Por parte nuestra hubo una pizca de petulancia. De petulancia ingenua, por una parte, de petulancia agresiva y fachenda, por. Las dos poco inteligentes. Petulancias que se pagan caras, porque ofenden y provocan, y sin provecho.

La petulancia es un defecto que a veces se da en algunos ámbitos catalanes. Y que casi siempre va seguida de desánimo, depresión y desconcierto. De pérdida de autoestima. Es lo que pasa ahora en algunos sectores, que lo trasladan al resto. Y hace falta que nos defendamos de eso, de esta enfermedad cíclica que va de la fanfarronada al desánimo.

Fuera de Cataluña hay también mecanismos psicológicos perversos. Que se alimentan de orgullo, a veces herido y otras veces exuberante -es decir, también petulante y fachenda. Y resentimiento. Detengámonos un momento en el resentimiento.

En algunos lugares de España se ha incubado un resentimiento contra Catalunya. No sólo una hostilidad o un recelo, sino un resentimiento. El avance económico y social que Cataluña había adquirido, sumado al hecho diferencial que los catalanes han defendido -y la inevitable dosis de autosatisfacción que en estos casos hay, aquí y en todas partes-, sumado a la crisis política y moral y a la falta de autoestima que a veces ha habido en el resto de España, mal compensada por un orgullo elemental, ha creado el terreno labrado por el resentimiento. Y por la envidia.

Estos sentimientos negativos se pueden superar, o incluso positivitzar. En España, en parte, ha pasado. Es el aspecto positivo que pueden tener el no discriminación, o el no menos que ellos -ellos son los catalanes-, que se ha convertido en consigna general española. Repito, eso puede tener y tiene cosas buenas: la emulación, el espíritu competitivo de las autonomías, el aprovechamiento de los recursos humanos, el reforzamiento del espíritu de iniciativa. Pero también puede tener aspectos negativos, y tiene. Son los que hacen que se pueda encender tan fácilmente la llamarada anticatalana. Hay una envidia y resentimiento que son como la yesca; se encienden fácilmente.

Hemos tenido la prueba con la reacción que se ha provocado con motivo de la discusión del Estatuto. O en la constante acusación de insolidaridad cuando -no sólo en términos económicos, sino políticos- Catalunya ha tenido un papel importantísimo y muy positivo en la construcción de España durante todo el siglo XX, y recientemente de una manera especial durante los últimos treinta años.

Es la hora que actúe, y muy a fondo, la gente más responsable tanto de Catalunya como del resto de España. En Catalunya podemos sentirnos orgullosos de lo que colectivamente hemos hecho durante el siglo XX, en la línea de defender la identidad de un país, de construir una sociedad, de impulsar una economía, de estimular el progreso social, de fomentar la convivencia interna, de proyectarnos constructivamente más allá de nosotros mismos, sobre todo en el ámbito español. Y España, en su conjunto, se puede enorgullecer de haber hecho durante las últimas décadas un cambio extraordinario en todos los sentidos. Y de ser hoy un país fuertemente emergente. Parece, por lo tanto, que se tendrían que dar las condiciones para un buen diálogo y una buena colaboración. Y, de momento, no es así. Por parte catalana, los últimos episodios de agresividad poco inteligente, de desconocimiento de la realidad española y de pocas maneras en el trato político y sentimental con el resto de España han estado del todo negativos. Como lo han sido la incapacidad o el rechazo por parte del conjunto de España de contemplar la realidad de Catalunya y sus aspiraciones no ya con comprensión, sino simplemente con objetividad. Y de negarse a reconocer sus aportaciones en la línea de la solidaridad económica y política.

Hace poco, Antonio Garrigues se expresó así en una conferencia en la Universidad Carlos III. Y alguien subrayó la excepcionalidad de un discurso así. Es urgente que cosas así dejen de ser excepcionales.


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