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Editorial del boletín número 12 del Centre d'Estudis Jordi Pujol

Jordi Pujol
Editorial / 27 de Diciembre de 2005

No sería propio de esta editorial entrar en el tema de la discusión del nuevo Estatuto desde una perspectiva propiamente política. No sería propio entrar en el redactado sobre la financiación, por ejemplo. Esto ya lo discuten los representantes del Parlamento.



Ni siquiera hemos de entrar en el redactado del artículo 1 sobre si Catalunya es o no nación. Es evidente que por su propio ideario la Fundación cree que sí. Pero no debe tomar parte ni en la discusión política ni en la votación que habrá sobre esto. En cambio en el terreno que le es propio, que es el de las ideas, los valores y las actitudes sí que puede intervenir. Sobre todo porque es en este terreno intelectual y de creación de opinión que se ponen las bases para que la defensa de la nación –de una nación como la nuestra- sea desposeída de legitimidad. Que el nacionalismo sea objeto de crítica y a menudo de desconsideración. Y contra esto sí que debemos reaccionar, porque de lo contrario no se nos reconocerá no sólo que Catalunya sea reconocida como nación, sino incluso el derecho de defender nuestra identidad.

 

Nacionalista lo es todo el mundo. Y mucho. Y cada vez más. Y no siempre con una aplicación sana, positiva y convivencial. Lo son los países de la UE de los más grandes a los más pequeños, lo es España, lo son los Estados Unidos, lo es China, lo es Rusia, lo son todos los Estados. Lo son muchas escuelas de pensamiento que se autocalifiocan de progresistas. Lo son muchos que ni se dan cuenta que lo son. Pero todos estos niegan el derecho a que lo seamos los países que tenemos todas las características propias de una nación pero que no tenemos Estado. Niegan, por ejemplo que lo seamos los catalanes.

 

La afirmación nacional de Catalunya no es un capricho, es una necesidad si no queremos que Catalunya vaya perdiendo su identidad.

 

Lo que sí que debemos hacer es que nuestra versión del nacionalismo sea integradora e inclusiva de cara adentro y abierta y colaboradora hacia afuera. Es evidente que toda ideología y toda doctrina política y social pueden tener, si se aplican mal, efectos negativos. Ha pasado con el socialismo y con el liberalismo, y ha pasado también con las confesiones religiosas. Pero justamente el nacionalismo catalán, en su versión claramente mayoritaria, ha sido y es integrador e inclusivo de cara adentro y abierto y colaborador hacia afuera. Mucho más que el de tantos y tantos que se llaman no nacionalistas, pero que a través de su política y su estructura de Estado actúan en términos excluyentes e insolidarios.

 

Pero aparte de esta voluntad que debemos tener de mantener la línea justa del nacionalismo catalán, en la polémica constante a la que nos vemos sometidos nos hace falta definir bien qué entendemos nosotros y en nuestro caso por nacionalismo
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Concretamente, cómo se puede definir el nacionalismo en el supuesto de que –es nuestro- de una nación no sólo sin pleno reconocimiento político e institucional, sino sometida a una fuerte presión política, institucional y cultural. ¿Cómo se puede definir en términos positivos y rehuyendo posibles perversiones? De más de una manera, por ejemplo:


1 . Nacionalismo es la legítima acción política e intelectual de afirmación, y si hace falta de defensa y reivindicación de la personalidad colectiva de un país que tiene características de nación.

 

2 . Nacionalismo es la politització (legítima y necesaria) de una identidad sociocultural (que necesita ser defendida políticamente).

 

3 . Nacionalismo no es una enfermedad (un ataque de melancolía), sino una legítima polititzación de la diferencia y una reivindicación de la personalidad.

 

Y se puede añadir una cuarta consideración:

 

4 . Puesto que la posesión de una personalidad y la conciencia y la autoestima que se pueden derivar son condición de cohesión y de iniciativa de un país, el nacionalismo es un factor de progreso.

 

Finalmente hace falta recordar que la pertenencia a una colectividad es una necesidad de la persona humana. Es el artículo 29 de la Declaración de los Derechos Humanos. Dice así: “Todo el mundo se adeuda a la comunidad, que es lo único que le permite el libre y pleno desarrollo de la personalidad".
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Aunque finalmente se aprobara un nuevo Estatuto, y que fuera realmente bueno en el triple aspecto del reconocimiento, de las competencias y de la financiación, los catalanes tendremos  que seguir haciendo aquel plebiscito de cada día sin el cual, decía Renan, no hay país, no hay nación. “La nación es un plebiscito de cada día”. Nunca quedaremos del todo protegidos de la presión económica, política, cultural, lingüística y demográfica del conjunto de España. Ni en otro sentido de la globalización y de las tendencias uniformizadoras que hay en el Mundo. Siempre hará falta defender la personalidad de nuestro pueblo. Y esto será difícil de hacer sin un sentido fuerte y activo de país. Sin una potente conciencia nacional.


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