Pero si del terreno estrictamente privado, consumista y de “mi mal no quiere ruido” pasamos al campo del interés público, de los proyectos colectivos, de la preocupación social y por el futuro, etc., entonces hace falta decir sin tapujos que en Catalunya hay un gran malestar. Y un gran desconcierto. Y desaliento.
Esto se ve en todo. En la política, en la proliferación de iniciativas de toda clase, todas ellas con un punto de irritación, o mucha, obviamente con la abstención, etc. En la sensación de que Catalunya ha recibido y recibe un mal trato económico, de respeto y de imagen. Y, como resumen, en la sensación de que el sistema político e institucional que ha funcionado durante los últimos treinta años empieza a no funcionar.
Quizás esto último explica un hecho que estos días ha sorprendido a algunos, aquí y sobre todoen el resto de España. Me refiero a la defensa que se ha considerado débil y blanda, poco decidida, de la figura del rey con motivo de las quemaduras de fotos. Y esto ha provocado críticas aquí y fuera de aquí contra los partidos políticos –todos excepto del PP–, contra las principales instituciones catalanas y, en general, contra nuestra sociedad. Y es verdad que vista la línea seguida durante treinta años por el grueso principal, no sólo del mundo político sino, en general, de la sociedad catalana, se podía pensar que la respuesta a favor del rey habría sido más rotunda. Porque lo que ha sorprendido no es tanto que algún grupo muy minoritario queme fotos del rey como que la respuesta de la opinión y del mundo político e institucional catalanes no haya sido más fuerte.
¿Por qué ha sido así?
Creo que no es debido a la pérdida de consideración hacia el rey, sino por aquello que decía de la crisis de confianza en el sistema. De un sistema que precisamente tiene el rey como vértice. El rey forma parte, y parte muy principal, del sistema. Y el sistema no funciona. No por culpa del rey, pero no funciona. Y la indiferencia o desilusión respecto al sistema afecta a todos sus componentes. Por ejemplo, afecta mucho –mucho más que al rey– a la clase política y la conciencia del deber de participación democrática de la gente.
Un ejemplo, real. En un grupo se discute que haría falta hacer una defensa más enérgica del rey, porque el rey –dice uno de los participantes– ha sido un elemento determinante en la transición y en la defensa de la democracia. La respuesta, y no aislada, es: “De acuerdo. Pero desde hace tiempo a los catalanes no nos defiende nadie”. Y nadie encontró más respuesta a esto que decir que podríamos estar peor. Cosa que, suponiendo que sea verdad, no sirve ni para borrar el malestar ni para estimular a la gente. Ni a favor del rey.
El crecimiento económico y sus repercusiones sociales, el gran beneficio que ha representado la integración europea y la alegría consumista pueden disimular este malestar. Hasta el día que unos empiezan a quemar fotos, otros a hacer tambalear la estructura territorial, unos terceros a crear un clima político y mediático nefasto, y todavía otros a apuntarse al “se vale todo”. Porque, ¿qué debemos decir del espectáculo deprimente y desmoralitzador, por su demagogia y su mal estilo, que ofrecen los grandes partidos españoles? ¿O de la imprudencia, frivolidad e incompetencia con qué se ha tratado primero el tema de Catalunya, y después el de todas las autonomías?
¡O del espectáculo vergonzoso que nos ofrece el Tribunal Constitucional, con la complicidad del PSOE y del PP? ¿Quién tendrá confianza en este Tribunal? ¿O del espectáculo de una prensa desfermada, poco objetiva, de un partidismo exacerbado, a derecha y a izquierda? Y delante de las campañas sectaries en Catalunya ¿quienes, de verdad, ha movido un dedo?
Todo esto –partidos, prensa, Tribunal Constitucional, etc.– forma parte esencial del sistema. Y el rey.
De un sistema que ha entrado en crisis. De una crisis que esperamos que sea reconducible. Pero grave y manejada con criterios egoístas y poco éticos.
El rey, como decía. Pero el rey no puede decir a los partidos el que deben hacer o no hacer, decir o no decir. Ni exigir seriosidad y ética a toda la clase política, oposición y Gobierno. Ni reclamar que la palabra solidaridad no se utilice constantemente de una manera tramposa y siempre en Catalunya. O que no se monten campañas de odio en Catalunya. O quizás sí que lo puede hacer. Pero con ninguna garantía que le hagan caso. Y es seguro que un presidente de la República –que habría debido ser elegido por el PP o por el PSOE después de una campaña electoral dónde, a estas alturas, valdría todo– ¿daría la cara por Catalunya?
Es justo que se reconozca al rey el mérito del que ha sido su actuación. Es justo. Es más, lo que falla del sistema no es el rey. Y, en todo caso, nada de lo que no va cómo haría falta se resuelve quemando fotografías. Pero es necesario que seamos bien conscientes de que lo que se tambalea es todo el sistema, y que se tambalea por el poco nivel ético, por el engaño generalizado, por la avaricia, por la demagogia, por el sectarismo.
Y si desde Catalunya esto lo debemos combatir –y lo debemos combatir–, no es negando la evidencia que hay un malestar profundo y una pérdida de confianza en nosotros mismos y en los otros.
Esto no lo superaremos predicando y practicando la renuncia. Y la despersonalización nacional. Y proponiendo la mediocridad, como país. Que es lo que se está haciendo. Ni quemando fotos del rey y con exhibicionismo radical.
En España y en Catalunya se ha malgastado un capital político y cívico importante. Y concretamente en Catalunya tenemos en contra no sólo nuestras propios fallos, sino también los fallos del resto de España y la política y el sentimiento anticatalán que domina.
Todo ello, al fin y al cabo hace necesario, más que nunca –en la política, pero también en la sociedad, en el mundo cultural, en la economía, en el mundo de las ideas, en el mundo de la ética–, repensar algunos de nuestros planteamientos. Y realimentar nuestra moral y nuestra autoestima. Tenemos muchos activos que ahora no hacemos trabajar, y de los que en medio del ruido los olvidamos. Y rechazar la propuesta de despersonalización y de mediocridad. Y ser conscientes de que el radicalismo infantil no nos trae a ninguna parte. El jolgorio y la renuncia, bien diferentes, tienen en común que nos traen al agotamiento y a la decadencia.
Repensar, replantear o refundar. Se puede decir de muchas maneras. Pero hace falta hacerlo.