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Sólo con Politica no salvaremos Europa. Ni Catalunya

Jordi Pujol
Editorial / 29 de Noviembre de 2005

Sólo con política, o sólo con economía, o sólo con reformas sociales mecánicas y actuariales no salvaremos Europa. Ni Catalunya.

El editorial del día 5 de julio de 2005 de esta web se abría con una frase de Otto Schily, ministro del Interior del gobierno alemán (entonces una coalición de socialistas y verdes) que decía: “Sin un urgente y ofensivo debate sobre los valores corremos el peligro de que se rehagan las tendencias egoístas, enemigas de la vida y el futuro”. Y seguía una referencia del Presidente de la República Federal, Horst Köhler, que decía que Alemania no saldría de la crisis sólo con medidas económicas, sino que hacía falta reforzar el sentido de la responsabilidad, la moral del esfuerzo, la mentalidad del bien común, la autoestima y evitar el miedo y el encogimiento. Y muy recientemente el entonces ministro Clement (de Economía y Trabajo) decía: “El problema de Alemania no es el paro, es el miedo”. Todos ellos insistían, por lo tanto, en el estado de ánimo del país, en su temple, en su moral.



Todo esto vuelve a ser muy actual con motivo de dos crisis agudas y graves muy actuales: la de la Unión Europea y la de la inmigración (espectacular en Francia, pero muy general). Ni la una ni la otra no se pueden combatir sólo con cifras y datos estadísticos, además hacen falta valores. Dahrendorf dijo hace tiempo que Europa sólo plantea “eisige Projekte”, es decir, proyectos helados, fríos. Con esto no es suficiente. Sólo con esto no se va a ninguna parte. Hace falta presentar una visión positiva de lo que queremos que sea la sociedad, de lo que sea el país. Y respecto a la inmigración, con voluntad integradora, es decir, lo suficientemente abierta y atractiva para que sea capaz de incorporarla y a la vez de reclamarle voluntad de integración.

   

Con un planteamiento así, Europa en todos los sentidos, tendría más confianza en ella misma, que es lo que le falta. Y más ambición. “Una Europa más segura” dice Dominique Moisi, del Instituto de Relaciones Internacionales de Francia, “con más crecimiento y más dinamismo confiaría más en su capacidad de afrontar el potente reto de la integración”. Y a continuación se refiere a otro reto con que Europa se enfrenta con dificultad, que es el de Asia. Habla de los sentimientos patrióticos de los asiáticos, reforzados por un cierto espíritu de revancha contra la historia y el colonialismo, contra pasadas humillaciones. Y esto da mucha fuerza al espíritu competitivo. En cambio Europa está muy relajada, no tiene convicciones lo suficiente sólidas ni sentimientos potentes. “Las convicciones patrióticas”, dice Moisi, “sólo se expresan en los campos de fútbol”.

 

No es bueno pensar que estos problemas los tienen los alemanes y los franceses, pero que no los tendremos nosotros. Los tendremos, y de hecho ya los tenemos. Poco o muy disimulados por un buen crecimiento económico. Pero la falta de asunción de responsabilidad personal, la idea que los problemas los arreglarán las administraciones, la pérdida de sentido del bien común, y la creciente fuerza de la cultura del no, los miedos ante las reformas sociales que vienen, la creación de un clima y de unos hábitos políticos que desnaturalizan, un cierto miedo ante el futuro pese al buen momento actual, todo esto poco o mucho ya lo empezamos a tener aquí. O ya lo tenemos.

  

En un momento así, en Europa hace falta superar las dudas sobre su identidad –que no se atreve a definir del todo- y sobre su capacidad de renovarse y de progresar. Que la tiene. Pero que le hacen falta ideas y líderes capaces de presentar un renovado proyecto de sociedad. Basado en la democracia y el Estado del Bienestar, pero también en más confianza y más credibilidad de los dirigentes. Basado en el progreso económico y social, pero también en el orgullo de ser lo que somos, es decir, en identidad, y en responsabilidad personal.

  

En una recuperación de valores sociales. En un responsabilizarse también del futuro. En la exigencia moral de trabajar para el futuro.

 

Cada vez más hay países europeos que ante este reto apelan al sentido de identidad. Al patriotismo. Y esto es bueno, a condición de que no deriven hacia un nacionalismo excluyente, cercado y antieuropeo. Y a condición de que haya también una conciencia de identidad europea.

  

¿Y España? España vive un momento mejor que la mayoría de países europeos. Es así económicamente, lo es de confianza, y lo sería más –y sobre todo lo sería de estado de ánimo- si no hubiera la crispación política y mediática y finalmente de opinión pública. Hay confianza y autoestima, pero ahora ya con una cierta preocupación. Y podría ser que también en el conjunto de España se pensara que el recurso al patriotismo que hacen franceses y alemanes, holandeses y suecos, podría ser bueno también para España. Hecho en términos integradores y positivos esto podría ser bueno. Pero hay el peligro que este patriotismo en vez de basarse en la voluntad de ir a más, de hacer más y mejor sienta la necesitado de un enemigo o de una amenaza. Que buscara un factor movilizador, por ejemplo, en el riesgo de la rotura de España, en el peligro que representaría una Catalunya supuestamente insolidaria y desleal.

  

Esperamos que no sea así. Y ayudamos a qué no sea así. Y sobre todo, conscientes de que en Catalunya mismo, pero también en el conjunto de España y en toda Europa vivimos un momento incierto y de preocupación, un momento poco abierto a la esperanza, nosotros en Catalunya debemos reforzar nuestros valores, nuestra moral colectiva, nuestra autoestima –que con pleno derecho podemos tener-, nuestro espíritu de apertura y a la vez de nuestra conciencia de identidad, es decir, corto y raso, nuestra fuerza y nuestra energía morales. Porque nos hace falta más buena política, y más competitividad, y un buen Estatuto, y más cosas de estas. Todas ellas del todo necesarias. Pero sólo con ellas no salvaremos el país. Hacen falta más actitudes positivas, ejercicio de responsabilidad a todos los niveles, reforzamiento de la voluntad.

 


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