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El editorial de hoy viene a ser la segunda parte del de la semana pasada : “Dos conversaciones y una conclusión”. Que tenía dos partes: “Es feo querer ser diferente” y No “bajar del taxi”. Estos días la problemática catalana está dominada por las Cercanías y las infraestructuras. Pero no es un problema sólo de Cercanías. Ni de infraestructuras.
Hace años, muchos, que desde Catalunya se reclama un trato justo. Un trato justo en infraestructuras, en financiación, en inversiones de toda clase, en reconocimiento de nuestra personalidad. Un trato justo y digno.
Que se reclama aquello que hace falta para que Catalunya pueda mantener la propia identidad, pueda desarrollar su lengua y su cultura, pueda llevar a término un proyecto colectivo ambicioso en todos los órdenes, pueda acontecer un país económicamente competitivo y de alta calidad social. Todo esto Catalunya lo ha hecho compatible con una contribución muy eficaz al progreso económico, social y político de España, principalmente a través del catalanismo.
El proyecto de Catalunya, para ella misma y para el conjunto del Estado, no es sólo una propuesta de lobby o de clase ni una reivindicación económica ni una propuesta cultural. Es algo de mucho más global. Es un proyecto de país. Por lo tanto va de la identidad, del sentimiento de pertenencia, de la conciencia colectiva, de la voluntad de convivencia y de civismo hasta la modernidad en todos sentidos y a la alta competitividad económica y por lo tanto a la capacidad de crear riqueza a nivel mundial pasando por la creación de una sociedad justa y equitativa de acuerdo con el mejor modelo europeo y por lo tanto haciendo posible un alto grado de cohesión social. Añadiendo aún que al fin y al cabo debe permitir que Catalunya tenga una legítima autoestima, tenga un sentimiento de dignidad y pueda ser tratada por todo el mundo con dignidad.
Todo esto requiere poder político propio. Una Autonomía real, política y no sólo administrativa. Todo esto está a las antípodas del proyecto de España que se nos quiere imponer, desde fuera y con complicidades internas: una España descentralizada en el gasto pero muy poco descentralizada políticamente, es decir, en las decisiones. Una España con Autonomías que harían de pagadoras de los servicios que se decidieran en Madrid (un caso flagrante es la Ley de Dependencia), y ya está. O que harían de guarda agujas de Cercanías
O sea, que las Cercanías son muy importantes. Porque es justo que sean como es debido, porque afectan al bienestar de centenares de miles de personas, porque perjudican la economía y porque tal y como ahora funcionan son una vergüenza. Pero si un día la Administración central, que es la que tiene la competencia de hacerlas funcionar como un reloj –que es cómo tienen el deber de hacerlas funcionar-, lo hace en Catalunya no podríamos dar por resuelto nuestro problema como país. Hay todas aquellas otras cosas que antes he mencionado.
Podría pasar que un buen día la Administración central hiciera funcionar bien Cercanías. Como funcionan bien en Madrid o, supongo, en Sevilla o en Valladolid o en Santander. Si con esto y un par de cosas más de este estilo Catalunya se diera por satisfecha habría claudicado totalmente de tener una personalidad y un proyecto propios. Como nación, como sociedad, como cultura y como economía. Simplemente, como país. Sería romper con lo que ha sido una meta ambiciosa, una gran ilusión, un gran proyecto de país.
En el editorial de ahora hace ocho días hablábamos de esto cuando comentábamos que, según dicen, “es feo querer ser diferente”.
Decíamos que no es sólo un problema de Cercanías. Tampoco de taxis.
Cómo era de esperar la anécdota del taxi ha provocado algunas reacciones (y también ha ayudado a conocer más casos parecidos, con apellidos). Realmente la anécdota en ella misma sólo es importante porque no sería posible sin la previa creación de un clima hostil. Y esto sí que es importante. muy importante y grave. Pero más importante todavía es la conclusión. Que si no queremos decir “no debemos bajar del taxi” podemos decir “no seremos movidos”, “no queremos ser movidos”, “no nos moveremos”.
Que no bajaremos de cualquier cosa que afecte a nuestra dignidad como personas y como país. Que afecte a nuestro derecho. Que afecte lo que siempre hemos querido conservar, nuestra identidad. Que afecte nuestra capacidad de hacer un país justo y cohesionado. O que pueda afectar nuestra autoestima.
“No seremos movidos”, como muchos cantábamos en los años 60 y 70 para manifestar nuestra voluntad de ser, de seguir siendo.
Catalunya ha practicado el diálogo siempre. Siempre, y sobre todo durante los últimos difíciles y decisivos 30-40 años. Y debemos seguir abiertos al diálogo. Pero a sabiendas de que lo más importante no es el diálogo sino ser, la voluntad de ser. Y de ser lo que somos. Nuestra consistencia política y ética. La autoexigencia. Y la exigencia de que los otros nos respeten. Que a menudo, ahora mismo, no lo hacen.