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Sobre la inmigración

Jordi Pujol
Editorial / 25 de Julio de 2006

Volvemos a hablar de la inmigración, y no será la última vez que lo haremos. Y no lo será porque es una cuestión de extrema importancia a todo Europa.

En Catalunya lo es de una manera especial. Pero hoy no hablaremos de la inmigración en Catalunya, sino de cómo por todas partes de Europa el tratamiento que se da a este tema confirma la tesis que desde Catalunya siempre hemos defendido y hemos procurado aplicar.



A menudo contra críticas de toda clase.
Por ejemplo, la idea de que un país que recibe inmigración debe tener bien definidos los valores básicos sobre los cuales se sustenta, y debe reclamar que sean asumidos y respetados, también por la inmigración. O bien que tanto los venidos de fuera como los naturales del país –y de hecho el propio país- tienen, todos ellos, unos derechos y unos deberes. O bien que la mejor solución no es el multiculturalismo, con su tendencia a la segregación y fragmentación internas del país, sino la integración, es decir, la incorporación gradual de la inmigración en el tejido social, económico, político y también cultural, conservando lo que quiera conservar de su personalidad propia pero asumiendo que lo debe compaginar con los elementos básicos culturales y políticos del país de acogida. Es decir, asumiendo que el país de acogida debe poder seguir siendo un solo pueblo.
Es decir, que la sociedad podrá ser muy diversa, pero que se necesitará un eje aglutinador, un elemento integrador constituido fundamentalmente por los valores y los principios del país de acogida.
Repito, muchas veces en Catalunya esto –que ya había sido defendido por algunos desde los años 50 y por todo el movimiento político de los años 70- ha sido criticado. Y también en algunos ámbitos europeos. Pero ahora es doctrina común en Europa.
Vemos el caso de Alemania. En Alemania no habían conseguido un grado de acuerdo suficiente sobre este tema. Había los defensores de la integración y de “la Leitkultur”, de una cultura central y constructora, es decir, integradora. Y había los multiculturalistas, que rechazaban todo esto.
Ahora la Cancillera Merkel ha convocado una “Integrationsgipfel”, una “reunión cumbre sobre la integración”. Una reunión cumbre con unos 80 representantes de la inmigración, y ha iniciado con ellos una discusión a fondo sobre el tema. Pero dejando de lado el multiculturalismo. Dejando de lado como ellos dicen “das Früherene Multikultl” el anterior multiculturalismo. Y con toda rotundidad exigiendo la aceptación de los principios jurídicos y constitucionales y de los valores de la sociedad, así como el conocimiento de la lengua alemana, que junto con tener trabajo se considera un factor clave para la integración y la convivencia.
Lo que es interesante es ver que el SPD (partido socialista alemán), tradicionalmente más inclinadao hacia  el multiculturalismo ahora se apunta a este planteamiento. Por ejemplo, acepta que tiene que haber una Leitkultur. Subraya la importancia del tema lingüístico. Habla de los valores básicos y de las reglas que rigen en Alemania. Y habla, por ejemplo, que hace falta asegurar la libertad religiosa, la igualdad de hombre y mujer y los derechos de las minorías, pero también pone fronteras claras, que nadie basándose en su origen o en su creencia religiosa bote transgredir.
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Todo esto que está pasando a Alemania poco o mucho está pasando en toda Europa. Pasa en Gran Bretaña, que también ha abandonado el multiculturalismo, y ha optado por las políticas de integración. Por su parte, Francia ve como su política no de integración, sino de asimilación, que es otra cosa, fracasa porque es demasiado rígida y no le funciona el ascensor social. Pasa en Holanda, en Dinamarca, en Suecia. En estos países es muy fuerte la exigencia de que los inmigrantes hablen la lengua del país. Y una cosa podemos decir. En algunos aspectos, Catalunya, que se ha sabido enfrentar desde hace muchos años y en condiciones difíciles y con poco poder, con inmigraciones muy masivas, puede participar con mucha autoridad en cualquier definición de políticas de inmigración y en su aplicación. Porque ha demostrado tener una gran capacidad de integración, hecha con gran respeto hacia todo el mundo, como lo demuestra la buena convivencia que hay en Catalunya. Porque se ha esforzado en mantener su identidad primera, que es la que puede garantizar su continuidad como colectividad. Y porque –y en esto Catalunya ha sucedido de una manera especial- ha funcionado muy bien el ascensor social. Es decir, la sociedad catalana ha ofrecido muchas posibilidades de promoción social, económica, cultural y política. Como muy pocos lugares de Europa.
Los valores de la sociedad catalana, su forma de vivir y su concepto de país lo han facilitado. Por esto es tan importante que lo sepamos conservar.

 


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