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Decíamos en nuestro editorial de hace ocho días que todavía no era hora de analizar las elecciones. Hoy empieza a serlo.
¿Cómo han quedado las cosas?
No corresponde a este boletín hacer un análisis político de los resultados. Simplemente hace falta tomar nota del muy buen resultado del PSC, del resultado mediocre del PPC, todo y ganar también dos diputados y del resultado realmente muy malo –más del ya previsto– de ERC. Con respecto a CIU se pueden hacer dos posibles juicios. Uno de más bueno, que es el que hace mucha gente de a pie y algunos analistas y la dirección de la federación nacionalista –y es lógico, porque simplemente resistir en un escenario de tanta bipolarización y tanto miedo se puede considerar realmente un éxito. Y uno de más preocupante si analizamos los resultados –los del conjunto de partidos– desde la perspectiva del actual estado del país.
Y este último aspecto es el que, desde este boletín, hemos de analizar.
¿Qué grosor de país tenemos? ¿Qué capacidad de seguir formulando, defendiendo e impulsando un proyecto propio ambicioso e ilusionante de país? ¿Qué grado de autoestima hay? ¿Qué grado de energía y de voluntad tenemos? ¿Qué actitud domina en Catalunya? ¿Qué ideas, qué convicciones? Es a estos interrogantes que, desde nuestra Fundación, debemos intentar de dar respuesta. Es más en este ámbito que en el propiamente político que ahora nosotros debemos reflexionar. Con una clara advertencia, pero, a los políticos en general –y especialmente a los políticos nacionalistas– y también a la sociedad, y es que si finalmente no hay respuesta política adecuada el país no se rehará. La raíz del mal que ahora golpea Catalunya se ha de buscar en una crisis de valores, en una pérdida de confianza, en una decepción bastante general, y contra todo esto hace falta luchar antes que nada. Pero finalmente esto debe tener una traducción política.
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Des de este punto de vista está claro que el balance del 9 de marzo no puede ser bueno. Como mínimo, repetimos, desde el punto de vista que habíamos planteado desde este boletín. Decíamos que, visto el trato agresivo al extremo y el cultivo de la animadversión de toda España en Catalunya, la calumnia sistemática, la deformación de nuestra imagen, las amenazas contra el nuevo Estatuto y la inmersión lingüística del PP, etc.; y que vista la política de engaño sistemático y de incumplimiento constante practicado por Rodríguez Zapatero y el PSOE, sería muy mal señal que estos dos partidos salieran reforzados de las elecciones. Sería la señal que en Catalunya, desde el resto de España, se le puede hacer cualquier cosa y no pasa nada. Y decíamos que el 9M el pueblo catalán debía dejar claro si reaccionaba o no. Si reaccionaba o dejaba correr la voluntad de hacerse respetar y de tener y aplicar un proyecto propio de país. Y que se resignaba a diluirse. Y apelábamos no sólo a propuestas políticas, económicas y sociales sensatas, sino a una respuesta de dignidad y de exigencia de respeto.
El resultado no ha sido bueno. CIU tiene el mérito de haber resistido, eso sí. Pero los responsables del engaño y del incumplimiento han tenido una victoria aplastante, e incluso el PP se ha recuperado un poco. Esto por una parte. Por la otra, hay que lo que más bien ha funcionado ha sido el voto del miedo. No la Catalunya “optimista”, sino la “alerta, que pueden volver los otros”. No ninguna propuesta ni ningún proyecto del PSC y del PSOE –que tampoco serían creíbles–, sino simplemente el miedo. El PP se debe preguntar como se lo ha podido hacer por crear este ambiente de miedo. Y el país –y los partidos catalanistas en particular– se deben preguntar cómo es que propuestas, de una parte, sensatas y constructivas, y que, por la otra, apelaban al respeto y a la dignidad del país no han podido competir con simplemente el esperpento del miedo.
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Podríamos decir, por lo tanto, que el 9M deja entrever una situación preocupante. Y así es. Y todavía lo es más si tenemos en cuenta que por otros motivos Catalunya se enfrenta ahora a unos retos de gran magnitud. De tanta magnitud que podrían producir un proceso de retroceso en todos los sentidos de Catalunya. Podrían significar la disolución de Catalunya. No hay exageración en lo que decimos.
No parece, por lo tanto, que ni la situación ni el estado de ánimo ni el grado de autoestima sean los adecuados en un momento como el presente. Ni tampoco la política que se practica en Catalunya, pero ya hemos dicho que en esto, por el momento, no entraremos.
Y aun así hay la posibilidad de remontar esta situación. A condición de que seamos conscientes de la gravedad del momento. Pero también de los recursos y activos de qué disponemos. Si nos damos cuenta que en Catalunya –e incluso más específicamente en el campo catalanista– hay una gran energía y una gran creatividad difundidas, de momento no lo suficiente cohesionadas ni lo suficiente aprovechadas. Y si sabemos actuar en el campo político, evidentemente, pero también en todos los otros que configuran una nación y una sociedad.
Pero de esto –de los activos y de las posibilidades que tenemos– hablaremos el próximo martes.