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Dos maneras (malas) de hacer política

Jordi Pujol
Editorial / 20 de Mayo de 2008

La valoración que se hace de la política y de los políticos es baja. A veces incluso muy baja. Pero por otra parte la política es del todo necesaria. Sin política, y sin buena política, un país no puede ir adelante. Podríamos discutir si el conjunto de nuestros políticos merece o no la baja valoración que la opinión pública les da. Es un tema muy importante que merecería algo más que la clásica encuesta superficial que se nos ofrece cada dos por tres. Pero el propósito de esta editorial no es este, sino señalar algunas inclinaciones que –ya de entrada o por degradación progresiva- dañan la política. Concretamente nos concentraremos en dos puntos.



1 . Es muy conveniente que antes de meterse en política quienes lo hagan tengan una razón positiva para hacerlo. Que los mueva un motivo positivo. Que no vayan sólo por lo que podríamos decir un cierto gusto por la aventura, o ya de entrada por hacer carrera. No se puede pedir que por todo el mundo el móvil sea sólo el espíritu de servicio desinteresado, pero si ya de entrada los valores éticos y el espíritu de servicio no son fuertes el ejercicio de la política rápidamente perderá calidad. Me permito transcribir un texto sobre esto: “Si la política fuera simplemente un juego de vanidades, un choque de ambiciones personales, un instrumento de coronación social y económico, un terreno de juego del sectarismo y de los rencores, si sólo fuera esto o fuera principalmente esto, significaría que realmente no hay política y sin política un país va a la deriva. Porque por más que se juzgue a los políticos, y por más que merecidamente a veces sea elogiada la sociedad civil hay una cosa que no se puede olvidar: sin política no hay acción colectiva, sin política no se toman decisiones, sin política el impulso básico de un país no se canaliza, no se convierte en fuerza motriz”.

Este es un primer riesgo a evitar si a todos niveles queremos tener una buena política.

2 .Hay otro: el de considerar que el único objetivo de la política es ocupar y conservar el poder. No hace mucho un prestigioso sociólogo definía un determinado grupo de políticos como “profesionales competentes si por competencia política se entiende la capacidad de conseguir y conservar el poder”. Quede claro que esto –conseguir y conservar el poder- es parte muy importante de la política. Esencial. No se puede hacer política sin esta ambición. Pero no se puede hacer tampoco sólo con esto, ni se debe hacer persiguiendo este objetivo como sea, anteponiéndolo al interés general por los medios que sea. Puede haber política sin ética, y puede serle útil a según quien o a según qué partido, pero acaba siendo muy peligrosa para el país. Porque para lograr este objetivo no hace falta que el bien común sea prioritario. Prioritario en este caso es tener arte y oficio, habilidad comunicativa y disciplina interna. Y como me decía un practicante muy inteligente y con pocas manías de esta clase de hacer política “si llegas al poder agarrate a él como una hiedra se agarra a una pared, de tal modo que no la podrán arrancar sin dañar la pared”.

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La política no es ni puede ser angélica. Es dura, muy dura. Lo es para todo el mundo. Y si el objetivo es simplemente apoderarse de una sociedad sin demasiada manías se entiende que estas maneras de hacer política sean prácticamente las únicas válidas. Pero no si se pretende crear un país y una sociedad al servicio de la gente y con valores individualmente y colectivamente positivos.

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Todo esto vale para todo el mundo. Para todo el mundo. Pero especialmente para la gente joven o no tan joven pero en proceso todavía no consolidado de compromiso político. Sobre todo en Catalunya, que es un país con déficit político e institucional y en qué por lo tanto la calidad de la gente es más necesaria que en otros países. El sentido del compromiso y de la exigencia son en nuestra casa más necesarios que en ninguna parte. A ningún país la política está libre de demagogia, de engaño, de sectarismo, de manipulación, de abuso de poder... Tampoco lo estará en Catalunya. Pero con esto pasa como con la mala hierba que crece en un campo de trigo: si hay mucha y es muy alta, el trigo se seca y se muere. Y lo que preocupa es que estas dos maneras de hacer política se dan en Catalunya, y no poco.

Decía: todo esto vale para todo el mundo, del primero al último, del más joven al más viejo. Pero es especialmente importante que los jóvenes con honesta y generosa vocación política lo tengan mucho en cuenta. Ahora, de entrada, y con el tiempo. Esto más que otra cosa puede contribuir no solamente a contrarrestar la mala imagen de los políticos, sino a proporcionar en Catalunya una clase política de muy alto nivel.

Repito: si hay jóvenes que se apuntan con esta mentalidad.


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