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Muchas cosas no han ido suficientemente bien en Catalunya durante los últimos años.
Algunas por causas externas, otras por nuestra culpa. Es de justicia decirlo. Pero también es justo hacer constatar que mucha gente en Catalunya ha tomado conciencia de esto, y ha hecho autocrítica. A todos los niveles y en campos muy diversos: el intelectual, el de la iniciativa económica, el político, el moral (es decir, el de los valores), etc. Y desde este boletín lo hemos hecho con especial insistencia. Hemos dicho, por ejemplo, que últimamente los catalanes no nos hemos gustado y no hemos gustado, y que hacía falta que nos analizáramos y hiciéramos autocrítica.
Lo hemos hecho, y debemos seguir haciéndolo. Con serenidad y sin pasar por alto todo lo que tenemos de positivo.
Pero antes hemos de acabar con el encadenado de frases “no nos hemos gustado, no hemos gustado”, con un añadido tan verdadero como este: concretamente, “y ellos no nos han gustado” –entendiendo que “ellos” son el resto de España. Y todavía hemos de añadir otro: “Y ellos tampoco deberían gustarse”. Es decir, si ellos también se autoanalizaran no deberían gustarse. Porque lo han hecho mal. Y les ha faltado grandeza. Grandeza moral, que es una cosa que un país como España debe tener, por sus pretensiones, su grandeza histórica y su peso en todos los sentidos. Pero por el momento ellos no lo harán, porque viven en una nube. En una nube de pura autocomplacencia en media España y de mezcla de suficiencia colectiva y de frustración –digamos– sectorial a en la otra media. Pero finalmente todos se encuentran en la nube del éxito repentino e inesperado, sin pensar que las nubes poco o mucho, más bien que tarde, se deshacen, se deshilan. Hasta que esto no pase habremos de aguantar muchas muestras de hostilidad y de rechazo, mucha petulancia y la utilización hipócrita de la palabra solidaridad.
No es trabajo de este boletín tomar partido ante determinadas decisiones estrictamente políticas. Que de una manera inmediata es difícil que realmente nos sean favorables o simplemente justas. Pero si que es nuestra función, en el terreno que nos es más propio –el de los valores y sobre todo de las actitudes– decir qué creemos que debemos hacer ahora.
o sin antes recordar –en un nuevo ejercicio de autocrítica– que también los catalanes hemos caído a veces en esta falla poco inteligente de la autocomplacencia.
l caso es que ahora debemos volver a ponernos en marcha. Que ya hemos hurgado suficientemente en nuestras heridas y en nuestros errores y que –aunque debemos seguir teniéndolos muy presentes– debemos darnos cuenta de lo que disponemos para que, cómo país, podamos darnos un impulso nuevo y poderoso.
El 12 de noviembre de 1982, el presidente de la Generalitat inauguró bajo un gran toldo en la Plaza Catalunya, una exposición con el lema “Catalunya adelante”.
mpezó el discurso inaugural diciendo: “Este es un momento de crisis... que podría representar para Catalunya la interrupción y la inflexión de doscientos cincuenta años de progreso –económico–... y que podría ser una crisis de identidad también muy grande, destructiva, de una historia secular y de nuestra realidad de pueblo”. Y explicó que había decidido organizar una exposición, muy completa, “de nuestros recursos morales, intelectuales y materiales”. “Una exposición que sea”, añadió, “una reacción contra la tristeza, contra la idea de la erosión, contra la filosofía de la derrota”.
La situación de Catalunya en noviembre de 1982 era realmente muy difícil. Lo era institucionalmente, con la LOAPA, con el suma y sigue del 23F, con una aplicación muy negativa de la LOFCA y, por lo tanto, con una situación financiera de ahogo de la Generalitat, con un Gobierno muy potente y muy hostil en Madrid –con una reciente mayoría absoluta aplastante– y con la crisis económica y social más grave que hemos conocido, antes y después, desde los años sesenta. Con un paro que llegó al 21%, con una grave crisis de entidades financieras muy significativas. Incluso aquel día, con inundaciones destructivas y muchas muertes en buena parte del país. Es, en estas condiciones, que aquella exposición fue un llamamiento a la confianza y a la voluntad. Aquella exposición y, sobre todo, el mensaje que de una manera sistemática y creíble se fue extendiendo por todo el país.
Ahora volvemos a vivir un momento difícil y comprometido. Diferente del de entonces. Lo vivimos con una economía más sólida. Todo el país está situado en un nivel más alto. Pero en un contexto de riesgos y de retos muy serios. Retos como la globalización y las nuevas tecnologías, que pueden tener mucho más de positivo que de negativo, pero que si no respondemos bien nos dejarán fuera de la cursa. Como la inmigración, que es la solución para según qué cosas –ciertos aspectos de la economía, por ejemplo– y problemática para otras –nuestra cohesión social y nuestra identidad como pueblo. Como la evolución negativa de la política y del estado de ánimo de la sociedad del conjunto de España hacia Catalunya. Y a esto hace falta añadirle como hecho muy importante un gran desconcierto, una gran desorientación y un cierto desaliento de la sociedad catalana, al fin y al cabo, agravado por una situación política catalana llena de incoherencias y poco estimulante. Y es esto último –el estado de ánimo colectivo– el que, con más urgencia, debemos cambiar en términos positivos. Seguramente no pasa por hacer una nueva edición de aquella exposición de 1982. Tampoco a base de eslóganes publicitarios como el de “la Catalunya optimista”. Evidentemente, no ofreciendo espectáculos penosos como el de la sequía y el agua. Pero sí recuperando la memoria de todo lo que Catalunya ha sido capaz de hacer durante las últimas décadas. No hace falta hacer una exposición, pero hace falta ver sin un falso optimismo, pero con realismo, las cosas positivas, innovadoras y creativas que hemos hecho durante los últimos años.
Por ejemplo, ¿calibramos suficientemente el salto que se ha dado en Catalunya durante los últimos quince años en el campo universitario y de la investigación? ¿Calibramos suficientemente que Catalunya haya sido capaz de seguir siendo una sociedad industrial, con una gran densidad, pese a las crisis, de empresas que exportan y que invierten en cualquier parte del mundo? Que seamos, de largo, la economía española que más exporta. Y que más exporta productos de alta tecnología. Y que, por lo tanto, quiere decir que somos competitivos. ¿Calibramos suficientemente lo que representa contar con una capital como Barcelona? ¿Calibramos suficientemente lo que significa que sólo Catalunya haya sido invitada en la Feria de Frankfurt, que la única lengua y la única cultura sin estado invitadas a esta Feria hayan sido las catalanas, entre las de países del peso demográfico, cultural y político de la India y Turquía? ¿Calibramos suficientemente la densidad y el dinamismo de nuestro asociacionismo? ¿Calibramos suficientemente que tantos sociólogos de todas partes de Europa afirmen que Catalunya es uno de los países dónde mejor funciona el ascensor social? ¿Nos damos cuenta de que de la nueva generación, la que va de los veinticinco a los cuarenta años, está surgiendo gente con mucha iniciativa? Mucha gente.
Resumiendo. Bienvenida la oleada de autocrítica e, incluso, de desconcierto que nos ha llegado. Haber hecho autocrítica, haber bajado de la nube, esto es precisamente uno de nuestros activos. Porque ya será más difícil que volvamos a caer en la chulería y la frivolidad, y más fácil que recuperemos el sentido de la autoexigencia y la responsabilidad, y la conciencia de nuestros límites, pero sobre todo de nuestras posibilidades. En el campo político continuará la batalla por el Estatuto, por la financiación, por el respecto de Catalunya, y Dios haga que salga bien. Porque finalmente las victorias colectivas deben tener una traducción política.
Pero al mismo tiempo, todos juntos, políticos y no políticos, giremos la cabeza hacia nuestros activos. Quienes hemos mencionado y muchos otros. Y levantemos el país. Es un buen momento para hacerlo. Porque tenemos más sentido de la realidad, porque ya ha pasado la hora de las falsas ilusiones, porque sabemos mejor con quien y con qué se puede contar, porque nuestros activos más sólidos han aguantado, porque somos más conscientes de nuestros errores y porque estamos redescubriendo nuestros valores más positivos.