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Se pone a la venta en librerías el tercer y último volumen de las Memorias de Jordi Pujol
Decíamos en la editorial del día 3 de junio que ya es hora de dedicar nuestro pensamiento y nuestra acción a ir hacia arriba. A reunir energías para ir hacia arriba. Que ya no es hora de dedicar nuestro esfuerzo principal a analizarnos, sino a recuperar el ánimo. Que hemos hecho bien de autoanalizarnos. Que hemos hecho bien de tomar conciencia de lo que no ha ido del todo bien. Y de constatar que hemos perdido algunas posiciones. Y debemos seguir manteniendo nuestro espíritu autocrítico. Debemos seguir siendo vigilantes con nosotros mismos. Vigilantes y serios, que no lo hemos sido suficiente.
Esto requiere seguir actuando para conseguir un trato justo en el marco del Estado. Conseguir que sea respetado íntegramente el nuevo Estatuto, y que sea aplicado correctamente. Conseguir una financiación equitativa, sin trampas. Requiere, por lo tanto, una presencia activa y inteligente en el conjunto de España. Con toda la intensidad de la que seamos capaces. Esto es imprescindible.
Pero, sobre todo, requiere un reforzamiento interno catalán. No sólo porque actuar desde Catalunya hacia fuera –en España, en Europa o por todas partes– no será eficaz si no somos una sociedad fuerte, con ideas claras y con actitudes positivas –aquello que el Centre d’Estudis Jordi Pujol dice del IVA–, sino porque, en todos los sentidos, la carencia de solidez, de seriedad y de calidad no nos permitirá sacar todo el provecho que podemos sacar de nuestro potencial. En el si de Catalunya y fuera de Catalunya.
Nuestra prioridad ahora debe ser recuperar la confianza, la seriedad y el sentido del bien común y de la responsabilidad individual y colectiva.
Pondré un ejemplo para ilustrar, de una parte, que nuestro potencial es más grande de lo que a veces puede parecer, o nos puede parecer, y por otra parte, que para sacarle todo el provecho nos hace falta más autoestima y, sobre todo, un cambio de actitud. Y lo haré transcribiendo la parte final del discurso que hice hace poco sobre la política del agua. Concretamente la que hicieron los gobiernos de CIU de 1980 a 2003, y la que ahora se podría hacer. Es esto último lo que ahora cuenta de cara a este “volvamos a ir hacia arriba” que reclamo. Decía:
"Personalmente creo que quizás el problema del agua podría no ser tan dramático como a veces lo vemos. No lo seria, evidentemente, si un día trajéramos agua del Roine, es decir, de la que, de largo, es la más grande reserva de agua de toda Europa, que está en los Alpes. No considero válidos los argumentos que excluyen esta posibilidad, pero a efectos de mi discurso, hoy prescindiré de comentarlos. No lo seria tampoco si del Ebro nos llegaran 100-150 hm3 al año. Que no sería ningún disparate, digan lo que digan. Pero también prescindiré de comentarlo. Y aún así creo que con sensatez y seriedad –que es el que nos carece actualmente, la seriedad– quizás podríamos resolver el problema. Y aceptando ya, con resignación, que esto de la solidaridad es un engañabobos. Y que como decía aquel alto personaje: “La solidaridad sólo hay que practicarla cono los bienes ajenos”.
Miremos si esto se pudiera solucionar a base de una mezcla. Y repito, a base de seriedad.
Imaginemos una composición como la siguiente:
1. Desaladoras. En teoría, sólo con desaladoras se podría resolver el problema. Pero no vayamos tan lejos, hagamos sólo unas cuántas. Y, al mismo tiempo, cojamos el compromiso de producir la energía que gastaremos haciendo desaladoras. Tengan presente que la planta del Prat consumirá la energía que gasta una ciudad de 250.000 habitantes.
2. Utilización a fondo del agua potable de las grandes depuradoras del país, tema que ya he tratado antes.
3. Mejor utilización de los pozos, aunque creo que esto significa una aportación muy modesta.
4. Acuerdo con el sector agrícola para hacer una política de ahorro de agua. Creo que aquí sí que hay margen. Y en el punto dónde han llegado las cosas, y con un planteamiento que les pudiera ser favorable, probablemente el mundo agrícola y rural se avendría a esta idea.
5. Consolidar la interconexión de la ATLL con la CAT. Parece que finalmente esto se hace, y que se ha acabado la locura de querer desmontar parte de la cañería. Es probable que al menos durante unos cuántos años las comarcas tarraconenses tengan durante buena parte del año un excedente. Modesto, pero estamos hablando de una mezcla en la cual también caben las migajas.
Ahora bien, ¿cuál es hoy el problema de esta composición? Es la carencia de seriedad, la incongruencia y la demagogia que dominan la política catalana –y buena parte de la sociedad.
Lo explico con un ejemplo. Está claro que cuatro o cinco desaladoras podrían resolver, en gran parte, el problema. Pero esto ya he dicho que nos obliga a producir o a importar mucha energía. Y hasta ahora la experiencia nos dice que tanto las centrales de ciclo combinado, como los parques eólicos, como las líneas de transporte de energía –de alta o no tan alta tensión, es decir, desde la MAT en las Gavarres– topan con mucha oposición, con una base social con capacidad de presión y sustentada durante muchos años por los partidos del tripartito, y ahora mismo por buena parte del Gobierno. Y así no podemos hacer filigranas. Israel, por ejemplo, es la demostración que a base de un río pequeño, de pozos bíblicos, de depuradoras, de riego bien regulado, y sobre todo de seriedad, resuelven su problema del agua.
El problema del agua en Catalunya no es sólo de agua. Es de manera de hacer.”
A la hora de hacer balance –y a la hora del activo y del pasivo– habremos de constatar que no podemos contar con una actitud ni comprensiva ni justa por parte del resto de España. Recibiremos aquello que será imposible negarnos. Tanto con respecto a dinero, como agua, como poder político, como respeto. Esto no quiere decir que no lo debamos seguir reclamando. Pero conscientes de que las cosas son cómo son. Y que contamos con lo que contamos. Que no es poco. Que probablemente es más que suficiente para dar un fuerte impulso a nuestra economía y a nuestro bienestar, a nuestra presencia en el mundo –tanto económico como de imagen y de mensaje–, a nuestra cultura y a nuestra identidad... Pero a condición de que administremos bien nuestros recursos, que ni políticamente ni socialmente no nos dedicamos al chapuceo. Que tengamos una idea clara del bien común y que construyamos liderazgos fuertes políticos, sociales e intelectuales, capaces de hacerlo entender y sentir. Y, finalmente, que tengamos una cosa tan sencilla como es la seriedad. Que hay demasiada gente que no tiene, o que se comporta como si no tuviera.
Al fin y al cabo, repito, es posible. Pero es urgente.