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Es un deporte cansino, y que además sirve de excusa para no hacer nada. Me refiero al deporte que consiste en discutir horas y horas, en escribir artículos y más artículos y sobre todo en hacer encuestas y más encuestas sobre materialismo y postmaterialismo, sobre los valores de los jóvenes y de los no tan jóvenes, o sobre el estado actual del civismo, etc.
Vale la pena decir que personalmente también he practicado este deporte y, de hecho, lo practico. Por este mismo motivo, puedo calibrar la inanidad que puede llegar a tener, y por lo tanto la necesidad urgente que hay no sólo de no hacer más encuestas –siempre es bueno perfeccionar los resultados–, pero sí de sacar conclusiones y, consiguientemente y sin excusas, empezar a actuar.
A la hora de sacar conclusiones cada cual puede sacar las suyas. Lógico. Es lo que debe ser. Y una conclusión puede ser hacer otra encuesta. Seguro que yo mismo todavía creeré conveniente hacer alguna más. Pero el esfuerzo principal del mundo social y político catalán debe ser actuar sobre una realidad que ya conocemos suficientemente bien.
¿Y qué sabemos? ¿Qué conocemos suficientemente bien?
Sabemos que tenemos una crisis de valores fuertes. Bauman diría que nuestros valores muy mayoritariamente son líquidos. Es la expresión que ha puesto de moda.
¿Qué se entiende por valores líquidos? Son valores cambiantes –o dicho de otro modo– valores fugaces que hace falta cambiar cada dos por tres. Valores sin consistencia y sin duración. Y que, por lo tanto, no reclaman compromiso. Ni personal ni colectivo. En un interviú del 13 de diciembre de 2005 en La Vanguardia Bauman se quejaba que “necesitamos referencias sólidas, pero a nuestro alrededor todo ha devenido líquido”. En castellano dirían que son valores de “quita y pon”.
Porque si bien Bauman ha definido y dado nombre a los “valores líquidos”, no los valora positivamente como a veces puede parecer leyendo buena parte de la literatura de nuestra casa, que a menudo, fruto de la mentalidad progre, da una visión sesgada de lo que realmente se hace y se dice en el mundo de la más alta reflexión política y intelectual internacional.
Un ejemplo de esto es el de Bauman y los valores líquidos. Otro es la imagen que nos presentan de un autor que ahora está de moda, Lakoff. Considerado “inventor” del relato. De esto que ahora llaman con éxtasis el relato, pero que siempre ha existido, con la diferencia de que antes le llamábamos discurso (pero era y es lo mismo). Qué era la fuerza de F. González si no el discurso, o el relato. O de Tony Blair. O de la señora Thatcher. O de Kennedy. O de Reagan. O, probablemente, de Obama.
Pero –atención–, ¿qué dice Lakoff realmente? ¿Qué les dijo a los demócratas en febrero del 2005, es decir, tras perder por segunda vez las elecciones? Les dijo: “Os insisto en que debéis hablar a fondo de vuestros valores, pero no soléis hacerlo”. Y les recriminaba que hablaran sólo de programas. Y Bill Richardson decía también cuando analizaba el porqué de la derrota que “los demócratas habían de amplificar el debate sobre los valores” y no dejarlo en manos de los republicanos. Y es así como se definió el new path, el nuevo camino que los demócratas habían de emprender. Values, valores.
Y naturalmente, no valores líquidos. VALORES SÓLIDOS Y OPERATIVOS.
Obama es ya el resultado de este cambio. Tiene un discurso basado en valores. Y en valores sólidos, no líquidos.
Pero aquí seguimos estando en Babia
Aquí seguimos estando en Babia con las versiones reduccionistas. Con valores delgados como papel de fumar. Y vamos diciendo que esto es lo que toca ahora. Y que pasa así en todo el mundo. Pero no es verdad.
Ya hemos visto que no pasa en Estados Unidos. Y no pasa en los grandes países emergentes: en China, en la India, de hecho en toda Asia, en Australia, a su manera en bastantes países árabes. Es decir, en los países que llevan carrerilla. Tienen convicciones y practican el compromiso.
Y es verdad que pasa bastante en Europa. Pero todos sabemos que Europa es un continente amenazado de decadencia, que urgentemente debe reaccionar. Y que algunos países lo están haciendo. Pero no nosotros, en Catalunya.
Y preguntémonos: ¿sigue teniendo sentido el compromiso?, ¿sigue teniendo sentido la asunción de responsabilidad?, ¿sigue teniendo sentido la fidelidad?, ¿aquello que Kennedy llamaba “la aceptación de la carga de responsabilidad”?, ¿sigue teniendo sentido el patriotismo?, ¿hace falta que acuda nuevamente a Kennedy para no hacer sonreír? Volver a aquello de “americanos... preguntaos qué podéis hacer vosotros por América”.
¿Alguien cree que con valores líquidos mucha gente que durante cuarenta años se mantuvo fiel a la democracia, al ideal de un país justo, en Catalunya, habría aguantado? Por poner sólo un ejemplo, este muy casero. En sus memorias, Josep Benet explica que la mañana del 27 de enero de 1939 por la calle Gran de Sant Andreu vio pasar las tropas franquistas camino de Badalona, Mataró, Granollers, camino de la definitiva derrota de la democracia y de Catalunya. En aquel mismo momento tomó un COMPROMISO: “Dedicaré mi vida a luchar contra esto. Y a favor de la democracia, de una sociedad justa y de la libertad de Catalunya”. Y lo hizo. Y como él, muchos otros.
Esto no tiene nada de líquido. Por lo tanto, ¿es que el gesto de Benet fue ridículo? Quizás el ejemplo es algo extremo –no todo el mundo puede tomar compromisos de este alcance– y claro está que la situación de hoy no es la de entonces. Pero también es difícil y preocupante en ciertos aspectos. Con el suficiente riesgo porque sin valores consistentes y sin un agudo sentido del compromiso no lo conseguiremos.