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¿Qué está pasando?

Jordi Pujol
Editorial / 01 de Julio de 2008

Están pasando cosas muy importantes y negativas desde el punto de vista catalán. (También hay de positivas, pero de estas hablaremos otro día).

1. La opinión pública española, a todos los niveles –desde los niveles más altos hasta los ciudadanos de a pie, pasando por los medios de comunicación-, y en todos los ámbitos –desde el político al intelectual pasando por el económico–, es decir, la actitud general respeto a Catalunya, es hostil.



2. Sobre el nuevo Estatut pesan amenazas muy graves, tanto en el aspecto competencial como en el referente a la financiación. Fuera de Catalunya también ha cogido una muy mala orientación lo que podríamos llamar el papel, el sentido y la consideración de lo que debe ser Catalunya en España. Todo esto con posibles graves consecuencias para nuestra capacidad de actuar eficazmente en la economía y en las infraestructuras, en la inmigración, en la cohesión y en el progreso social, en la defensa de nuestro modo de ser.

3. Algunos conceptos que la Transición introdujo y que contribuyeron positivamente al progreso y a la convivencia general de España –Catalunya incluida– ahora están viciados o simplemente negados. Uno es el concepto de solidaridad, que ha perdido el carácter inicial positivo y creador de convivencia y de autoexigencia que tenía.

El otro, el carácter auténticamente plural de España. España está volviendo a la idea de “las peculiaridades” y a la actitud hostil contra todo aquello que represente una personalidad propia fuerte y bien diferenciada, basada en lengua y cultura, conciencia histórica y sentido colectivo, proyecto colectivo y autonomía real, política e institucional.

Desde estas editoriales hemos insistido mucho en la parte de responsabilidad que pueda haber por parte nuestra en la situación actual. Pero, en cambio, no hemos insistido suficientemente en el mérito muy grande que Catalunya y el catalanismo han tenido en la evolución positiva de España durante los últimos 40 años. Muy grande.
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Así fue durante el franquismo, así fue en la Transición, así ha sido hasta hoy mismo. Aportación en más de un momento de crisis. Generosa. Sumados y restados todos los factores, no estamos en deuda. Al contrario.

Probablemente deberemos recordarlo. No es nada seguro que nos sea reconocido. Simplemente para recuperar el orgullo y la seguridad de quien ha cumplido tanto o más como el que más.

Pero ahora lo que es urgente es entender bien de qué va la actual actitud agresiva hacia Catalunya.

¿De qué va?

O, dicho de otro modo, ¿qué quieren ahora desde el resto de España?

Quieren, sencillamente, que Catalunya como país, como lengua, como cultura, como personalidad bien definida y con capacidad de elaborar proyectos propios de toda clase, que todo esto sea cada vez más pequeño, más marginal. Y todo, ahora, desde la petulancia y con creciente agresividad.

Incluso, algunos han llegado a decir, refiriéndose sobretodo a la lengua catalana, “ya empieza a ser hora de desenchufarles la respiración asistida”.

Como explicábamos en la editorial del 12 de junio de 2007, Todavía o mai, hace unos 400 años que se inició una acción de asimilación de todo aquello que estrictamente dentro de España tiene una personalidad propia. De todo aquello que, como decían en el siglo XIX y se explica en la mencionada editorial, “todavía es diferente... todavía no es uniforme.”

Y es en este contexto que, aparte de otros muchos elementos de presión (financiación, Tribunal Constitucional, muchos medios de comunicación...), aparece el “Manifiesto por la lengua común”. Que pretende quitar a la lengua catalana aquellos instrumentos y mecanismos de defensa que necesita para mantener su vitalidad. Instrumentos y mecanismos que, por cierto, no han perjudicado en nada a la aportación de Catalunya al progreso democrático, social y económico español, ni tampoco han perjudicado lo más mínimo a la convivencia ni a las actitudes de respeto dentro de Catalunya mismo. Y que quiere quitar a Catalunya toda posibilidad de actuar como colectividad, todo recurso a los derechos colectivos. Nos quiere quitar toda posibilidad de elaborar un proyecto colectivo propio, aunque esté encajado –cómo ha sido y es el caso de Catalunya– en el marco español y en el marco europeo (Recomendamos la lectura de las editoriales Un debate a fondo casi olvidado publicado en este boletín el 23 de junio de 2005 y el publicado el 1 de noviembre de 2005 titulado Artículo 29 de la Declaración de los Derechos Humanos.)
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“Desenchufemos de una vez”, dicen ellos. Afortunadamente el enfermo –Catalunya– no está tan grave.

Hay preocupación por la situación económica. Preocupación en toda España, preocupación en toda Europa. Y en Catalunya. Pero aquí tenemos más solidez económica que en gran parte de España.

Hay preocupación por la competitividad en general. Pero si en algo ha habido un cambio importante en Catalunya ha sido en el campo de la investigación y, también, de la internacionalización.

Hay preocupación por la inmigración, tanto socialmente como respeto a la identidad catalana. Y ciertamente el riesgo es grande. Pero si algún país en Europa ha demostrado tener capacidad integradora, y capacidad de ascensor social, somos nosotros.

Hay preocupación por nuestra lengua, y ya hemos dicho que tiene mucha presión encima, pero debe de ser suficientemente fuerte para que se la ataque con la zafiedad con qué lo hace “el Manifiesto”. Y porque les ponga nerviosos el éxito de la inmersión lingüística sin provocar tensión social.

Y, finalmente, podemos ser suficientemente fuertes a nivel dialéctico para hacer frente a los tergiversadores de la solidaridad (“la solidaridad sólo hay que practicarla con los bienes ajenos”, dicen), de la realidad de la política y de la convivencia lingüística en Catalunya, y de la realidad histórica –en lo referente a lo que ha sido el proceso político e institucional, económico y social de todo España, y del mérito que cada uno ha tenido. Del mérito que Catalunya ha tenido.

No hemos de ir a este combate con ánimo acomplejado. Ni miedica. Tampoco con petulancia ni chulería. Pero con decisión y confianza. Sin miedo. Y sin respeto por quien no nos respete.


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