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Una vez pasada la temporada de elecciones y de congresos, y con la experiencia de treinta años de democracia, de autonomía y de cambios muy profundos en España y en Catalunya, se pueden sacar unas cuántas conclusiones. Conclusiones sobre todo en relación al papel y al lugar de Catalunya dentro de España, a tener en cuenta en nuestra acción futura.
1. Hacer pedagogía en el resto de España sobre Catalunya –explicar qué somos, qué queremos realmente, cómo aspiramos a ser útiles en el conjunto del Estado, etc. –y a través de esto querer crear una imagen positiva en el conjunto de España tiene muy poca o ninguna efectividad. Querer crear con esta pedagogía una imagen positiva de Catalunya y acabar con el rechazo latente o manifiesto que hay contra Catalunya es inútil si se hace desde Catalunya y si lo hacen catalanes.
La pedagogía que quizás sería útil sería bueno que la hicieran los no catalanes. Y hemos reclamando muchas veces que lo hicieran. Pero no lo hacen. De hecho, muchos hacen lo contrario, todos a la vez o ahora los unos ahora los otros.
Por lo tanto, no debemos emperrarnos en hacer pedagogía. Debemos ser lo que somos, sin desinteresar-nos del conjunto español, pero, por ahora, sin esperar ni comprensión ni complicidad.
2. Esto no quiere decir que debamos buscar el enfrentamiento. Simplemente no hemos de ir deleitados buscando que nos entiendan o nos consideren. Miquel Roca lo dijo hace poco (Avui, 21 de marzo de 2008) con mucha precisión: “El discurso de la nueva etapa no lo encontraremos en la confrontación con Madrid sino en la afirmación desde Catalunya”. O bien: “No debemos vivir obsesionados porque Madrid nos entienda”.
3. Debemos ser muy conscientes de que en España la palabra solidaridad, al menos en referencia a Catalunya, es de una radical insinceridad. “La solidaridad hay que aplicarla sólo con los bienes ajenos”, decía el presidente socialista de una CA. Y “es verdad que el sistema es injusto” –en Catalunya, decía– “pero a nosotros nos va bien. O sea que punto”, decía otro presidente, este popular. Los dos considerados hombres con mentalidad de estado. Pero no hace falta que lo digan, la realidad lo confirma cada dos por tres.
Con el dinero, y con todo. Hace poco que se ha visto también con el agua. Y realmente sería más fácil recibir agua de Francia que de España. Por cierto que el diario francés Le Monde, que le dedicó un artículo entero, lo titulaba así: “En Espagne avec l’eau, chacun pour soi”.
4. O sea que debemos ser conscientes de que no podemos contar con actitudes indulgentes. Y si bien esto, como ya hemos dicho, no nos debe llevar a extremar tensiones, o situarnos en el ámbito del enfrentamiento, sí que nos debe hacer entender que podemos contar con nosotros mismos, y no mucho más. Por lo tanto, dependemos sobre todo de nuestra consistencia interna. De la seriedad de nuestro hacer público y privado, de nuestro trabajo bien hecho, de nuestro patriotismo, de nuestra cohesión, de la calidad de nuestro conocimiento, de nuestra creatividad, de nuestra consistencia de nuestra sociedad, etc. Naturalmente, también y mucho, de la calidad de nuestra política.
5. Todo esto acompañado de un esfuerzo de serenidad. Con la mente fría y con ganas de entenderse en lo que se pueda, pero sin hacerse falsas ilusiones. Y sin que –ellos ni nosotros– nos dejemos dominar por el resentimiento. En algunos sectores de España hay el peligro del resentimiento del que antes creía que los otros iban mejor que él y que ahora les ha atrapado o se acerca. En Catalunya podría haber el resentimiento del que se siente engañado y decepcionado. Pero el rechazo del resentimiento no equivale a hacer confianza ni a sentirse obligado a aceptar tratos discriminatorios.