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La crisis y los valores

Jordi Pujol
Editorial / 29 de Julio de 2008

El 25 de junio el tema de este editorial de cada martes bajo el título “Un deporte cansino” fue el de los denominados valores líquidos (en contraposición de los valores sólidos). Valores líquidos, es decir, valores sin consistencia y sin duración. Valores que no reclaman ni compromiso ni exigencia. Ni esfuerzo. Y decíamos que sin valores sólidos y operativos ni llevaremos el país hacia adelante ni nosotros mismos, en el terreno personal, podremos construir nuestro futuro.



Hace poco –el 21 de julio en el Corriere della Sera– uno de los periodistas italianos de más alta calidad, Francesco Alberoni, escribió el artículo que transcribimos a continuación.

Una grave crisis económica produce profundas transformaciones en la estructura y en los valores de la sociedad. La crisis de 1929 puso fin a los considerados “años calientes”. Un periodo de desarrollo económico, pero también de liberalismo desenfrenado, de desórdenes, de despreocupación y de excesos. Con la crisis se pusieron en evidencia las características de la desocupación, de la miseria, del temor al futuro, y más tarde llegaron la dictadura y la Segunda Guerra Mundial.

La actual crisis económica no tendrá unas consecuencias tan nefastas, pero producirá un cambio profundo en relación con el estilo de vida y el modo de pensar de los últimos treinta años, en los cuales ha habido prosperidad, crecimiento del sector terciario, aumento continuo del tiempo libre y de la escolarización. Pero nuestra sociedad es muy frágil, desunida, hasta el punto que el sociólogo Bauman la denomina sociedad líquida. Subraya que no hay normas fuertes, que la Iglesia o los partidos políticos están debilitados, que todas las referencias al trabajo son precarias, también en relación con la familia y con la pareja, mientras la educación se diluye y prevalece la inmediatez.

Incluso la crisis económica podría constreñir y cambiar la relación de competencia con las nuevas potencias económicas como China y la India. Porque nuestras empresas, nuestro mercado del trabajo, soportan una competencia terrible, y no podremos reaccionar a esta presión si seguimos conservando nuestros hábitos líquidos, nuestra adicción a la facilidad y al ir tirando, nuestro ritmo de trabajo, nuestra burocracia paquidérmica, nuestra blanda escuela. La sociedad que nos conviene no puede ser líquida, sino sólida, solidísima, con grandes ambiciones y firme disciplina.

Resistiremos y conservaremos nuestra prosperidad sólo si sabemos llegar a ser sólidos. Ciertamente, no renunciando a nuestra libertad, pero con una racionalidad con la cual todos estamos de acuerdo, que consideramos obvia, pero que no practicamos.

Necesitamos administraciones públicas eficientes, con un sistema judicial rápido, un sistema fiscal equitativo, una información seria, una educación rigurosa y una universidad que produzca altísima competencia. Hace falta dar oportunidades a las personas capacitadas, empezando por las mujeres todavía discriminadas. Debemos crear una movilización como si estuviéramos en guerra, en la cual todo se hace mejor, se trabaja más, se estudia más, se inventa más. No debe haber margen para los charlatanes, los holgazanes, los indecisos o los cínicos.


Un artículo del todo en la línea de nuestro editorial del 25 de junio y del esfuerzo que hacemos para que nuestra sociedad se libere de un modo de pensar y de hacer muy laxo y poco responsable.

Si, como parece, nos viene encima una crisis económica y quizás social fuerte, lo primero que debemos hacer no es asustarnos más de la cuenta. Esto en el orden colectivo, porque individualmente seguro que habrá víctimas. Que sean las menos posibles. Pero, aparte de esto, una crisis obliga a revisar ideas y actitudes. Y más una crisis que nos llega después de muchos años de vivir “líquidamente”, con poca reflexión y poca exigencia. Con una cierta frivolidad.

La crisis es inevitable, pero como dice Alberoni, a veces provoca un cambio profundo y positivo en el estilo de vida y en el modo de pensar. Este cambio en Catalunya lo necesitamos, para afrontar la crisis y para arrancar, después, con una orientación y unos valores más consistentes. Y está a nuestro alcance hacerlo si no persistimos en la liquidez, la poca consistencia y seriedad y la mentalidad fácil que, en no pocos aspectos y ámbitos, han dominado nuestra sociedad. Y que ya no sirven. ¡Ya no sirven!

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