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Ya hace un cierto tiempo que se detecta en Catalunya una baja notable en el número de estudiantes que escogen carreras científicas o técnicas. En cambio aumenta la proporción de estudiantes de ciencias sociales, medioambientales, psicología, etc.
¿Qué explicación tiene esto? ¿Y qué consecuencias tiene para el país?
Hace falta decir que esto se produce también en otros países de Europa. Quizás por las mismas razones y con las mismas consecuencias. Pero ahora hablaremos concretamente de Catalunya. Hace quince o veinte años celebramos que empezara a haber interés por las carreras de orientación social, medioambiental, etc. Respondía a una necesidad y significaba una maduración de la sociedad. Pero ahora se ha producido un desplazamiento excesivo. ?Cuáles son las causas y cuáles los efectos de esto?
Por un lado parece que hay más gente interesada en arreglar el país que en hacerlo avanzar. En estudiar nuestra sociedad, en analizar su funcionamiento social, lugar den hacerlo crecer. Justo es decir que los dos procesos –el del crecimiento y el del conocimiento y mejoramiento de la sociedad- son igualmente necesarios. Y que por lo tanto tiene que existir gente para todo. Lo que pasa es que ahora se está produciendo un desequilibrio entre estas dos funciones sociales.
A estos datos se puede añadir la información que dan las escuelas de formación empresarial de nuestro país. De una parte hay el hecho que muchos jóvenes queiren estudiar Administración de Empresas, pero las escuelas dicen que muy mayoritariamente sus alumnos aspiran más a ser ejecutivos que empresarios. Y nuevamente debemos decir que los dos son necesarios, los ejecutivos y los empresarios. Pero que un desequilibrio claro a favor de la mentalidad de ejecutivo es mala señal, porque indica pérdida de espíritu de iniciativa y de riesgo.
En definitiva, de espíritu emprendedor.
Creo que los dos fenómenos tienen algo en común. Hay profesiones como las de toda clase de ingenieros, químico, matemático y físico, y ahora también telecomunicaciones que son vistas como más comprometidas o más expuestas al error detectable. Y el riesgo del fracaso es consustancial con la iniciativa empresarial.
También hay la idea de que en el caso de determinadas carreras técnicas las materias son difíciles. Y la impresión es que no conducen a una buena remuneración.
Por otra parte, en contraposición a las biociencias no tienen una imagen social positiva. La química, por ejemplo, es impopular, y el cloro lo es especialmente. Pero nadie dice que si se dejara de producir cloro los efectos económicos serían muy negativos y, sobre todo, que la vida cotidiana perdería mucha comodidad.
Todo esto deja de lado dos profesiones muy necesarias, y que muchos jóvenes quieren estudiar, la de abogado y sobre todo la de médico, que pese a las dificultades propias de su ejercicio afortunadamente sigue disfrutando de un prestigio social y humano muy importante. Y la de maestro, que requiere un comentario a aprte.
Como decía, debe de haber otros motivos que pueden explicar estos fenómenos. Pero no se puede descartar el de una creciente tendencia a huir de aquellas situaciones y profesiones en las que hay más riesgo.
Y también una inclinación bastante general a analizar e incluso investigar la sociedad más que a hacerla crecer y a tomar decisiones. La decisión de cómo se debe construir un puente o de si conviene modificar un mecanismo productivo o de cómo se puede mejorar un proceso informático.
Ha sido bueno que las denominadas ciencias sociales hayan adquirido –en la Universidad y en la sociedad- la importancia que han adquirido. Afortunadamente es un déficit que ya no tenemos. Pero no es bueno que las vocaciones científicas y tecnológicas vayan de baja. Sería bueno que se analizaran las causas. Este boletín es una modesta invitación a hacerlo.