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“Con acento catalán” “Una pincelada catalana”

Jordi Pujol
Editorial / 21 de Octubre de 2008

Estas últimas semanas más de una vez he oído o he leído, muy especialmente en Madrid, y también alguna vez en Barcelona, estas expresiones: “En un momento de crisis como el actual sería muy conveniente que en la política española hubiese uno acento catalán”. O bien, “convendría en España una pincelada catalana”.



Ya es gordo y a la vez muy indicativo de la profundidad y de la creciente falta de sintonía que hay entre Catalunya y el resto de España que esto se pueda decir, y que lo digan políticos, articulistas o medios de comunicación de los más cualificados. Como si durante los últimos tiempos nada hubiera pasado en la relación entre Catalunya y España. Han pasado muchas cosas, y negativas. De aquellas que ponen de manifiesto una grave falta de respeto, una profunda incomprensión y una manera de hacer en el fondo patosa. De hecho una baja valoración de lo que es Catalunya.

Al poco de la aprobación del nuevo Estatuto (9-X-05) publicamos un artículo en La Vanguardia titulado “Es la hora de España”. Se puede entender que el proyecto de Estatuto no fuera aceptado íntegramente por el conjunto de España. Se puede entender que hubiera una discusión a fondo. Se pueden incluso considerar poco acertados algunos planteamientos hechos desde Catalunya, o algunas actitudes. Desde este boletín y desde otros lugares hemos sido críticos con algunos sectores catalanes. En todas partes se cometen errores y por todas partes también hay gente con inclinaciones radicales. Pero el conjunto de la propuesta catalana, y la forma de defenderla habían sido correctas y constructivas.

Nada que ver con la reacción que de derecha a izquierda se ha producido, de forma muy mayoritaria, en toda España. De derecha a izquierda, los unos con radicalismo llamativo y sin complejo, los otros en gran parte participando de esta agresividad pero además tergiversando y engañando –tergiversando y engañando– a todos y en todo momento.

Y lo que entonces habría sido constructivo y positivo es que España, ante aquel Estatuto votado por el 89% de los diputados catalanes, hiciera una seria reflexión sobre lo que aquel hecho significaba. Antes de afilar las tijeras unos, de preparar los cepillos  otros, de lanzar campañas de indignado patriotismo y de llamamientos a una falseada solidaridad y de decir una grave serie de insidias y calumnias, no sería mejor, decíamos, que “España se interrog3 sobre todo sobre sí misma”.
Titulábamos “Es la hora de España”. La hora de hacer esta reflexión. “Sinceramente y honesta y serenamente. Y en algún caso juntos. España, es decir, el resto de España y la propia Catalunya”.

Pero la reacción española ha sido exactamente y radicalmente la contraria. Tanto es así que es el mismo presidente Montilla quien habla del hecho que entre Catalunya y España ahora hay una gran “desafección”. Y realmente nunca como ahora la relación entre Catalunya y España no había sido tan mala. Con el agravante de que no ha habido sólo un desacuerdo profundo, sino unas actitudes de rechazo, de engaño y de desprecio hacia Catalunya. Y con la sensación de que la confrontación actual tiene como objetivo no sólo  el Estatuto, no sólo la financiación, sino hechos básicos de identidad como la lengua y todo aquello que signifique reconocimiento como país.

Hemos dicho muchas veces que España es un país emergente. Y que durante los últimos 40 años, y antes también, Catalunya –y el catalanismo– había contribuido mucho a ello. Y es evidente que esto ha sido especialmente así durante toda la Transición. Con respecto a la lealtad y el espíritu de colaboración Catalunya tiene las cartas en regla. Tiene superávit.

Esta conciencia de ser un país que las cosas le van bien –tras largos periodos históricos poco brillantes– ha dado un tono autosuficiente y arrogante a la política española. Y también a la opinión pública en general. Fue así al final de los gobiernos Aznar, ha sido así con el de Rodríguez Zapatero. Ha sido en algunas actuaciones de política exterior, y lo ha sido y lo es respecto a Catalunya. Hemos sido objeto de persistente mal trato económico y de infraestructuras, de creación de una opinión pública muy adversa, de persistente bombardeo mediático, de rechazo sistemático a nuestras peticiones, de displicència.

Ahora, desde hace algunos meses, sobre todo desde el estallido de la crisis económica y de la percepción que iría bien un plus de estabilidad, de seriedad y de capacidad de generar confianza en la política española, resulta que “sería bueno un acento catalán” o una “pincelada catalana”. Pero sin desencallar el Estatuto, ni con ninguna promesa de buena financiación o de rebaja del déficit fiscal –pese a que las finalmente publicadas balanzas fiscales son lo suficiente elocuentes–, ni asegurar la inmersión lingüística, ni el compromiso de no seguir recortando competencias (como en el caso de la Ley de la dependencia), ni garantizar la aplicación real (no sólo en el presupuesto) de los compromisos en infraestructuras, etc. Nada de esto.
Simplemente, “un acento catalán, una pincelada”.

Un país se debe saber hacer respetar.
Esto vale para todo el mundo. Y para todo. Que nadie se piense que esto sólo afecta a los políticos o Al mundo de la cultura. Afecta también A la gente necesitada (¿qué está pasando con la Ley de la dependencia?), afecta a los puestos de trabajo, afecta a las empresas.

Si quiere ser tenido en cuenta, sobre todo la primera cosa que un país necesita es que se le respete. El país y toda su gente.


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