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Si así fuera - si fuera cierto que ahora valores como el esfuerzo, el sentido del bien común, la autoexigencia, el sentido de la familia, la ambivalencia de derechos y deberes, se empiezan otra vez a valorar, etc., -deberemos preguntarnos si esto es debido a la crisis. Porque desde varios sectores durante mucho tiempo ha habido gente –nosotros también- reivindicando estos valores, que hemos apelado al sentido de responsabilidad, que hemos hecho apelación a los valores sólidos y que contra la indisciplina cívica que poco o mucho se ha fomentado hemos reclamado que a la gente, y especialmente a los jóvenes, se les educara en el sentido del bien común, de los derechos y deberes, y del respeto.
Pero durante años y años este discurso ha sido poco escuchado. Incluso a menudo escarnecido. Y ahora de repente nos encontramos con qué a la prensa y en discursos de líderes políticos que más bien se habían burlado de ellos, y en libros de sociólogos y psicólogos hasta ahora poco proclives a esto, nos dicen que es urgente que estos valores sean asumidos y practicados. O que hablan de la importancia de la familia. “El ahorro, la solidaridad, el esfuerzo, la austeridad, la paciencia o el consumo respetuoso con el medio ambiento son algunos de estos valoras olvidados que ahora vuelven a estar en alza”.
Esto dice, por ejemplo, la Vanguardia. Incluso habla de la paciencia. La Vanguardia básicamente lo atribuye a la crisis. Y en buena parte debe tener razón. Pero no toda. Porque de hecho ya hace un cierto tiempo que había gente que reaccionaba contra el incivismo, contra la falta de respeto a personas y bienes comunes y a iniciativas de interés general. Pero debe de ser cierto que la crisis ayuda.
En un número reciente de The “Economist” –muy discutido por motivos diferentes de los que se comentan en esta editorial- se dice, refiriéndose en España ,que “la fiesta se ha acabado”. Y es verdad. Y hace casi treinta años que algunos usamos una frase parecida: “somos el partido del lunes“. Queríamos decir que después de un años proclives a la explosión de fiesta y juerga (comprensibles, pero bien pronto creadores de confusión y de actitudes poco responsables) había llegado la hora de volvernos a poner manos a la obra. Con rigor, esfuerzo, continuidad. Y con unas virtudes cívicas que fueran más allá de un hedonismo civilizado, -esto sí- pero entre gandul, poco previsor y poco responsable.
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Sería bueno, por lo tanto, que esta recuperación de valores se consolidara. Que no fuera sólo una reacción huidiza de miedo. Y sería bueno también que se aplicara a todo el ámbito de nuestra sociedad. Parece claro, visto lo que está pasando, que se ha de aplicar al ámbito económico, dónde la alegría incontrolada, las ganas de ganar mucho u muy rápido, la irresponsabilidad han causado daños graves. Lo es en el ámbito social, desde el consumismo desbocado a la imprevisión del futuro, lo es en el campo político y en el del bien común en general.
La gente que ha quedado tan impresionada por la campaña del Presidente Obama, ¿se ha fijado en la apelación constante a la responsabilidad de la gente, y al patriotismo?
En Catalunya, a caballo de la crisis general y del efecto Obama, y también de la conciencia que hay que Catalunya se enfrenta a serios problemas de identidad, de cohesión, de progreso y de respeto, ¿seremos capaces de consolidar estos valores básicos sin los cuales la sociedad se disgrega y un país va a la deriva?
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Para consolidar estos valores hacen falta como mínimo dos cosas: que sean utilizados honestamente y que sean realmente asumidos. Utilizar los valores honestamente significa no utilizarlos sólo para el propio provecho. Por ejemplo, los políticos pueden pedir paciencia y mentalidad de esfuerzo, porque sin esto no habrá recuperación. Pero si por su parte, no asumen sus responsabilidades, también las impopulares, y si los gobernantes engañan, habrán hecho un gran mal a la sociedad. Y se les podrá tildar de irresponsables y poco honestos. O bien, hablar de solidaridad sólo en provecho propio (“la solidaridad sólo hay que practicarla con los bienes ajenos”) descalifica éticamente y políticamente. Y tarde o temprano crea disfunciones y problemas. Como por ejemplo pasa con el debate territorial español.
Para qué esto no pase hace falta que la pedagogía de los valores haga un paso más allá, hasta las virtudes. Si hablar de valores ya era tildado de reaccionario hasta hace bien poco (y ahora veremos si dura demasiado el hablar positivamente), hablar de virtudes para muchos ya es para estallar a reir. Por lo tanto, precisamos.
¿Qué es la virtud? Es el valor convertido en práctica y en hábito. Cuando un país funciona el valor no es sólo objeto de debate, sino que es incorporado al vivir cotidiano. No se afirma con sólo decir que hace falta ser puntual sino que se es puntual. Y se es porque ser puntual se ha enseñado en la escuela y en la familia, y porque se valora en la sociedad. Y ha acontecido un hábito. Y si la gente se comporta cívicamente y con respeto lo hace porque ha asimilado los valores cívicos y los ha hecho una norma de conducta. Y esto vale para la solidaridad de verdad, para el ejercicio de la responsabilidad, para el sentido del bien común. Para todo.
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¿Puede que algo esté cambiando? ¿Sólo por la crisis? Convendría que no fuera sólo por miedo, porque no hay más remedio. Si la gente llega a creer que estos valores –aplicados, es decir, convertidos en hábitos o virtudes- nos ayudarán a salir del pozo, también podría creer que más allá de la crisis pueden sevir para vivir mejor. Para construir mejor nuestro propio país, nuestra convivencia y nuestro progreso.
Y si es así tanto la defensa de los valores como su aplicación no será necesariamente un ejercicio aburrido y antipático. Puede ser un motivo de joya.
Y esto es otra cosa que debemos recuperar, o de fortalecer: el sentido de la joya. Ser buen ciudadano, o ser patriota, o ser responsable, o ser autoexigente, o esforzarse cuando haga falta a actuar positivamente de cara al bien común no debe ser visto y vivido como una lastra.
A menudo requiere esfuerzo, pero no debe ser necesariamente una lastra. O deprimente. Bien al contrario: debe ser y puede ser motivo de satisfacción personal. De autoestima.