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La nación: una idea irrenunciable

Jordi Pujol
Editorial / 23 de Diciembre de 2008

Será necesario hacer un balance a fondo de este año que termina, el 2008. Un balance muy a fondo y en todos los terrenos y tocando todos los grandes temas que Catalunya tiene planteados: el Estatuto y la financiación, la acción del Gobierno y la crisis económica, la inmigración y el grado de integración y de convivencia, el peso de Catalunya en España y su imagen, la cultura y la sociedad civil, los activos y los pasivos acumulados durante estos años, etc. Pero ahora todavía es un poco prematuro. Aún hay fichas en movimiento. Sabemos que el año ha sido difícil, pero vale la pena no precipitarse a hacer un juicio prematuro.



Dediquemos, por lo tanto, este último editorial del año a recordar una idea, un concepto que para Catalunya es de la máxima importancia. Tanta que ya inspiró el primer editorial de este boletín, el 21 de junio de 2005. Y todo un Seminario el 8 de marzo de 2007. Es el concepto de derechos colectivos.

Recordemos que nuestra Fundación tiene por objeto trabajar sobre el IVA, es decir, sobre Ideas, Valores y Actitudes. No siendo la política propiamente nuestro campo de acción, consideramos que podemos hacer un servicio trabajando en este campo que irónicamente designamos como IVA. Y es evidente que un país debe tener unas ideas claras. Sobre muchas cosas y especialmente sobre dos: sobre lo que es y sobre lo que quiere ser.

Y una de estas ideas es la de NACIÓN. Y previamente la de colectividad o comunidad. Y sobre los derechos y deberes relacionados con la comunidad.

Es una doctrina muy mayoritaria en el mundo académico, intelectual y político de España que hay derechos individuales, pero no derechos colectivos. Tanto de derechas como de izquierdas. Esto, dicho con toda la insinceridad y la incongruencia del mundo, porque los derechos colectivos españoles sí que los reconocen y los defienden. Pero los de Catalunya, no.

Pese a una larga historia de conciencia colectiva, de compartir proyectos, ilusiones y emociones y también desgracias. Y de compartir lengua y cultura. Pese a haber contribuido históricamente a modelar un modo de ser como colectividad. La colectividad catalana para ellos simplemente no existe. No tiene personalidad propia. Y un catalán no es una persona que participa de la catalanidad sino simplemente es (Rajoy dixit) “un español empadronado en Cataluña”. Puede tener derechos como español, o como vecino de Premià de Dalt, pero no como catalán. Y reclamar derechos como catalán, es decir, derechos que le corresponden como miembro de una comunidad que se llama Catalunya (Alfonso Guerra dixit) es del todo reaccionario.

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¿Qué es Catalunya? ¿Es un conglomerado de municipios? ¿Es un conjunto de distritos administrativos? ¿Es un listado de personas? ¿O es una lengua, una historia, una sensibilidad, el marco de proyectos colectivos? O, dicho de otro modo, ¿es también una comunidad?

Reclamar ser miembro de una comunidad, y por lo tanto, ¿reclamar los derechos propios de esta comunidad es reaccionario? Puede que Guerra y Rajoy y tantos otros lo piensen, pero esto no es lo que dice la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sin duda el hecho más trascendente de los últimos siglos referente al progreso del respeto, de la justicia y de la libertad de la Humanidad. Dice (Artículo 29.1): “ Todo el mundo tiene derecho a la comunidad, que es lo único que le permite el libre y pleno desarrollo de la personalidad”. Por lo tanto, reclamar los derechos de la comunidad no tiene nada de reaccionario. Al contrario, es progresista. Auténticamente progresista.

Por lo tanto, es un derecho de toda persona reclamar el respeto de los derechos de su comunidad. Los derechos, el respeto de los cuáles es necesario para el desarrollo de las personas.

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Citando a un autor muy indiscutido a la hora de definir derechos y deberes –Kant- se puede decir que el hombre es social y antisocial a la vez. Es decir, tiene necesidad de mantener su personalidad individual e intransferible, y a la vez necesita comunicarse, compartir y convivir (es decir, vivir con). Y “es en el equilibrio –como dice un filósofo mucho más próximo en el tiempo y en el espacio- de estas dos tensiones que la persona puede encontrar un espacio de relación no opresor y a la vez un espacio de libertad creativa”

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Aquí y en todo el mundo cultural occidental, el marco más consolidado y eficaz de esta acción colectiva ha sido la nación. La nación, grande o pequeña, independiente o no, pero operativa. La realidad comunitaria más capaz de crear este espacio que decíamos de libertad creativa ha sido la nación. Como todo, puede haber sido bien utilizada o no, pero es la realidad colectiva que mejor ha contribuido a crear los componentes básicos de cultura, de conciencia, de relaciones humanas, de creatividad y de convivencia que son necesarios para el desarrollo humano.

Es por todo esto que Catalunya debe defender su carácter de nación. A la hora de defender el Estatuto, a la hora de exigir el respeto al derecho de disponer de todo aquello que debe poder poner a disposición de su gente para el simple y propio desarrollo.

Es esto lo que da fuerza moral y dignidad a nuestra exigencia nacional. Y profundidad doctrinal. Y que, por lo tanto, más allá de obstáculos de toda clase, nos obliga a mantener nuestra reivindicación. Hoy y siempre.


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