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Los siete años de vacas gordas de la Biblia y sus pecados

Jordi Pujol
Editorial / 03 de Marzo de 2009

Estamos en tiempo de CRISIS. En mayúscula. No se habla de otra cosa. Sobre todo de la crisis económica, y de la repercusión que tiene para tantas personas, familias y empresas. Pequeñas y grandes. Y por el bienestar y la seguridad generales.

Esto sugiere que la editorial de hoy se dedique a hacer unas reflexiones de orden económico, social y moral (por este orden).



1. Reflexión económica. Ya se ha explicado ampliamente que durante varios años -como mínimo quince- ha habido un gran crecimiento económico en el mundo, y se ha generado mucho dinero. Y cuando esto pasa el dinero tiene muchas ganas de colocarse, y esta prisa y esas ganas son peligrosas porque comprando y vendiendo, vendiendo y comprando, se van haciendo burbujas, que confluyen hasta que llega a haber una gran burbuja. Y las burbujas pueden ser grandes e impresionantes, pero por su propia naturaleza son frágiles. Llega un momento en que explotan y lo salpican todo.

2. Reflexión social. Cuando la burbuja es muy grande (y ahora estamos en plena época de globalización, y por tanto la burbuja es muy grande) salpica no sólo a quienes más han contribuido a hincharla más de la cuenta. Por dos motivos: porque es muy grande, y porque a hincharla no han contribuido sólo los poderosos, o los muy ricos, y porque los mecanismos de creación de la burbuja son muy diversos, y a menudo sencillos y modestos. Las subprimes americanas o las hipotecas excesivas españolas son un ejemplo.

Por otra parte, la explosión de la burbuja y el subsiguiente desajuste de los mecanismos hacen que el sistema no funcione bien y esto afecta a capas muy extensas de población. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el sistema bancario que, incluso allí donde los bancos son más seguros y están más saneados, no pueden jugar muy bien su papel, no pueden hacer circular bien el dinero porque se ha perdido la confianza, porque hay miedo. Y esto afecta a todos, a empresas grandes y al pequeño comercio, a las pymes y al consumo familiar. Y la consecuencia de esta parálisis, o semiparálisis, es la ruina de muchas empresas y el paro.
 
Afortunadamente esto nos coge después de muchos años de creación y consolidación del Estado del Bienestar, es decir, con subsidio de paro, con pensiones, con atención médica garantizada, etc. Es decir, con un cojín social bastante o muy general y de un grosor considerable. Cuando la comparamos con la crisis de 1929 vemos que entonces esto no existía. Y en los años 80 sí existía, pero no tanto como ahora. Esto ahora amortigua mucho los efectos de la crisis. Pero la crisis está ahí, y duele.

3. Reflexión moral. Todo lo dicho hasta ahora es bastante conocido y comentado. No lo es tanto lo que sigue. ¿Por qué ha ocurrido esto?

No se suele hablar bien del Presidente Bush, y es lógico. Y si bien la Historia acabará de hacer el juicio, hay una frase suya de cuando comenzaba la crisis -hacia el mes de septiembre de 2008 - que explica con precisión y contundencia lo que había pasado. Dijo: "esto que pasa es culpa de nuestra codicia". Es obvio que se le podría decir que justamente él es quien tenía que vigilar que la codicia no ahogara el bien común y el interés general. Pero como diagnóstico es preciso. Es un diagnóstico que va a la raíz moral del problema. Es la causa primera.

Pero la codicia -la ganancia fácil y rápida- no iba sola. Seguro que durante los siete años de vacas gordas de la Biblia, la codicia no fue el único pecado del pueblo egipcio. Hubo mucha vanidad -incluso quizás más que orgullo, que también, mucha suficiencia, porque todo era fácil y todo el mundo se podía sentir un rey, mucha ostentación, mucho dejarse llevar por la facilidad, poca previsión, aflojamiento de la moral del esfuerzo, pérdida de seriedad y de ganas de trabajar bien.

No sabemos bien qué pasó en Egipto durante los siete años de vacas gordas. Pero sabemos que ahora ha pasado todo esto que acabamos de decir.

Dejemos de lado los Estados Unidos. Hablemos de ejemplos que tenemos al lado.

Hablemos de Irlanda, hablemos de Islandia. Islandia era el ejemplo de que un país muy pequeño, pobre, y situado en un rincón, acabado de llegar al mundo de la economía, independiente hacía cuatro días, se podía convertir en un santiamén en un país modélico por su progreso económico, su modernidad, su bienestar, su exigencia medioambiental. Muchos nos lo llegamos a creer y nos alegraba ver que cosas así eran posibles. Pero ha resultado que era un castillo de cartas que de un día para otro se derrumbó.

Irlanda también era el mejor alumno de Europa. Se autodenominó el tigre céltico. Más inversiones extranjeras que nadie, más listos que nadie a la hora de recibir ayudas europeas y sobre todo muy satisfechos de poder decir que habían superado de mucho a los ingleses, de poderles dar lecciones. Esto es propio de nuevo ricos. Y muy creídos. Un poco chulescos. Y menos solidarios con Europa que nadie.

Y también ha caído por el precipicio en un santiamén.

Y la lista se podría alargar. En Europa Central y del Este, entre los países excomunistas, hay también algunos ejemplos de estos. Que tiraban del carro, con alarde, pero que ahora resulta que el caballo del carro era de cartón. Les ha fallado, también, la seriedad, la autoexigencia. Y les ha sobrado autocomplacencia. Y alegría desmesurada.

De ahí que, desde Estados Unidos a Islandia, se  hayan mantenido ciegos y no hayan tomado medidas de corrección. Por ejemplo, han eliminado o no han hecho caso a las normas, han dejado de lado la disciplina, han tenido mucha y mucha prisa, no han puesto cimientos, han valorado más la apariencia que la solidez.

Pero no tenemos que ir tan lejos. Analizemos este fenómeno en casa mismo. En España y en Catalunya.

Primero, en España. ¿Por qué este fenómeno se ha producido más aparatosamente que en Catalunya? El tiempo histórico español ha sido diferente al catalán. Más eufórico. Hace sólo 50 años que España, en su conjunto, está saliendo de una larga decadencia política, económica y de imagen. Esta recuperación se ha hecho especialmente evidente durante los últimos 20-25 años. Una recuperación, sobre todo por méritos propios, pero también por la ayuda en grandes proporciones y muy decisiva de la Unión Europea. De repente, España se ha descubierto emergente en todos los sentidos. Y se ha sentido importante.

Catalunya ya había alcanzado hacía mucho tiempo niveles más altos desde el punto de vista económico y de mentalidad y de modernidad. Por tanto, durante los últimos 25 años también ha avanzado, y ha progresado en muchos aspectos, pero no con la espectacularidad española, ni con la sensación exaltadora y embriagadora que produce la novedad. Y además, una novedad tan repentina.

Esto, entre otras cosas, explica que el conjunto de España haya jugado más a fondo en muchos aspectos con éxito, las posibilidades que ofrecía la coyuntura económica y psicológica muy al alza que había en Europa y en el mundo. Y también explica algunos de los errores que ha cometido. Y que ahora se notan.

Errores económicos o digamos técnicos. Pero también errores políticos. Y errores, digamos, de valores, de escala de valores. De actitud. Por eso decíamos que se impone hacer una reflexión también moral. En el ámbito español y en el catalán.

Una reflexión bastante importante como para que la dejemos para el próximo martes.


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