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Actitudes y valores para una respuesta catalana

Jordi Pujol
Editorial / 17 de Marzo de 2009

Acabábamos el editorial del pasado martes comprometiéndonos a contestar hoy dos preguntas referentes a Catalunya.

La primera era: ¿con qué estado de ánimo, con qué activo y con qué pasivo afronta Catalunya toda esta crisis? ¿Con qué recursos contamos?



Porque es evidente que estamos entrando en una nueva etapa. Tras los años de la Transición y después de los veinte años largos de democracia española, de aplicación del Estatuto y consolidación de la Generalitat, y en general de progreso económico y social, y después también de un largo período de progreso europeo y en general mundial, las cosas han cambiado.

En Catalunya el cambio se inició antes. El presidente Maragall ya advirtió en su momento que entrábamos en una etapa de Dragon Khan, y así ha sido desde hace unos años. Con consecuencias en ciertos aspectos todavía inciertas, pero que de momento han producido algunos pasivos preocupantes.

El caso es que el cambio de escenario se produce en un momento difícil que combina la crisis económica, las dificultades políticas con Madrid e internas nuestras, y una cierta desorientación de la sociedad catalana.

Pero en Catalunya no somos ni nuevos ricos ni decadentes. Ha pasado la época que hacía gracia lo que decía Francesc Pujols, que "llegará el día que los catalanes por el hecho de serlo podremos ir gratis por el mundo".

Una especie de chiste más bien malo. Ahora, y siempre, también hace ochenta años. Ni entonces ni ahora nadie nos reirá las gracias. Sólo nos valorarán por nuestro peso, incrementado con un plus, y si lo que somos y lo que hacemos, lo somos y lo hacemos en serio.

Los nuevos ricos ahora hay que buscarlos fuera de Catalunya, en el resto del Estado. Probablemente por poco tiempo, al menos con la exuberancia que han exhibido hasta ahora.

No somos nuevos ricos. Pero tampoco somos decadentes. Vivimos bajo presión, de España y de la situación global. Nos hacen trabajar con un handicap considerable, económico y político. Tenemos retos particulares, sociales y de identidad. Incluso es cierto que hemos cometido algunos errores colectivos que nos perjudican. Y todo ello nos ha producido un cierto desconcierto y un punto de inflexión en nuestra autoestima. Pero no somos decadentes. Si lo fuéramos todos los factores negativos que nos presionan nos dejarían fuera de juego. Y no es el caso.

No es el caso porque, como hemos dicho otras veces -y no nos cansaremos de repetir esto-, tenemos activos muy consistentes. Y esto es importante ahora que nos tendremos que enfrentar a la realidad. Lo tendremos que hacer con una pregunta de antemano: ¿qué tenemos? Pues bien, tenemos lo que tenemos. Y con esto y no con fantasías es con lo que tenemos que afrontar el futuro.

Tenemos lo que tenemos. Muy sencillo.

Tenemos:
- Una tradición económica sólida
- Una considerable capacidad de iniciativa civil
- Una voluntad y una experiencia de apertura internacional
- Sentido de identidad y voluntad de ser
- Una tradición de buena convivencia
- Una experiencia positiva de ascensor social
- Hemos tenido, y seguimos teniendo pero con necesidad de reforzarlos, nuestros viejos valores del trabajo y el esfuerzo personal

Tenemos lo que tenemos y somos lo que somos: un país presionado, pero de base sólida. Y es con ello que debemos trabajar. Y con todo ello bien utilizado tenemos que avanzar. Y podemos hacerlo.

Pero necesitamos algo más.

Necesitamos una clase política, ni agitada, ni exhibicionista. Ni frívola, ni sectaria y adicta al poder por el poder. Ni adicta a la Casta. Que utilice bien el poder y los recursos que tiene, sin sobrelegislar ni sobreactuar (o sobrepseudoactuar). Es decir, sin hacer ruido por el ruido. Respondiendo a necesidades reales y objetivos claros y no a caprichos, ganas de lucimiento y protagonismo, etc.

Seriedad y sentido del bien común. Incompatibles con la cultura del no. Y con la zancadilla constante.

Esto no es un catecismo luterano. Ni un decálogo de deberes penosos y tristes. Es simplemente una reflexión sobre la actitud que deben tener la clase política y la sociedad de un país que quiere avanzar y que no va sobrado ni de recursos ni de facilidades. Pero que tiene suficientes activos materiales, morales e intelectuales si se concentra en lo que hace, si se rige por valores sólidos y no líquidos, si no pierde el tiempo y las energías haciendo juegos de manos y un espectáculo vacío, si recupera y sabe aplicar bien las normas del bien común.

Y si reviste todo ello de ambición equilibrada y si no renuncia a la propia dignidad y a un legítimo orgullo.
                                              ______________
El martes que viene hablaremos de la segunda pregunta pendiente: después de todo lo que ha pasado durante los últimos cinco años, ¿cuál será el juego de Catalunya dentro de España? De momento no será ni muy importante ni muy productivo. Pero mejorarlo no debe ser nuestra urgencia. Ni sabemos si será la suya. Pero a estas alturas eso no nos perjudicará más de lo que ya nos perjudica. Ya hace tiempo que nos hacen trabajar con déficit económico y político. Pero a pesar de este déficit Catalunya puede avanzar si en casa somos fuertes y consistentes, serios y autoexigentes, si vamos a por todas.