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El desgarro

Jordi Pujol
Editorial / 24 de Marzo de 2009

La crisis actual española y catalana no es sólo una crisis económica clásica, o una crisis política pasajera, sino algo mucho más profundo. Es, incluso, una crisis que pone en tela de juicio cuestiones básicas de convivencia y reglas de juego elementales. No es una crisis más, no es una crisis cualquiera.

Es una crisis de proyecto en común, una crisis de valores compartidos. Es una crisis de gran profundidad.



Por eso en nuestro editorial del 10 de marzo nos comprometimos a dar respuesta a dos preguntas muy serias respecto a los efectos de esta crisis sobre Catalunya. En dos aspectos: sobre Catalunya internamente, y sobre cómo esta crisis afecta a la situación política y moral de Catalunya en España.

Del primer punto hablamos el pasado martes. Hoy toca el segundo.
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Durante los últimos años en España, y en Catalunya, se ha estropeado algo. Se ha estropeado un proyecto. Y algo se ha roto. Cuando menos, desde el punto de vista del catalanismo. Pero, de hecho, también desde el punto de vista del conjunto de España.

Desde el punto de vista de Catalunya y del catalanismo, recordamos que nos habíamos propuesto una serie de objetivos. De hecho, una doble lista de objetivos. Entrelazados.

En una primera lista figuraba asegurar la identidad propia de Catalunya, con unas instituciones sólidas, alto nivel de autogobierno y un reconocimiento franco de nuestra personalidad propia (es decir, no un reconocimiento desdibujado y diluido). También el de hacer de Catalunya una sociedad equilibrada y equitativa, con mentalidad cívica y responsable, y una economía moderna y competitiva. Con una mezcla de arraigo y de proyección, de Catalunya hacia adentro y de Catalunya hacia afuera.

Una segunda lista definía la otra cara de la moneda. Esta Catalunya que queríamos mejor y más reconocida se encuentra situada en el marco español (y europeo) y es un país con voluntad de contribuir al progreso general español, político, económico, social. Y de contribuir también a la formación de una realidad y de una sensibilidad colectivas. Participar activamente en la constitución de este cuerpo colectivo.

El catalanismo eso lo había definido con cuatro grandes propuestas para todo el ámbito español: democracia, crecimiento económico y progreso social; autonomía y reconocimiento del pluralismo nacional de España y Europa.
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Como decíamos, dos líneas de acción y dos series de objetivos. Enlazadas, al menos en la visión que se tenía desde Catalunya.

Dos proyectos que debían avanzar en paralelo y conducir a una definitiva y armónica configuración del Estado español. Por una España, en todos los sentidos consolidada, integrada en el mundo moderno y capaz de sacar provecho de las grandes potencialidades que tiene. Y a la vez con una estructuración interna que reconociera plenamente la realidad y los derechos de Catalunya.

En el caso concreto de Catalunya eso conllevaba jugar a fondo y lealmente la carta de la democracia en España y de su progreso económico y social. Por tanto, ayudar primero a  hacer posible la Transición democrática y, después, contribuir a la estabilidad y la gobernabilidad españolas (dos condiciones indispensables para el progreso de un país). Contribuir a la transformación económica y social de toda España y asumir las responsabilidades que esto debía comportar en un momento de gran trascendencia histórica. Este es el papel que tenía que jugar Catalunya.

Todo esto, dicho de una manera muy condensada y que, al menos, en un punto necesita ser explicitado. Entre los muchos y grandes problemas que España tenía pendientes había uno especialmente lacerante: el del desequilibrio territorial, el del insuficiente desarrollo económico y social de una parte importante de España. Resolver esto era responsabilidad de todo el Estado, de una buena obra de Gobierno y de todos sus territorios.

Y la palabra en voga era la solidaridad. Catalunya se apuntó desde el primer momento. De hecho, el catalanismo siempre había sostenido que "en un país no puede haber oasis", como decía en el año 1911 Cambó, catalanista de derechas, o -cuando se consideraba que el progreso de Andalucía dependía principalmente de la reforma agraria - "la reforma agraria andaluza va a tener un coste que debemos pagar entre todos", como dijo Carner, catalanista de izquierdas y Ministro de Hacienda del gobierno de Azaña en la defensa de su proyecto de reforma fiscal de 1932. El pensamiento político y social catalán de la segunda mitad del siglo XX ha reforzado esta visión de las cosas. Por ello, hacer posible la recuperación económica y social de la España menos desarrollada era un componente muy importante del pacto tácito de la Transición y, más allá de eso, de la nueva ordenación española.

Un pacto que Catalunya ha cumplido al pie de la letra.
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Pero ¿qué ha pasado? Han pasado tres cosas negativas.

1. Ha reaparecido con mucha fuerza el atávico sentimiento anticatalán, probablemente debido a dos factores. El primero -en sí mismo bueno- ha sido el éxito político y económico de sectores y territorios españoles tradicionalmente menos dinámicos pero que han creado una mentalidad suficiente y agresiva en más de un aspecto y en más de una dirección, dentro y fuera de España. El segundo, el protagonismo catalán, -muy constructivo pero también reivindicativo- muy acusado en algunos momentos de los últimos treinta años, ha provocado una reacción negativa. Y muchos políticos españoles han vuelto a descubrir que es fácil ganar votos en España haciendo anticatalanismo. O vender periódicos. O simplemente ser aplaudido.

2. Como consecuencia de esto el viejo objetivo uniformizador de España ha reaparecido con toda su potencia y se ha aplicado sobre Catalunya. Con una acción que hoy se puede llevar a cabo desde varios frentes: el de la presión económica y financiera, el de una inmigración muy desproporcionada, el de una crisis de los servicios públicos a causa de estos dos factores combinados, el de una orientación jurídica restrictiva desde el punto de vista autonómico, etc.

3. Finalmente, hay un tercer hecho moral, especialmente criticable y políticamente escandaloso, que es la interpretación y la utilización que se ha hecho del concepto de solidaridad. Ese principio que en los años 60, 70 y aún 80 parecía que iba a ser el cimiento de una relación generosa y en todos sentidos productiva -humanamente, socialmente, económicamente y políticamente productiva- se ha convertido en un juego tramposo. Ya hace tiempo que la palabra de moda en muchos lugares de España es: "la solidaridad sólo hay que practicarla con los bienes ajenos". Es la palabra a la orden del día pronunciada sin vergüenza por gran parte de la clase política española. Dicha con tono de directa acusación contra Catalunya. Con mentalidad resentida. Sin ningún esfuerzo de objetividad y de juicio justo.

Todo esto -estos tres puntos- deja a Catalunya fuera de juego. Al margen. Esto rompe lo que parecía que era el pacto tácito y esperanzador de la España renaciente de la segunda mitad del siglo XX.

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Un país puede avanzar por méritos propios, y es el caso de España durante las últimas décadas. Puede avanzar también porque hay factores exteriores que le ayudan y ese es también el caso de España. Y un país puede tener perspectivas positivas por diversos motivos de coyuntura histórica y generacional, de peso cultural, de presencia en el mundo. También es el caso de España. Pero un país también puede estropear sus buenas perspectivas si se deja llevar por la arrogancia y la fachendería, por la facilidad y la no exigencia, por el debilitamiento de valores cívicos y morales, por el tono sectario y cebado de su acción pública. O por el no respeto a partes importantes de su población. También podría ser el caso de España.

Se ha porducido un desgarro. Que s ehaya producido este desgarro no es simplemente un error, no es un fallo. Es algo más profundo y más difícil de arreglar. Como dice el diccionario es una rotura. Y tiene un tono de error de muy mal corregir. Es esto, se ha roto el proyecto.

Desde fuera de Catalunya pueden decir que el proyecto que se ha roto es el de Catalunya, no el de España. Y pensar que de Catalunya lo único que necesitan es el 9% de su PIB, y que si hacen ruido que no molesten demasiado. Pero deben ir con cuidado. Porque sólo con eso hay momentos que puede ser que España sea ingobernable. Sólo con ello pierde buena parte de uno de sus motores. Sólo con ello España pierde uno de sus elementos de estabilización. Y la euforia española de hace cuatro días -y aún para algunos de hoy mismo- no puede hacer perder de vista que España es el país campeón de Europa en desempleo, y lo será más aún, y con una muy baja mejora de la productividad, y que hay en general un desprestigio de las instituciones que afecta, incluso, algo que debería ser tan básico para los que dicen tener "sentido de Estado" como el Tribunal Constitucional, y que tiene unos hábitos políticos de gran confrontación, de ensañamiento, y que ahora mismo hay un Gobierno que mendiga desconcertado. España es un gran país, y ha progresado mucho. Pero no le sobra nada de lo que tiene. Y no puede prescindir del grado de confianza que debe haber en un país para avanzar. No puede banalizar temas importantes. Ni puede jugar con conceptos de alto valor ético y político (como el de solidaridad, por cierto). No puede hacer trampas.

En definitiva, un desagrro. No un fallo, o un desajuste, o una mala interpretación, que se resuelven con una llamada, o un seminario de fin de semana, o una escena de sofá, o un discurso "zalamero" o halagador, y menos aún con promesas de yo qué sé.

Desde estos editoriales hemos dicho muchas veces que en lo que no ha ido bien durante los últimos años - en Catalunya y en la situación política y moral de Catalunya en España- habían contribuido también errores catalanes. Nadie nos podrá tachar de no ver la viga en nuestro ojo. Pero ahora, y cada vez más, ya es hora de reclamar que en España la gente más responsable haga su autocrítica y, sobre todo, vea cómo pueden cambiar ciertas conductas políticas, de mentalidad y éticas.

En este preciso momento, Catalunya podrá aportar poco a este cambio. Durante años se ha arriesgado mucho, ya ha dado mucho (no sólo económicamente), ya ha ido muy por delante, ya ha asumido muchas y muy serias responsabilidades. Ya le cansa ser la munición del cainismo español. Ya le cuesta más creer en las promesas. Y ya no le gustan los fuegos artificiales.

Participará en el juego, mecánicamente. Y pagando la factura. Quizás España no espera nada más, ni le pide nada más.

De momento esta es la situación.


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