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El editorial de esta semana tiene por objetivo dejar bien claro que sin una buena política un país acaba naufragando a la deriva o bien metido en un escollo. Es decir, cayendo en la confusión y estancándose.
A estas alturas es importante decirlo y subrayar esto, porque hay una crítica muy generalizada contra la política y los políticos. Y porque hay quien cree que lo que cuenta es sólo, o casi, la sociedad civil.
Se entiende -a medias- la actitud crítica contra la política y los políticos. Pero no son válidas algunas de las conclusiones que se sacan. Son nocivas, hacen daño.
Alguna vez hemos hablado en estos editoriales del Miracolo italiano. Treinta años de gran progreso en todos los aspectos. Y luego, la caída. Por razones diversas. Pero también por una de principal: el error político. Durante muchos años los italianos hicieron broma. Decían: "Es verdad que tenemos una mala política, y mucha inestabilidad. Pero eso es bueno, porque el hecho de que cada año tengamos una crisis y estemos unos cuantos meses sin gobierno es nuestra salvación. Son los meses buenos para que nuestra sociedad civil -que es activa e imaginativa- trabaje con libertad, sin interferencias políticas. Y gracias a eso avanzamos". Una tontería.
En Argentina dicen algo similar: "De día los políticos frenan el país con sus peleas y sus personalismos. Pero de noche los políticos duermen y Argentina se recupera ". Otra tontería.
Tontería que nosotros no debemos hacer ni pensar. Los resultados en ambos casos son bien claros.
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Es verdad que sin sociedad civil, sin personas organizadas, activas, positivas, no hay país. Es cierto que sólo con políticos no habría país. Esto es especialmente evidente en Catalunya donde hemos estado tantas décadas, incluso siglos, sin poder político propio. Y hemos avanzado gracias a la gente, a la sociedad civil.
Pero hay decisiones u orientaciones, o impulsos, o compromisos y riesgos que la sociedad civil no puede tomar o no puede asumir.
La responsabilidad global del país no la tiene la sociedad civil. La tiene la política. Hace años ya lo decíamos ( "Grandeza y miseria de la política", Barcelona, 4-VI-02 y "El perfil del político del siglo XXI" Deusto, 27-I-04).
Hay cosas que sólo pueden hacer los políticos. En la sociedad civil hay reivindicaciones, deseos, proyectos o miedos que a menudo son todos o muchos de ellos legítimos, pero parciales, es decir, afectan a una parte de la población, pero que entran en conflicto entre ellos. Quienes se enfrentan a estas situaciones generalmente son los políticos. Porque en principio pueden tener más en cuenta el interés general y porque generalmente son ellos quienes disponen de los elementos legales para resolver los problemas (leyes, decretos presupuestos, etc.). Todo esto -responsabilidad de conjunto, necesidad de visión global, posibilidades de actuar- obliga al político, al buen político a dar impulso y orientación a la sociedad.
Por lo tanto, si esta posibilidad de actuar, si esta función y si esta responsabilidad se ejercen mal el perjuicio para la sociedad será muy grande.
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Por lo tanto, los ciudadanos no pueden mirarse de una manera distante o displicente la política. No pueden simplemente desinteresarse, o refugiarse en el escepticismo o incluso en el sarcasmo. Es verdad que los ciudadanos y la sociedad civil, ellos solos no pueden asegurar que el país tenga buenos políticos. Pero pueden ayudar. O pueden hacerlo difícil.
¿Cómo lo pueden hacer difícil? En primer lugar instalándose, como hemos dicho, en el desinterés, o en la crítica fácil, o en la incomprensión de las dificultades de la política. En el hecho de pedir a los políticos esfuerzos, compromisos, coherencia... que muchos ciudadanos no practican en el ámbito de sus propias responsabilidades. O no haciendo el esfuerzo de comprender en épocas comprometidas la dificultad de la acción política. O regateando todo tipo de apoyo, aunque sea moral. O de credibilidad. O de respeto.
A veces se producen situaciones en las que hacer buena política cuesta. Por las circunstancias, por como han ido las cosas, por errores que se han cometido, por actuaciones exteriores poderosas de efectos negativos... Superar estas situaciones cuesta. Nos cuesta a todos. A la sociedad civil y a los políticos. Unos y otros nos debemos ayudar.
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Todo ello nos lleva a una conclusión: es necesario que los ciudadanos, que la sociedad civil se involucre en la política. Para muchos, esto no significa hacerse de un partido o tomar posiciones públicas. Pero para unos cuantos sí que significa tomar una posición pública, un compromiso público. Hacer una adhesión clara y definida. No para la mayoría, repetimos, a pesar de que es signo de salud democrática y cívica de un país que haya un grueso importante de gente con compromiso político público. Pero a muchos -ahora sí, a la mayoría- lo que se les debe pedir, lo que la sociedad debe reclamar es que se esfuercen en entender el sentido de la acción política, que tengan ideas claras y que actúen de acuerdo con sus convicciones y de acuerdo con las conclusiones de su reflexión.
Que no frunzan el entrecejo con aspecto de suficiencia si algunas o muchas actuaciones políticas no les gustan, sino que se esfuercen en entender los problemas, que se esfuercen en entender las dificultades y complejidades de la política, que creen su propio criterio y que los que por vocación, posibilidades y situaciones puedan, se involucren. Al nivel que les corresponda, que puede ser que sea muy modesto. Y nada público. Pero que en todo caso represente un compromiso personal.